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El
diario del Che en Bolivia
Una
introducción necesaria
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Noviembre 7,
1966 a octubre 7, 1967
Era costumbre del Che en
su vida guerrillera anotar cuidadosamente en un Diario personal sus
observaciones de cada día. En las largas marchas por terrenos
abruptos y difíciles, en medio de los bosques húmedos, cuando las
filas de los hombres, siempre encorvados por el peso de las mochilas,
las municiones y las armas, se detenían un instante a descansar, o
la columna recibía la orden de alto para acampar al final de
fatigosa jornada, se veía al Che —como cariñosamente lo bautizaron
desde el principio los cubanos— extraer una pequeña libreta y con su
letra menuda y casi ilegible de médico, escribir sus notas.
Lo que pudo conservar de
esos apuntes le sirvió luego para escribir sus magníficas
narraciones históricas de la guerra revolucionaria en Cuba, llenas
de contenido revolucionario, pedagógico y humano.
Esta vez, gracias a
aquel invariable hábito suyo de ir anotando los principales hechos
de cada día, podemos disponer de una información pormenorizada,
rigurosamente exacta e inapreciable de aquellos heroicos meses
finales de su vida en Bolivia.
Esas anotaciones, no
escritas propiamente para la publicación, le servían como
instrumento de trabajo para la evaluación constante de los hechos,
las situaciones y los hombres, a la vez que daban cauce a las
expresiones, de su espíritu profundamente observador, analítico, y
muchas veces matizado de fino humorismo. Están sobriamente
redactadas y poseen ininterrumpida coherencia desde el principio
hasta el fin.
Téngase en cuenta que
fueron escritas en los ratos escasísimos de descanso, en medio de
épico y sobrehumano esfuerzo físico y de sus agotadoras obligaciones
como jefe de un destacamento guerrillero en la difícil etapa de los
comienzos de una lucha de esta naturaleza, que se desenvolvía en
condiciones materiales increíblemente duras, lo que revela una vez
más su estilo de trabajo y su voluntad de hierro.
En este Diario, al
analizar en detalle los incidentes de cada día, se hacen constar
faltas, críticas y recriminaciones que son propias e inevitables en
el desarrollo de una guerrilla revolucionaria.
En el seno de un
destacamento guerrillero esas críticas se tienen que producir
incesantemente, sobre todo en la etapa en que está constituido sólo
por un pequeño núcleo, enfrentados a condiciones materiales
sumamente adversas y a un enemigo infinitamente superior en número,
cuando el menor descuido o la más insignificante falta pueden
resultar fatales y el jefe debe ser exhaustivamente exigente, a la
vez que utilizar cada hecho o episodio, por insignificante que
parezca, para educar a los combatientes y futuros cuadros de los
nuevos destacamentos guerrilleros.
El proceso de formación
de la guerrilla es un incesante llamado a la conciencia y al honor
de cada hombre. El Che sabía tocar las fibras más sensibles de los
revolucionarios. Cuando Marcos, reiteradamente amonestado por el
Che, fue advertido de que podía ser expulsado deshonrosamente de la
guerrilla, respondió:
“¡Antes fusilado!” Más
adelante dio su vida heroicamente. Similar fue el comportamiento de
todos los hombres en los que puso su confianza y a los cuales se vio
en la necesidad de amonestar por alguna u otra causa en el
transcurso de la lucha. Jefe fraternal y humano sabía también ser
exigente y en ocasiones severo; pero lo era en primer lugar y en
mayor grado que con los demás, consigo mismo. Che basaba la
disciplina en la conciencia moral del guerrillero y en la fuerza
tremenda de su propio ejemplo.
El Diario contiene
también numerosas referencias a Debray y evidencian la enorme
preocupación que suscitó en el Che el arresto y encarcelamiento del
escritor revolucionario a quien había encomendado una misión en
Europa, aunque en el fondo habría deseado que aquél permaneciera en
la guerrilla. Por eso manifiesta cierta inconformidad, y en
ocasiones algunas dudas, sobre su comportamiento.
Che no tuvo posibilidad
de conocer la odisea vivida por Debray en las garras de los cuerpos
represivos y la actitud firme y valerosa mantenida por éste ante sus
captores y torturadores.
Destacó, sin embargo, la
enorme importancia política del proceso, y, el 3 de octubre, seis
días antes de su muerte, en medio de amargos y tensos sucesos,
consigna: “Se escuchó una entrevista de Debray muy valiente frente a
un estudiante provocador”, siendo ésta su última referencia al
escritor.
Como en este Diario la
Revolución Cubana y sus relaciones con el movimiento guerrillero
aparecen reiteradamente señaladas, algunos pudieran interpretar que
su publicación por nuestra parte constituye un acto de provocación
que dará argumentos a los enemigos de la Revolución y a los
imperialistas yanquis y sus aliados, los oligarcas de América
Latina, para redoblar sus planes de bloqueo, aislamiento y agresión
a Cuba.
A los que así juzgan los
hechos, es bueno recordarles que el imperialismo yanqui no ha
necesitado nunca de pretextos para perpetrar sus fechorías en
cualquier lugar del mundo y que sus esfuerzos para aplastar la
Revolución Cubana se iniciaron desde la primera ley revolucionaria
promulgada en nuestro país, por el obvio y conocido hecho de que ese
imperialismo es el gendarme de la reacción mundial, promotor
sistemático de la contrarrevolución y protector de las estructuras
sociales más retrógadas e inhumanas que subsisten en el mundo.
La solidaridad con el
movimiento revolucionario puede ser tomada como pretexto, pero nunca
será la causa de las agresiones yanquis. Negar la solidaridad para
negar el pretexto es ridícula política de avestruz, que nada tiene
que ver con el carácter internacionalista de las revoluciones
sociales contemporáneas. Dejar de solidarizarse con el movimiento
revolucionario no es negarle un pretexto sino solidarizarse de hecho
con el imperialismo yanqui y su política de dominio y esclavización
del mundo.
Cuba es un pequeño país
de economía subdesarrollada, como todos los que fueron durante
siglos dominados y explotados por el colonialismo y el imperialismo,
situada sólo a 90 millas de las costas de Estados Unidos, con una
base naval yanqui en su propio territorio, que se enfrenta a
numerosos obstáculos por llevar a cabo su desarrollo
económico-social. Grandes peligros se han cernido sobre nuestra
Patria desde el triunfo de la Revolución, pero no por ello
conseguirá el imperialismo doblegarla, sin que deban importarnos las
dificultades que una línea revolucionaria consecuente pueda
conllevar.
Desde el punto de vista
revolucionario la publicación del Diario del Che en Bolivia no
admite alternativa. El Diario del Che quedó en poder de Barrientos,
que de inmediato entregó copia a la CIA, al Pentágono y al gobierno
de Estados Unidos. Periodistas allegados a la CIA tuvieron acceso al
documento en la propia Bolivia y sacaron copias fotostáticas del
mismo, aunque con el compromiso de abstenerse, por el momento, de
publicarlo.
El gobierno de
Barrientos y los más altos jefes militares tienen sobradas razones
para no publicar el Diario, donde se puede constatar la inmensa
incapacidad de su ejército y las incontables derrotas que sufrieron
en manos de un puñado de guerrilleros decididos que en unas pocas
semanas le arrebató en combate cerca de doscientas armas.
Che describe además a
Barrientos y su régimen en los términos a que es acreedor con
palabras que no podrán borrarse de la historia.
Por otro lado, el
imperialismo tenía también sus razones: Che y su ejemplo
extraordinario cobran fuerza cada vez mayor en el mundo. Sus ideas,
su retrato, su nombre, son banderas de lucha contra las injusticias
entre los oprimidos y los explotados y suscitan interés apasionado
entre los estudiantes y los intelectuales de todo el mundo.
En los propios Estados
Unidos el movimiento negro y los estudiantes progresistas, que son
cada vez más numerosos, han convertido en algo suyo la figura del
Che. En las manifestaciones más combativas por los derechos civiles
y contra la agresión a Vietnam, sus retratos son esgrimidos como
emblemas de lucha. Pocas veces en la historia, o tal vez nunca, una
figura, un nombre, un ejemplo, se han universalizado con tal
celeridad y apasionante fuerza. Es que el Che encarna en su forma
más pura y desinteresada el espíritu internacionalista que
caracteriza al mundo de hoy y cada vez al de mañana.
De un continente
oprimido ayer por las potencias coloniales, explotado hoy y
mantenido en el retraso y en el subdesarrollo más inicuo por el
imperialismo yanqui, surge esa singular figura que se convierte en
aliento universal de lucha revolucionaria hasta en las propias
metrópolis imperialistas y colonialistas.
Los imperialistas
yanquis temen la fuerza de ese ejemplo y todo lo que pueda
contribuir a divulgarlo. Es el valor intrínseco del Diario,
expresión viva de una personalidad extraordinaria, lección
guerrillera escrita al calor y la tensión de cada día, pólvora
inflamable, demostración real de que el hombre latinoamericano no es
impotente frente a los esclavizadores de pueblos y sus ejércitos
mercenarios, lo que les ha impedido hasta hoy darlo a la publicidad.
Pudieran estar también
interesados en que este Diario no se conociera nunca. Los
seudorrevolucionarios, oportunistas y charlatanes de toda laya, que
autoconceptuándose marxistas, comunistas y otros títulos por el
estilo, no han vacilado en calificar al Che de equivocado,
aventurero, y cuando más begnignamente, idealista, cuya muerte es el
canto de cisne de la lucha armada revolucionaria en América Latina.
“¡Si el Che —exclaman—, máximo exponente de esas ideas y
experimentado guerrillero, fue muerto en las guerrillas y su
movimiento no liberó a Bolivia, eso demuestra cuán equivocado
estaba...!” ¡Cuántos de estos miserables se habrán alegrado de la
muerte del Che, sin sonrojarse siquiera de pensar que sus posiciones
y razonamientos coinciden por entero con los de los oligarcas más
reaccionarios y el imperialismo!
De este modo se
justifican a sí mismos, o justifican a dirigentes traidores que en
determinado momento no vacilaron en jugar a la lucha armada con el
verdadero propósito —según se pudo ver luego— de destruir a los
destacamentos guerrilleros, frenar la acción revolucionaria e
imponer sus vergonzosas y ridículas componendas políticas, porque
eran absolutamente incapaces de ninguna otra línea; o a los que no
quieren combatir, ni combatirán jamás, por el pueblo y su liberación
y han caricaturizado las ideas revolucionarias haciendo de ellas
opio dogmático sin contenido ni mensaje a las masas, y convertido
las organizaciones de lucha del pueblo en instrumentos de
conciliación con los explotadores internos y externos, y
propugnadoras de políticas que no tienen nada que ver con los
intereses reales de los pueblos explotados en este continente.
Che contemplaba su
muerte como algo natural y probable en el proceso y se esforzó en
recalcar, muy especialmente en sus últimos documentos, que esa
eventualidad no impediría la marcha inevitable de la revolución en
América Latina. En su mensaje a la Tricontinental reiteró ese
pensamiento: “Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el
imperialismo... En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte,
bienvenida sea, siempre que ese, nuestro grito de guerra, haya
llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar
nuestras armas”.
Se consideró a sí mismo
soldado de esa revolución, sin preocuparle en absoluto sobrevivir a
ella. Los que ven en el desenlace de su lucha en Bolivia el fracaso
de sus ideas, con el mismo simplismo pudieran negar la validez de
las ideas y las luchas de todos los grandes precursores y pensadores
revolucionarios, incluidos los fundadores del marxismo, que no
pudieron culminar la obra y contemplar en vida los frutos de sus
nobles esfuerzos.
En Cuba, ni la muerte en
combate de Martí y de Maceo, a las que siguió más tarde la
intervención yanqui cuando finalizaba la Guerra de Independencia,
frustrando en lo inmediato el objetivo de sus luchas, ni la de
brillantes propugnadores de la revolución socialista como Julio
Antonio Mella, asesinado por agentes al servicio del imperialismo,
pudieron impedir a la larga el triunfo de un proceso que comenzó
hace cien años, y nadie en absoluto podría poner en duda la profunda
justeza de la causa y la línea de lucha de aquellos próceres, ni la
vigencia de sus ideas esenciales que inspiraron siempre a los
revolucionarios cubanos.
En el Diario del Che se
pueden apreciar cuán reales eran sus posibilidades de éxito y cuán
extraordinario el poder catalizador de la guerrilla, como él
consigna en sus apuntes. En cierta ocasión, ante los evidentes
síntomas de debilidad y rápido deterioro del régimen boliviano,
expresó: “El gobierno se desintegra rápidamente, lástima no tener
cien hombres más en este momento”.
Che conocía por su
experiencia en Cuba cuántas veces nuestro pequeño destacamento
guerrillero estuvo a punto de ser exterminado. Pudo ocurrir así en
dependencia casi absoluta de los azares e imponderables de la
guerra, mas, tal eventualidad, ¿habría dado a nadie el derecho a
considerar errónea nuestra línea y tomarla además como ejemplo para
desalentar a la revolución e inculcar en los pueblos la impotencia?
¡Muchas veces en la historia los procesos revolucionarios estuvieron
precedidos de episodios adversos! Nosotros en Cuba, ¿no tuvimos
acaso la experiencia del Moncada apenas seis años antes del triunfo
definitivo de la lucha armada del pueblo?
Para muchos, entre el 26
de julio de 1953, ataque al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, y
el 2 de diciembre de 1956, desembarco del “Granma”, la lucha
revolucionaria en Cuba frente a un ejército moderno y bien armado
carecía de toda perspectiva y la acción de un puñado de luchadores
era vista como quimera de idealistas e ilusos “que estaban
profundamente equivocados”. La derrota aplastante y la dispersión
total del inexperto destacamento guerrillero el 5 de diciembre de
1956 pareció confirmar por entero los pesimistas augurios... Pero,
sólo 25 meses después, los restos de aquella guerrilla habían
desarrollado ya la fuerza y experiencia necesarias para aniquilar
aquel ejército.
Para no luchar habrá
siempre sobrados pretextos en todas las épocas y en todas las
circunstancias, pero será el único camino de no obtener jamás la
libertad. El Che no sobrevivió a sus ideas, pero supo fecundarlas
con su sangre. Con toda seguridad sus críticos
seudorrevolucionarios, con su cobardía política y su eterna falta de
acción, sobrevivirán a la evidencia de su propia estupidez.
Es notable, como se verá
en el Diario, que uno de esos especímenes revolucionarios que ya van
siendo típicos en América Latina, Mario Monje, esgrimiendo el título
de Secretario del Partido Comunista de Bolivia, pretendió discutirle
al Che la jefatura política y militar del movimiento. Y puesto que
alegó, además, el propósito de renunciar previamente para ello a su
cargo partidista, a su juicio, por lo visto, le bastaba el título de
haberlo sido para reclamar tal prerrogativa.
Mario Monje, por
supuesto, no tenía ninguna experiencia guerrillera ni había librado
jamás un combate, sin que por otro lado su autoconceptuación de
comunista lo obligase siquiera a prescindir del grosero y mundano
chovinismo que ya habían logrado superar los próceres que lucharon
por la primera independencia.
Con semejante concepto
de lo que debe ser la lucha antimperialista en este continente,
tales “jefes comunistas” no han rebasado siquiera el nivel
internacionalista de las tribus aborígenes que sojuzgaron los
colonizadores europeos en la época de la conquista.
Así, el jefe del Partido
Comunista de un país que se llama Bolivia, y su capital histórica,
Sucre, en honor de sus primeros libertadores que eran venezolanos
uno y otro, que tuvo la posibilidad de contar para la definitiva
liberación de su pueblo con la cooperación del talento político,
organizador y militar de un verdadero titán revolucionario, cuya
causa por demás no se limitaba a las fronteras estrechas,
artificiales e incluso injustas de ese país, no hizo otra cosa que
entrar en vergonzosos, ridículos e inmerecidos reclamos de mando.
Bolivia, por no tener
salida al mar necesita más que ningún otro país, para su propia
liberación, sin tener que exponerse a un atroz bloqueo, del triunfo
revolucionario de los vecinos. Che era, además, por su prestigio
enorme, su capacidad y su experiencia, el hombre que habría podido
acelerar ese proceso.
Che había establecido
relaciones con dirigentes y militantes del Partido Comunista
boliviano, desde antes de producirse en el mismo la escisión,
recabando de ellos la ayuda para el movimiento revolucionario en
América del Sur. Algunos de esos militantes, autorizados por el
Partido, trabajaron con él durante años en diversas tareas. Al
producirse la escisión en dicho Partido, se creó una situación
especial puesto que varios militantes de los que habían estado
trabajando con él quedaron ubicados en uno u otro grupo. Pero Che no
concebía la lucha en Bolivia como un hecho aislado sino como parte
de un movimiento revolucionario de liberación que no tardaría en
extenderse a otros países de América del Sur. Era su propósito
organizar un movimiento sin espíritu sectario, para que a él se
incorporasen todos los que quisieran luchar por la liberación de
Bolivia y demás pueblos sojuzgados por el imperialismo en América
Latina. Pero en la fase inicial de preparación de la base
guerrillera venía dependiendo fundamentalmente de la ayuda de un
grupo de valiosos y discretos colaboradores que al producirse la
escisión habían permanecido en el Partido de Monje. Fue por
deferencia con ellos que invitó, en primer término, a éste, a
visitar su campamento, aunque ciertamente no experimentaba hacia él
ninguna simpatía. Después invitó a Moisés Guevara, líder minero y
político que se había separado de aquel Partido para cooperar en la
formación de otra organización, y que luego también se había
marginado de ella inconforme con Oscar Zamora, otro Monje que hacía
algún tiempo se había comprometido con el Che a trabajar en la
organización de la lucha armada guerrillera en Bolivia, rehuyendo
después los compromisos y cruzándose cobardemente de brazos a la
hora de la acción, para convertirse con posterioridad a su muerte en
uno de sus más venenosos críticos, en nombre del
“marxismo-leninismo”. Moisés Guevara se unió sin vacilación al Che,
como le había ofrecido desde mucho antes de que éste llegara a
Bolivia, le brindó su apoyo y entregó su vida heroicamente a la
causa revolucionaria.
Otro tanto hizo el grupo
de guerrilleros bolivianos que había permanecido hasta entonces en
la organización de Monje. Dirigidos por Inti y Coco Peredo, que
después demostraron ser valerosos y destacados combatientes, se
apartaron de aquél y respaldaron decididamente al Che. Pero Monje,
no satisfecho del resultado, se dedicó a sabotear el movimiento,
interceptando en La Paz a militantes comunistas bien entrenados que
iban a unirse a las guerrillas. Estos hechos demuestran cómo existen
en las filas revolucionarias hombres bien dotados de todas las
condiciones necesarias para la lucha, cuyo desarrollo es
criminalmente frustrado por dirigentes incapaces, charlatanes y
maniobreros.
Che fue hombre al que
nunca le interesaron personalmente cargos, mandos ni honores, pero
estaba firmemente convencido de que en la lucha revolucionara
guerrillera —fundamental forma de acción para la liberación de los
pueblos de América Latina, partiendo de la situación económica,
política y social de casi todos los países latinoamericanos— el
mando militar y político de la guerrilla debía estar unificado y que
la lucha sólo podía ser dirigida desde la guerrilla y no desde
cómodas y burocráticas oficinas urbanas. Y en este punto no estaba
dispuesto a transigir, ni a entregarle a un inexperto seso-hueco de
estrechas miras chovinistas el mando de un núcleo guerrillero
destinado a desenvolver en su ulterior desarrollo una lucha de
amplia dimensión en América del Sur. Che consideraba que ese
chovinismo, que muchas veces infecta a los propios elementos
revolucionarios de los diversos países de América Latina, debía ser
combatido como un sentimiento reaccionario ridículo y estéril. “Que
se desarrolle un verdadero internacionalismo proletario —dijo en su
mensaje a la Tricontinental—... la bandera bajo la que se luche sea
la causa sagrada de la redención de la humanidad, de tal modo que
morir bajo las enseñas de Vietnam, de Venezuela, de Guatemala, de
Laos, de Guinea, de Colombia, de Bolivia..., para citar sólo los
escenarios actuales de la lucha armada, sea igualmente gloriosa y
deseable para un americano, un asiático, un africano, y aún, un
europeo. Cada gota de sangre derramada en un territorio bajo cuya
bandera no se ha nacido, es experiencia que recoge quien sobrevive
para aplicarla luego a la lucha por la liberación de su lugar de
origen. Y cada pueblo que se libere es una fase de la batalla por la
liberación del propio pueblo que se ha ganado”.
Che pensaba igualmente
que en el destacamento guerrillero participasen combatientes de
distintos países latinoamericanos y que la guerrilla en Bolivia
fuese escuela de revolucionarios que harían su aprendizaje en los
combates. A su lado quiso tener para ayudarlo en esa tarea, junto a
los bolivianos, un pequeño núcleo de guerrilleros con experiencia,
que habían sido casi todos compañeros suyos en la Sierra Maestra,
durante la lucha revolucionaria en Cuba, cuya capacidad, valor y
espíritu de sacrificio conocía. De esos hombres ninguno vaciló en
responder a su solicitud, ninguno lo abandonó y ninguno se rindió.
Che actuó en su campaña
de Bolivia con el tesón, la maestría, el estoicismo y la ejemplar
actitud que eran proverbiales en él. Puede decirse que impregnado de
la importancia de la misión que se había asignado a sí mismo,
procedió en todo instante con un espíritu de responsabilidad
irreprochable. En aquellas ocasiones en que la guerrilla cometía
algún descuido, se apresuraba en advertirlo y enmendarlo,
consignándolo en su Diario.
Factores adversos se
combinaron increíblemente en su contra. La separación —que debía ser
por unos breves días— de una parte de la guerrilla, donde se
encontraba un grupo valioso de hombres, algunos de ellos enfermos o
convalecientes, al perderse el contacto entre ambos en un terreno
sumamente accidentado, se prolongó durante interminables meses, que
ocuparon el esfuerzo de Che en su búsqueda. En ese período el asma
—una dolencia que solía dominar fácilmente con sencillos
medicamentos, pero que faltando éstos se convertía para él en un
terrible enemigo— lo atacó despiadadamente, deviniendo esto en un
problema serio por el hecho de que las medicinas que previsoriamente
había acumulado para la guerrilla fueron descubiertas y ocupadas por
el enemigo. Este hecho, unido al aniquilamiento a fines de agosto de
la parte de la guerrilla con la que había perdido el contacto,
fueron factores que gravitaron considerablemente en el desarrollo de
los acontecimientos. Pero Che, con voluntad de acero, se sobrepuso
al malestar físico y en ningún instante su acción aminoró, ni decayó
su ánimo.
Fueron numerosos sus
contactos con los campesinos bolivianos. El carácter de éstos,
sumamente desconfiados y cautelosos, no podía sorprender al Che, que
conocía perfectamente bien su mentalidad por haberlos tratado en
otras ocasiones, y sabía que para ganarlos a su causa se requería
una labor prolongada, ardua y paciente, pero no albergaba ninguna
duda de que a la larga lo obtendría.
Si se sigue con cuidado
el hilo de los acontecimientos se verá que aun cuando el número de
hombres con que contaba en el mes de septiembre, algunas semanas
antes de su muerte, era muy reducido, todavía la guerrilla mantenía
su capacidad de desarrollo y algunos cuadros bolivianos, como los
hermanos Inti y Coco Peredo, se iban ya destacando con magníficas
perspectivas de jefes. Fue la emboscada de Higueras, única acción
exitosa del ejército contra el destacamento que mandaba el Che,
matándole la vanguardia e hiriéndole varios hombres más en pleno
día, cuando se trasladaban a una zona campesina de mayor desarrollo
político —objetivo este que no aparece consignado en el Diario, pero
que se sabe por los sobrevivientes—, lo que les creó una situación
insuperable. Ese avance de día por la misma ruta que venían
siguiendo durante varias jornadas en inevitablemente amplio contacto
con los moradores de aquella zona que cruzaban por primera vez, y la
obvia certeza de que el ejército debería interceptarlos en algún
punto, era sin duda peligroso. Pero el Che, plenamente consciente de
esto, decidió correr el riesgo para ayudar al médico que venía en
muy mal estado físico.
El día anterior a la
emboscada, escribe: “Llegamos a Pujio, pero allí había gente que nos
había visto abajo el día anterior, vale decir: estamos siendo
previstos por Radio Bemba...” “El caminar en mulo se hace peligroso,
pero trato que el médico vaya lo mejor posible pues viene muy
débil”.
Al día siguiente
escribió: “A las 13 salió la vanguardia para tratar de llegar a
Jagüey y allí tomar una decisión sobre las mulas y el médico”. Es
decir, buscaba una solución para el enfermo, a fin de abandonar
aquella ruta y tomar las precauciones necesarias. Pero aquella misma
tarde, antes de que la vanguardia llegara a Jagüey se produjo la
fatal emboscada que llevó al destacamento a una situación
insostenible.
Días después, cercado en
la quebrada del Yuro, libró su último combate.
Impresiona profundamente
la proeza realizada por este puñado de revolucionarios. La sola
lucha contra la naturaleza hostil en que desenvolvían su acción
constituye una insuperable página de heroísmo. Nunca en la historia
un número tan reducido de hombres emprendió una tarea tan
gigantesca. La fe y la convicción absoluta en que la inmensa
capacidad revolucionaria de los pueblos de América Latina podía ser
despertada, la confianza en sí mismo y la decisión con que se
entregaron a ese objetivo, nos da la justa dimensión de estos
hombres.
Che dijo un día a los
guerrilleros en Bolivia: “Este tipo de lucha nos da la oportunidad
de convertirnos en revolucionarios, el escalón más alto de la
especie humana, pero también nos permite graduarnos de hombres; los
que no puedan alcanzar ninguno de estos dos estadíos deben decirlo y
dejar la lucha”.
Los que con él lucharon
hasta el final se hicieron acreedores a estos honrosos
calificativos. Ellos simbolizan el tipo de revolucionarios y de
hombres a quienes la historia en esta hora convoca para una tarea
verdaderamente dura y difícil: la transformación revolucionaria de
América Latina.
El enemigo que
enfrentaron los próceres de la primera lucha por la independencia,
era un poder colonial decadente. Los revolucionarios de hoy tienen
por enemigo al baluarte más poderoso del campo imperialista,
equipado con la técnica y la industria más moderna. Ese enemigo no
sólo organizó y equipó de nuevo un ejército en Bolivia, donde el
pueblo había destruido la anterior fuerza militar represiva y le
brindó inmediatamente el auxilio de sus armas y asistentes militares
para la lucha contra la guerrilla, sino que brinda su aporte militar
y técnico en la misma medida a todas las fuerzas represivas de este
continente. Y cuando no bastan esas medidas, interviene directamente
con sus tropas, como hizo en Santo Domingo.
Para luchar contra ese
enemigo se requiere el tipo de revolucionarios y de hombres de que
habló el Che. Sin ese tipo de revolucionarios y de hombres,
dispuestos a hacer lo que ellos hicieron; sin el ánimo de
enfrentarse a enormes obstáculos que ellos tuvieron; sin la decisión
de morir que a ellos los acompañó en todo instante; sin la
convicción profunda de la justicia de su causa y la fe inconmovible
en la fuerza invencible de los pueblos que ellos albergaron, frente
a un poder como el imperialismo yanqui, cuyos recursos militares,
técnicos y económicos, se hacen sentir en todo el mundo, la
liberación de los pueblos de este continente no sería alcanzada.
El propio pueblo
norteamericano, que empieza a tomar conciencia de que la monstruosa
superestructura política que rige su país no es ya hace mucho rato
la idílica república burguesa que sus fundadores establecieron hace
casi doscientos años, está sufriendo en un grado cada vez más alto
la barbarie moral de un sistema irracional, enajenante,
deshumanizado y brutal, que cobra en el pueblo norteamericano cada
vez más víctimas de sus guerras agresivas, sus crímenes políticos,
sus aberraciones raciales, su mezquina jerarquización del ser humano
y el repugnante derroche de recursos económicos, científicos y
humanos de su desmesurado aparato militar, reaccionario y represivo,
en medio de un mundo en sus tres cuartas partes subdesarrollado y
hambriento.
Pero sólo la
transformación revolucionaria de América Latina permitiría al pueblo
de Estados Unidos ajustar sus propias cuentas con ese mismo
imperialismo, a la vez que en la misma medida la lucha creciente del
pueblo norteamericano contra la política imperialista podría
convertirlo en aliado decisivo del movimiento revolucionario en
América Latina.
Y si esta parte del
hemisferio no sufre una profunda transformación revolucionaria, la
enorme diferencia y desequilibrio que se produjo a principios de
este siglo entre la pujante nación que se industrializaba
rápidamente, al mismo paso que marchaba por la propia ley de su
dinámica social y económica hacia cumbres imperiales, y el haz de
países débiles y estancados, sometidos a la coyunda de oligarquías
feudales y sus ejércitos reaccionarios, en el balcanizado resto del
continente americano, será apenas un pálido reflejo no ya del enorme
desnivel actual en la economía, en la ciencia y en la técnica, sino
del espantoso desequilibrio que, a pasos cada vez más acelerados, en
veinte años más, la superestructura imperialista impondrá a los
pueblos de América Latina.
Por ese camino estamos
llamados a ser cada vez más pobres, más débiles, más dependientes y
más esclavos de ese imperialismo. Esta sombría perspectiva afecta en
grado igual a los pueblos subdesarrollados de <199>frica y Asia.
Si las naciones
industrializadas e instruidas de Europa, con su Mercado Común y sus
instituciones científicas supranacionales, se inquietan ante las
posibilidades de quedarse rezagadas y contemplan con temor la
perspectiva de convertirse en colonias económicas del imperialismo
yanqui, ¿qué le depara el futuro a los pueblos de América Latina?
Si frente al cuadro de
esta situación real e incuestionable, que decisivamente afecta al
destino de nuestros pueblos, algún liberal o reformista burgués, o
seudorrevolucionario charlatán, incapaz de la acción, tiene una
respuesta que no sea una profunda y urgente transformación
revolucionaria que pueda hacer acopio de todas las fuerzas morales,
materiales y humanas de esta parte del mundo y lanzarlas hacia
adelante, para recuperar el atraso económico y científico-técnico de
siglos, cada vez mayor, con el mundo industrializado, del que somos
tributarios y lo seremos cada vez más, y en especial de Estados
Unidos; y además de la fórmula, el camino mágico de llevarla a cabo,
diferente a la concebida por el Che, que barra oligarquías,
déspotas, politicastros, es decir: criados, y a monopolios yanquis,
es decir: amos, y lo haga con toda la urgencia que las
circunstancias requieren, que levante entonces la mano para impugnar
al Che.
Como realmente ninguno
tiene respuesta honrada ni acción consecuente que implique una
esperanza real a los casi 300 millones de seres humanos que componen
la población de América Latina, desoladoramente pobres en su
abrumadora mayoría, que serán 600 millones a la vuelta de 25 años, y
que tienen derecho a la vida material, la cultura y la civilización,
entonces lo más decoroso sería el silencio ante el gesto del Che y
los que con él cayeron defendiendo sus ideas con coraje, porque la
hazaña que este puñado de hombres realizó, guiados por el noble
ideal de redimir un continente, quedará como la prueba más alta de
lo que pueden la voluntad, el heroísmo y la grandeza humanas.
Ejemplo que iluminará las conciencias y presidirá la lucha de los
pueblos de América Latina, porque el grito heroico del Che llegará
hasta el oído receptivo de los pobres y explotados por los que él
dio su vida, y muchos brazos se tenderán para empuñar las armas y
conquistar su definitiva liberación.
El 7 de octubre escribió
el Che sus últimas líneas. Al día siguiente, a las 13 horas, en una
estrecha quebrada donde se proponía esperar la noche para romper el
cerco, una numerosa tropa enemiga hizo contacto con ellos. El
reducido grupo de hombres que componían en esa fecha el
destacamento, combatió heroicamente hasta el anochecer desde
posiciones individuales ubicadas en el lecho de la quebrada y en los
bordes superiores de la misma contra la masa de soldados que los
rodeaban y atacaban. No hay ningún sobreviviente de los que
combatieron en las posiciones más próximas al Che. Como junto a él
estaban el médico, cuyo grave estado de salud se ha señalado antes y
un guerrillero peruano también en muy malas condiciones físicas,
todo parece indicar que el Che hizo el máximo para proteger la
retirada a lugar más seguro, de esos compañeros, hasta caer herido.
El médico no fue muerto en ese mismo combate, sino varios días más
tarde, en un punto no distante de la quebrada del Yuro. Lo abrupto
del terreno rocoso e irregular hacía muy difícil y a veces imposible
el contacto visual de los guerrilleros entre sí. Los que defendían
la posición por la otra entrada de la quebrada a varios cientos de
metros del Che, entre ellos Inti Peredo, resistieron el ataque hasta
el oscurecer en que lograron despegarse del enemigo y dirigirse
hacia el punto previamente acordado de concentración.
Se ha podido precisar
que el Che estuvo combatiendo herido hasta que el cañón de su fusil
M-2 fue destruido por un disparo, inutilizándolo totalmente. La
pistola que portaba estaba sin “magazine”. Estas increíbles
circunstancias explican que lo hubiesen podido capturar vivo. Las
heridas de las piernas le impedían caminar sin ayuda, pero no eran
mortales.
Trasladado al pueblo de
Higueras permaneció con vida alrededor de 24 horas. Se negó a
discutir una sola palabra con sus captores, y un oficial embriagado
que intentó vejarlo recibió una bofetada en pleno rostro.
Reunidos en La Paz,
Barrientos, Ovando y otros altos jefes militares, tomaron fríamente
la decisión de asesinarlo. Son conocidos los detalles de la forma en
que procedieron a cumplir el alevoso acuerdo en la escuela del
pueblo de Higueras. El mayor Miguel Ayoroa y el coronel Andrés
Selnich, rangers entrenados por los yanquis, instruyeron al
sub-oficial Mario Terán para que procediera al asesinato. Cuando
éste, completamente embriagado, penetró en el recinto, Che —que
había escuchado los disparos con que acababan de ultimar a un
guerrillero boliviano y otro peruano— viendo que el verdugo vacilaba
le dijo con entereza: “¡Dispare! ¡No tenga miedo!” Éste se retiró, y
de nuevo fue necesario que los superiores Ayoroa y Selnich le
repitieran la orden, que procedió a cumplir, disparándole de la
cintura hacia abajo una ráfaga del metralleta. Ya había sido dada la
versión de que el Che había muerto varias horas después del combate
y por eso los ejecutores tenían instrucciones de no disparar sobre
el pecho ni la cabeza, para no producir heridas fulminantes. Esto
prolongó cruelmente la agonía del Che, hasta que un sargento
—también ebrio— con un disparo de pistola en el costado izquierdo lo
remató. Tal proceder contrasta brutalmente con el respeto del Che,
sin un sola excepción, hacia la vida de los numerosos oficiales y
soldados del ejército boliviano que hizo prisioneros.
Las horas finales de su
existencia en poder de sus despreciables enemigos tienen que haber
sido muy amargas para él; pero ningún hombre mejor preparado que el
Che para enfrentarse a semejante prueba.
La forma en que llegó a
nuestras manos este Diario no puede ser ahora divulgada; baste decir
que fue sin mediar remuneración económica alguna. Contiene todas las
notas que escribió desde el 7 de noviembre de 1966, día en que el
Che llegó a Ñancahuazú, hasta el 7 de octubre de 1967, vísperas del
combate de la quebrada del Yuro. Faltan sólo unas pocas páginas que
no han llegado todavía a nuestro poder, pero que por corresponder a
fechas en que no tuvieron lugar hechos de importancia, no altera en
absoluto el contenido del mismo.
Aunque el documento por
sí mismo no ofrecía la menor duda acerca de su autenticidad, todas
las copias fotostáticas fueron sometidas a un riguroso examen a fin
de comprobar no sólo dicha autenticidad sino incluso cualquier
posible alteración, por pequeña que fuese. Los datos fueron además
cotejados con el Diario de unos de los guerrilleros sobrevivientes,
coincidiendo ambos documentos en todos los aspectos. El testimonio
pormenorizado de los demás guerrilleros sobrevivientes que fueron
testigos de cada uno de los acontecimientos, contribuyó asimismo a
la comprobación. Se llegó a la más absoluta certeza de que todas las
fotografías eran copia fiel del Diario del Che.
Constituyó una fatigosa
tarea desentrañar la letra pequeña y difícil de la escritura, lo que
se realizó con la participación laboriosa de su compañera Aleida
March de Guevara.
El Diario será publicado
en forma aproximadamente simultánea en: Francia, por Editorial
Francois Maspero; Italia, Editorial Feltrinelli; RFA, Trikont Verlag;
EUA, Revista Ramparts; Francia, en español, Ediciones Ruedo Ibérico;
Chile, Revista Punto Final; México, Editorial Siglo XXI; y en otros
países.
¡Hasta la
victoria siempre!
Fidel Castro
Tomado de:
Granma Internacional, Edición digital, La Habana, 1997
--------------
Información disponible
en el sitio ARCHIVO CHILE, Web del Centro Estudios “Miguel Enríquez”,
CEME:
http://www.archivo-chile.com
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relacionada con este tema u otros del sitio, agradecemos la envíes
para publicarla. (Documentos, tésis, testimonios, discursos, fotos,
prensa, etc.) Envía a:
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