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A Camilo
- Capítulo I Principios
generales de la lucha guerrillera
-
Esencia de la lucha guerrillera
- Estrategia
guerrillera
- Táctica
guerrillera
- Guerra en
terrenos favorables
- Guerra en
terrenos desfavorables
- Guerra
suburbana
-
Capítulo II La guerrilla
-
El guerrillero,
reformador social
-
El guerrillero
como combatiente
-
La organización
de una guerrilla
-
El combate
-
Principio, desarrollo y fin de
una guerra de guerrillas
-
Capítulo III Organización del frente guerrillero
-
Abastecimientos
-
Organización
civil
-
Papel de la
mujer
-
Sanidad
-
Sabotaje
- La propaganda
-
Información
-
Entrenamiento y
adoctrinamiento
-
La organización
estructural del ejército de un movimiento
revolucionario
-
Capítulo IV Apéndices
-
Organización en
la clandestinidad de la primera guerrilla
-
Defensa del
poder conquistado
-
Análisis de la
situación cubana, su presente y su futuro
-
Artículos:
(sobre la guerrilla y la guerra de guerrilla)
-
Qué es un "guerrillero"
-
Guerra y población campesina
-
Guerra de guerrillas: un método
-
Prólogo a Guerra del pueblo, ejército del pueblo
-
Consejos al combatiente:
-
Moral y disciplina de los combatientes
revolucionarios
-
La disciplina de fuego en el combate
-
Solidaridad en el combate
-
El contra-ataque I
-
El contra-ataque II
-
El aprovechamiento del terreno I
-
El aprovechamiento del terreno II
-
Las ametralladoras en el combate defensivo
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A Camilo
Este trabajo pretende colocarse bajo la
advocación de Camilo Cienfuegos, quien
debía leerlo y corregirlo pero cuyo
destino le ha impedido esa tarea. Todas
estas líneas y las que siguen pueden
considerarse como un homenaje del
Ejército Rebelde a su gran Capitán, al
más grande jefe de guerrillas que dio
esta revolución, al revolucionario sin
tacha y al amigo fraterno.
Camilo fue el compañero de cien batallas,
el hombre de confianza de Fidel en los
momentos difíciles de la guerra y el
luchador abnegado que hizo siempre del
sacrificio un instrumento para templar
su carácter y forjar el de la tropa.
Creo que él hubiera aprobado este manual
donde se sintetizan nuestras
experiencias guerrilleras, porque son el
producto de la vida misma, pero él le
dio a la armazón de letras aquí expuesta
la vitalidad esencial de su temperamento,
de su inteligencia y de su audacia, que
sólo se logran en tan exacta medida en
ciertos personajes de la Historia.
Pero no hay que ver a Camilo como un
héroe aislado realizando hazañas
maravillosas al solo impulso de su genio,
sino como una parte misma del pueblo que
lo formó, como forma sus héroes, sus
mártires o sus conductores en la
selección inmensa de la lucha, con la
rigidez de las condiciones bajo las
cuales se efectuó.
No sé si Camilo conocía la máxima de
Dantón sobre los movimientos
revolucionarios, «audacia, audacia y más
audacia»; de todas maneras, la practicó
con su acción, dándole además el
condimento de las otras condiciones
necesarias al guerrillero: el análisis
preciso y rápido de la situación y la
meditación anticipada sobre los
problemas a resolver en el futuro.
Aunque estas líneas, que sirven de
homenaje personal y de todo un pueblo a
nuestro héroe, no tienen el objeto de
hacer su biografía o de relatar sus
anécdotas, Camilo era hombre de ellas,
de mil anécdotas, las creaba a su paso
con naturalidad. Es que unía a su
desenvoltura y a su aprecio por el
pueblo, su personalidad; eso que a veces
se olvida y se desconoce, eso que
imprimía el sello de Camilo a todo lo
que le pertenecía: el distintivo
precioso que tan pocos hombres alcanzan
de dejar marcado lo suyo en cada acción.
Ya lo dijo Fidel: no tenía la cultura de
los libros, tenía la inteligencia
natural del pueblo, que lo había elegido
entre miles para ponerlo en el lugar
privilegiado a donde llegó, con golpes
de audacia, con tesón, con inteligencia
y devoción sin pares.
Camilo practicaba la lealtad como una
religión; era devoto de ella; tanto de
la lealtad personal hacia Fidel, que
encarna como nadie la voluntad del
pueblo, como la de ese mismo pueblo;
pueblo y Fidel marchan unidos y así
marchaban las devociones del guerrillero
invicto.
¿Quién lo mató?
Podríamos mejor preguntarnos: ¿quién
liquidó su ser físico? porque la vida de
los hombres como él tiene su más allá en
el pueblo; no acaba mientras éste no lo
ordene.
Lo mató el enemigo, lo mató porque
quería su muerte, lo mató porque no hay
aviones seguros, porque los pilotos no
pueden adquirir toda la experiencia
necesaria, porque, sobrecargado de
trabajo, quería estar en pocas horas en
La Habana... y lo mató su carácter.
Camilo, no medía el peligro, lo
utilizaba como una diversión, jugaba con
él, lo toreaba, lo atraía y lo manejaba;
en su mentalidad de guerrillero no podía
una nube detener o torcer una línea
trazada.
Fue allí, cuando todo un pueblo lo
conocía, lo admiraba y lo quería; pudo
haber sido antes y su historia seríala
simple de un capitán guerrillero. Habrá
muchos Camilos, dijo Fidel; y hubo
Camilos, puedo agregar, Camilos que
acabaron su vida antes de completar el
ciclo magnífico que él ha cerrado para
entrar en la Historia, Camilo y los
otros Camilos (los que no llegaron y los
que vendrán), son el índice de las
fuerzas del pueblo, son la expresión más
alta de lo que puede llegar a dar una
nación, en pie de guerra para la defensa
de sus ideales más puros y con la fe
puesta en la consecución de sus metas
más nobles.
No vamos a encasillarlo, para
aprisionarlo en moldes, es decir matarlo.
Dejémoslo así, en líneas generales, sin
ponerle ribetes precisos a su ideología
socio-económica que no estaba
perfectamente definida; recalquemos sí,
que no ha habido en esta guerra de
liberación un soldado comparable a
Camilo. Revolucionario cabal, hombre del
pueblo, artífice de esta revolución que
hizo la nación cubana para sí, no podía
pasar por su cabeza la más leve sombra
del cansancio o de la decepción. Camilo,
el guerrillero, es objeto permanente de
evocación cotidiana, es el que hizo esto
o aquello, «una cosa de Camilo», el que
puso su señal precisa e indeleble a la
Revolución cubana, el que está presente
en los otros que no llegaron y en
aquellos que están por venir.
En su renuevo continuo e inmortal,
Camilo es la imagen del pueblo. |
La
guerra de guerrillas
Capítulo I
1.
Esencia de la lucha guerrillera
La victoria armada del pueblo cubano sobre la
dictadura batistiana ha sido, además del triunfo
épico recogido por los noticieros del mundo entero,
un modificador de viejos dogmas sobre la conducta de
las masas populares de la América Latina,
demostrando palpablemente la capacidad del pueblo
para liberarse de un gobierno que lo atenaza, a
través de la lucha guerrillera.
Consideramos que tres aportaciones fundamentales
hizo la Revolución cubana a la mecánica de los
movimientos revolucionarios en América, son ellas:
1. Las fuerzas populares pueden ganar una guerra
contra el ejército.
2. No siempre hay que esperar a que se den todas las
condiciones para la revolución; el foco
insurreccional puede crearlas.
3. En la América subdesarrollada el terreno de la
lucha armada debe ser fundamentalmente el campo.
De estas tres aportaciones, las dos primeras luchan
contra la actitud quietista de revolucionarios o
seudorrevolucionarios que se refugian, y refugian su
inactividad, en el pretexto de que contra el
ejército profesional nada se puede hacer, y algunos
otros que se sientan a esperar a que, en una forma
mecánica, se den todas las condiciones objetivas y
subjetivas necesarias, sin preocuparse de
acelerarlas. Claro como resulta hoy para todo el
mundo, estas dos verdades indubitables fueron antes
discutidas en Cuba y probablemente sean discutidas
en América también.
Naturalmente, cuando se habla de las condiciones
para la revolución no se puede pensar que todas
ellas se vayan a crear por el impulso dado a las
mismas por el foco guerrillero. Hay que considerar
siempre que existe un mínimo de necesidades que
hagan factible el establecimiento y consolidación
del primer foco. Es decir, es necesario demostrar
claramente ante el pueblo la imposibilidad de
mantener la lucha por las reivindicaciones sociales
dentro del plano de la contienda cívica.
Precisamente, la paz es rota por las fuerzas
opresoras que se mantienen en el poder contra el
derecho establecido.
En estas condiciones, el descontento popular va
tomando formas y proyecciones cada vez más
afirmativas y un estado de resistencia que
cristaliza en un momento dado en el brote de lucha
provocado inicialmente por la actitud de las
autoridades.
Donde un gobierno haya subido al poder por alguna
forma de consulta popular, fraudulenta o no, y se
mantenga al menos una apariencia de legalidad
constitucional, el brote guerrillero es imposible de
producir por no haberse agotado las posibilidades de
la lucha cívica.
El tercer aporte es fundamentalmente de índole
estratégica y debe ser una llamada de atención a
quienes pretenden con criterios dogmáticos centrar
la lucha de las masas en los movimientos de las
ciudades, olvidando totalmente la inmensa
participación de la gente del campo en la vida de
todos los países subdesarrollados de América. No es
que se desprecie las luchas de masas obreras
organizadas, simplemente se analiza con criterio
realista las posibilidades, en las condiciones
difíciles de la lucha armada, donde las garantías
que suelen adornar nuestras constituciones están
suspendidas o ignoradas. En estas condiciones los
movimientos obreros deben hacerse clandestinos, sin
armas, en la ilegalidad y arrastrando peligros
enormes; no es tan difícil la situación en campo
abierto, apoyados los habitantes por la guerrilla
armada y en lugares donde las fuerzas represivas no
pueden llegar.
Independientemente de que después hagamos un
cuidadoso análisis, estas tres conclusiones que se
desprenden de la experiencia revolucionaria cubana
las apuntamos hoy a la cabeza de este trabajo por
considerarlas nuestro aporte fundamental.
La guerra de guerrilla, base de la lucha de un
pueblo por redimirse, tiene diversas características,
facetas distintas, aun cuando exista siempre la
misma voluntad esencial de liberación. Es obvio, y
los tratadistas sobre el tema lo han dicho
sobradamente, que la guerra responde a una
determinada serie de leyes científicas, y quien
quiera que vaya contra ellas, irá a la derrota. La
guerra de guerrillas, como fase de la misma, debe
regirse por todas ellas; pero por su aspecto
especial, tiene, además, una serie de leyes
accesorias que es preciso seguir para llevarla hacia
adelante. Es natural que las condiciones geográficas
y sociales de cada país determinen el modo y las
formas peculiares que adoptará la guerra de
guerrillas, pero sus leyes esenciales tienen
vigencia para cualquier lucha de este tipo.
Encontrar las bases en que se apoya este tipo de
lucha, las reglas a seguir por los pueblos que
buscan su liberación; teorizar lo hecho, estructurar
y generalizar esta experiencia para el
aprovechamiento de otros, es nuestra tarea del
momento.
Lo primero que hay que establecer es quiénes son los
combatientes en una guerra de guerrillas. De un lado
tenemos el núcleo opresor y su agente, el ejército
profesional, bien armado y disciplinado, que, en
muchos casos, puede contar con el apoyo extranjero y
el de pequeños núcleos burocráticos, paniaguados al
servicio de ese núcleo opresor. Del otro, la
población de la nación o región de que se trate. Es
importante destacar que la lucha guerrillera es una
lucha de masas, es una lucha de pueblo: la guerrilla,
como núcleo armado, es la vanguardia combatiente del
mismo, su gran fuerza radica en la masa de la
población. No debe considerarse a la guerrilla
numéricamente inferior al ejército contra el cual
combate, aunque sea inferior su potencia de fuego.
Por esto es preciso acudir a la guerra de guerrillas
cuando se tiene junto a sí un núcleo mayoritario y
para defenderse de la opresión un número
infinitamente menor de armas.
El guerrillero cuenta, entonces, con todo el apoyo
de la población del lugar. Es una cualidad sine
qua non. Y se ve muy claro, tomando como ejemplo
gavillas de bandoleros que operan en una región;
tienen todas las características del ejército
guerrillero: homogeneidad, respeto al jefe, valentía,
conocimiento del terreno, y muchas veces, hasta
cabal apreciación de la táctica a emplear. Falta
sólo el apoyo del pueblo; e inevitablemente estas
gavillas son detenidas o exterminadas por la fuerza
pública.
Analizado el modo operacional de la guerrilla, su
forma de lucha y comprendiendo su base de masas sólo
nos resta preguntar: ¿por qué lucha el guerrillero?
Tenemos que llegar a la conclusión inevitable de que
el guerrillero es un reformador social, que empuña
las armas respondiendo a la protesta airada del
pueblo contra sus opresores y que lucha por cambiar
el régimen social que mantiene a todos sus hermanos
desarmados en el oprobio o la miseria. Se lanza
contra las condiciones especiales de la
institucionalidad de un momento dado y se dedica a
romper, con todo el vigor que las circunstancias
permitan, los moldes de esa institucionalidad.
Cuando analicemos más a fondo la táctica de guerra
de guerrillas, veremos que el guerrillero debe tener
un conocimiento cabal del terreno que pisa, sus
trillos de acceso y escape, posibilidades de
maniobrar con rapidez, apoyo del pueblo,
naturalmente y lugares donde esconderse. Todo esto
indica que el guerrillero ejercerá su acción en
lugares agrestes y poco poblados, y en estos parajes,
la lucha del pueblo por sus reivindicaciones se
sitúa preferentemente y, hasta casi exclusivamente,
en el plano del cambio de la composición social de
la tenencia de la tierra, es decir, el guerrillero
es, ante todo, un revolucionario agrario. Interpreta
los deseos de la gran masa campesina de ser dueña de
la tierra, dueña de sus medios de producción, de sus
animales, de todo aquello que ha anhelado durante
años, de lo que constituye su vida y constituirá
también su cementerio.
Para la corriente interpretación de la guerra de
guerrillas debe establecerse que hay dos tipos
diferentes, uno de los cuales, el de ser una forma
de lucha complementaria a la de los grandes
ejércitos regulares tal como el caso de las
guerrillas ukranianas en la Unión Soviética, no
interesa para este análisis. Nos interesa el caso de
un grupo armado que va progresando en la lucha
contra el poder constituido, sea colonial o no, que
se establece como base única y que va progresando en
los medios rurales. En todos estos casos, cualquiera
que sea la estructura ideológica que anime la lucha,
la base económica está dada por la aspiración a la
tenencia de la tierra.
La China de Mao se inicia como un brote de los
núcleos obreros del Sur que es derrotado y casi
aniquilado. Solamente se estabiliza e inicia su
marcha ascendente cuando después de la gran marcha
del Yenán se asienta en territorios rurales y coloca
como base de reivindicaciones la reforma agraria. La
lucha de Ho Chi Minh en Indochina se basa en los
campesinos arroceros oprimidos por el yugo colonial
francés y con esa fuerza va progresando hasta
derrotar a los colonialistas. En ambos casos hay un
paréntesis de guerra patriótica contra el invasor
japonés, pero no se desvanece la base económica de
lucha por la tierra. En el caso de Argelia, la gran
idea del nacionalismo árabe tiene su réplica
económica en el usufructo de la casi totalidad de
las tierras laborables de Argelia por un millón de
colonos franceses, y en algunos países como Puerto
Rico, donde las condiciones particulares de la Isla
no han permitido un brote guerrillero, el espíritu
nacionalista herido en lo más profundo por la
discriminación que se comete a diario contra ellos
tiene como base la aspiración del campesino (aunque
ya muchas veces esté proletarizado) por la tierra
que le arrebata el invasor yanqui y esta misma idea
central fue la que animaba, aunque en diferentes
proyecciones, a los hacendados pequeños, campesinos
y esclavos de las haciendas orientales de Cuba que
cerraron filas para defender juntos el derecho a la
posesión de la tierra, durante la guerra de
liberación de los 30 años.
Pese a características especiales que la convierten
en un tipo de guerra, y teniendo en cuenta las
posibilidades de desarrollo de la guerra de
guerrillas, que se transforma, con el aumento de la
potencialidad del núcleo operante en una guerra de
posiciones, debe considerarse que este tipo de lucha
es un embrión de la misma, un proyecto; las
posibilidades de crecimiento de la guerrilla y de
cambiar el tipo de pelea hasta llegar a una guerra
convencional son tantas como las posibilidades de
derrotar al enemigo en cada una de las distintas
batallas, combates o escaramuzas que se libren. Por
eso, un principio fundamental es que no se debe dar,
de ninguna manera, batalla que no se gane, combate o
escaramuza que no se gane. Hay una definición
antipática que expresa: «el guerrillero es el
jesuita de la guerra». Indica con esto una cualidad
de alevosía, de sorpresa, de nocturnidad, que son
evidentemente elementos esenciales de la lucha
guerrillera. Es naturalmente, un jesuitismo especial
impulsado por las circunstancias que obligan a tomar
en algunos momentos una determinación diferente de
las concepciones románticas y deportivas con que se
nos pretende hacer creer que hace la guerra.
La guerra es siempre una lucha donde ambos
contendientes tratan de aniquilar uno al otro.
Recurrirán entonces a todas las triquiñuelas, a
todos los trucos posibles, para conseguir este
resultado, además de la fuerza. Las estrategias y
las tácticas militares son la representación de las
aspiraciones del grupo que analiza y del modo de
llevar a cabo estas aspiraciones, y este modo
contempla el aprovechamiento de todos los puntos
débiles del enemigo. Desmenuzando, en una guerra de
posiciones, la acción de cada pelotón de un gran
núcleo de ejército, se observan las mismas
características, en cuanto a la lucha individual,
que las que se presentarán en la guerrilla. Hay
alevosía, hay nocturnidad, hay sorpresa, y cuando no
se producen, es porque es imposible tomar
desprevenidos a quienes están enfrente vigilando.
Pero como la guerrilla es una división de por sí, y
como hay grandes zonas de terrenos no vigiladas por
el enemigo, siempre se pueden realizar estas tareas
de manera de asegurar la sorpresa, y es deber del
guerrillero hacerlo.
«Muerde y huye» le llaman algunos despectivamente, y
es exacto. Muerde y huye, espera, acecha, vuelve a
morder y a huir y así sucesivamente, sin dar
descanso al enemigo. Hay en todo esto, al parecer,
una actitud negativa; esa actitud de retirada, de no
dar combates frontales, sin embargo, todo es
consecuente con la estrategia general de la guerra
de guerrillas, que es igual en su fin último a la de
una guerra cualquiera: lograr el triunfo, aniquilar
al enemigo.
Queda bien establecido que la guerra de guerrillas
es una fase la guerra que no tiene de por sí
oportunidades de lograr el triunfo, es además una de
las fases primarias de la guerra y se irá
desenvolviendo y desarrollando hasta que el Ejército
Guerrillero, en su crecimiento constante, adquiera
las características de un Ejército Regular. En ese
momento estará listo para aplicar golpes definitivos
al enemigo y acreditarse la victoria. El triunfo
será siempre el producto de un Ejército Regular,
aunque sus orígenes sean el de un Ejército
Guerrillero.
Ahora bien, así como el general de una división no
tiene que morir en una guerra moderna al frente de
sus soldados, el guerrillero, que es general de sí
mismo, no debe morir en cada batalla; está dispuesto
a dar su vida, pero precisamente, la cualidad
positiva de esta guerra de guerrillas es que cada
uno de los guerrilleros está dispuesto a morir, no
por defender un ideal sino por convertirlo en
realidad. Esa es la base, la esencia de la lucha de
guerrillas. El milagro por el cual un pequeño núcleo
de hombres, vanguardia armada del gran núcleo
popular que los apoya, viendo más allá del objetivo
táctico inmediato, va decididamente a lograr un
ideal, a establecer una sociedad nueva, a romper los
viejos moldes de la antigua, a lograr, en
definitiva, la justicia social por la que la lucha.
Consideradas así todas las palabras despectivas
adquieren su verdadera grandeza, la grandeza del fin
a queestán destinadas, y conste que no se hablaba de
medios retorcidos para llegar al fin; la actitud de
lucha, esa actitud que no debe desmayar en ningún
momento, es inflexibilidad frente a los grandes
problemas del objetivo final, es también la grandeza
del guerrillero.
2. Estrategia guerrillera
En la terminología guerrera, se entiende por
estrategia el análisis de los objetivos a lograr,
considerando una situación militar total y las
formas globales de lograr estos objetivos.
Para una correcta apreciación estratégica, desde el
punto de vista de la guerrilla, es necesario
analizar profundamente cuál será el modo de actuar
del enemigo. Si en algún momento es válida la
apreciación de que el objetivo final es destruir
completamente la fuerza opositora, en el caso de una
guerra civil de este tipo se encuentra el ejemplo
clásico: el enemigo tendrá que procurar la
destrucción total de cada uno de los componentes de
la guerrilla; y el guerrillero, a la inversa, debe
analizar los recursos con que cuenta el contrario
para tratar de llegar a esa solución; los medios con
que cuenta en hombres, en movilidad, en apoyo
popular, en armamento y en capacidad de dirección.
Debemos adecuar nuestra estrategia a estos estudios,
considerando siempre el objetivo final de derrotar
al ejército enemigo.
Hay aspectos fundamentales a estudiar: el armamento,
por ejemplo, la forma de utilizar ese armamento;
analizar exactamente cuál es el valor de un tanque
en una lucha de este tipo, cuál el de un avión,
analizar cuáles son las armas del enemigo, su parque,
sus costumbres; porque el aprovisionamiento más
importante de la fuerza guerrillera, está
precisamente en el armamento enemigo. Si hay
posibilidad de elección debe preferir el mismo tipo
que el usado por éste, pues el más grande enemigo de
la guerrilla es la falta de parque, que debe proveer
el contrincante.
Una vez hecho esto, graduados y analizados los
objetivos a lograr, hay que ir estudiando el
ordenamiento de los pasos para la consecución del
objetivo final, ordenamiento que se preverá, pero
que se irá modificando en el transcurso de la lucha
y adecuando a la serie de circunstancias no
previstas que puedan surgir durante la misma.
En el primer momento, lo esencial para el
guerrillero será no dejarse destruir. Paso a paso,
será más fácil para los integrantes de la guerrilla
o de las diferentes guerrillas, adaptarse al medio
de vida y convertir en una acción cotidiana y, como
tal, fácil el huir, despistar a las fuerzas que
están lanzadas en su persecución. Logrado este
objetivo, tomando posiciones cuya inaccesibilidad
impida al enemigo llegar hasta ellos, o consiguiendo
fuerzas que disuadan a éste de atacar, debe
procederse al debilitamiento gradual del mismo,
debilitamiento que se provocará en el primer momento
en los lugares más cercanos a los puntos de lucha
activa contra la guerrilla, y, posteriormente, se
irá profundizando en territorio enemigo, atacando
sus comunicaciones, atacando luego, o molestando,
las bases de operaciones y las bases centrales,
hostigándolo en forma total en la medida de las
posibilidades de las fuerzas guerrilleras.
El golpeteo debe ser constante. Al soldado enemigo
que esté en un lugar de operaciones no se le debe
dejar dormir, las postas deben ser atacadas y
liquidadas sistemáticamente. Debe darse en todo
momento la impresión de que un cerco completo rodea
al adversario; en las zonas boscosas y quebradas,
durante todo el día, en las zonas llanas o
fácilmente permeables por patrullas adversarias,
durante la noche. Para hacer todo esto, es necesaria
la cooperación absoluta del pueblo y el conocimiento
perfecto del terreno. Dos condiciones cuya necesidad
apunta en cada minuto de la vida del guerrillero.
Por eso hay que establecer, al mismo tiempo que
centros de estudio de las zonas de operaciones y
centros de estudio de las zonas de operaciones
futuras, trabajo popular intensivo, explicando los
motivos de la revolución, los fines de esta misma
revolución y diseminando la verdad incontrovertible
de que en definitiva contra el pueblo no se puede
vencer. Quien no sienta esta verdad indubitable
no puede ser guerrillero.
Este trabajo popular debe centralizarse en el primer
momento sobre la discreción, es decir, debe pedirse
a cada campesino, a cada miembro de la sociedad
donde se actúa, que no comenten lo que vean u oigan;
después buscará la ayuda de habitantes cuya lealtad
a la revolución ofrezca mayores garantías,
posteriormente se utilizará a esas personas en
tareas de contacto, de transporte de mercancías o de
armas de prácticos en las zonas que él conozca, y
más tarde, se puede llegar a la acción de masas ya
organizadas en los centros de trabajo, cuyo
resultado final será la huelga general.
La huelga es un factor importantísimo en la guerra
civil, pero para llegar a ella es necesario una
serie de complementos que no se dan siempre y que,
espontáneamente, se dan muy pocas veces, hay que ir
a crear los factores necesarios y esta creación se
basa en la explicación de los motivos de la
revolución, en la demostración de las fuerzas del
pueblo y de sus posibilidades.
Se puede también recurrir a determinados grupos muy
homogéneos y que tienen que demostrar eficacia
previa en labores menos peligrosas para hacer
sabotaje, que es otra de las terribles armas de la
guerrilla; se puede paralizar ejércitos enteros, se
puede detener la vida industrial de una zona,
quedando los habitantes de una ciudad sin industria,
sin luz, sin agua, sin comunicaciones de ninguna
clase, sin poder arriesgarse a salir sino a
determinadas horas, por una carretera. Si se logra
todo esto, la moral de los enemigos va decayendo, va
decayendo la moral de sus unidades combatientes y se
torna madura la fruta para arrancarla en el momento
preciso.
Todo esto presupone un aumento del territorio,
abarcado por la acción guerrillera, pero nunca se
debe ir a un aumento exagerado de ese territorio.
Hay que conservar siempre una base de operaciones
fuerte y continuar fortaleciéndola durante el curso
de la guerra. Hay que utilizar medidas de
adoctrinamiento de los habitantes de la zona,
medidas de saneamiento contra los enemigos
irreconciliables de la revolución y perfeccionar
todos los sistemas puramente defensivos, como
trincheras, minas y comunicaciones dentro de ese
territorio.
Cuando la guerrilla ha alcanzado un poderío
respetable en armas y en número de combatientes,
debe irse a la formación de nuevas columnas. Es un
hecho parecido al de la colmena que, en determinado
momento, suelta una nueva reina que se va a otra
región con parte del enjambre. La colmena madre, con
el jefe guerrillero más notable, quedará en lugares
menos riesgosos, mientras las nuevas columnas
perforarán otros territorios enemigos, siguiendo el
ciclo ya descrito.
Llega un momento en que el territorio ocupado por
las columnas es pequeño para contenerlas y en su
avance hacia las regiones sólidamente defendidas por
el enemigo, deben enfrentarse con fuerzas poderosas.
En este instante, las columnas se reúnen, se ofrece
un frente de lucha compacto, se llega a una guerra
de posiciones, una guerra desarrollada por ejércitos
regulares. Sin embargo, no puede desligarse el
antiguo ejército guerrillero de su base, y se deben
formar nuevas guerrillas detrás del enemigo, que
actúen en la misma forma en que actuaban las
primarias en el otro territorio y vayan penetrándolo
hasta dominarlo.
Así se llega al ataque, al cerco de las plazas, a la
derrota de los refuerzos, a la acción cada vez más
enardecida de las masas en todo el territorio
nacional y al objetivo final de la guerra: la
victoria.
3.
Táctica guerrillera
En lenguaje militar, táctica es el modo práctico de
llevar a efecto los grandes objetivos estratégicos.
Es, en algunos modos, un complemento de la
estrategia y en otros una especie de reglamento de
la misma; mucho más variables, mucho más flexibles
que los objetivos finales, los medios deben
adaptarse a cada momento de la lucha. Hay objetivos
tácticos que permanecen constantes durante una
guerra y otros que van variando. Lo primero que hay
que considerar es el acoplamiento de la acción
guerrillera a la acción del enemigo.
Característica fundamental de una guerrilla es la
movilidad, lo que le permite estar en pocos minutos
lejos del teatro específico de la acción y en pocas
horas lejos de la región de la misma, si fuera
necesario; que le permite cambiar constantemente de
frente y evitar cualquier tipo de cerco. De acuerdo
con los momentos de la guerra, puede dedicarse la
guerrilla exclusivamente a huir de un cerco, única
forma de obligarla a una batalla decisiva que puede
ser muy desfavorable, y también a establecer luchas
de contracerco (pequeñas partidas de hombres
presumiblemente están rodeadas por el enemigo cuando
de pronto el enemigo está rodeado por contingentes
mayores, o esos hombres, colocados en un lugar
inexpugnable han servido de señuelo y todas las
tropas y el abastecimiento que va para el ejército
agresor, han sido cercados, han sido aniquilados de
alguna manera). Característica de esta guerra de
movilidad es lo que se denomina minuet, por
la analogía con el baile de ese nombre: las
guerrillas cercan una posición enemiga, una columna
que avanza por ejemplo: la cercan absolutamente, por
los cuatro puntos cardinales, pero con cinco o seis
hombres en cada lugar y convenientemente alejados
para no ser a su vez cercados; se entabla la lucha
en cualquiera de los puntos y el ejército se
moviliza hacia él; la guerrilla retrocede entonces,
manteniendo siempre contacto visual con el enemigo y
se inicia el ataque desde otro punto. El ejército
repetirá la acción anterior y la guerrilla también.
Así sucesivamente se puede mantener inmovilizada una
columna enemiga haciéndola gastar cantidades grandes
de parque, debilitándole la moral a la tropa, sin
mayores peligros.
Esta misma práctica debe aplicarse a las horas de la
noche, pero acercándose más, demostrando mayor
agresividad, porque es mucho más difícil un cerco en
esas condiciones. Es decir, la nocturnidad es otra
característica importante de la guerrilla que sirve
para avanzar hacia posiciones que van a ser atacadas
y también para movilizarse en territorios no bien
conocidos donde existe el peligro de delaciones.
Naturalmente, su inferioridad numérica hace muy
necesario que los ataques sean siempre por sorpresa,
esa es la gran ventaja, es lo que permite al
guerrillero hacer bajas al enemigo sin sufrir
pérdidas porque no es lo mismo, en un combate entre
cien hombres de un lado y diez del otro, tener una
baja por cada lado. La baja enemiga es recuperable
en cualquier momento y corresponde en este ejemplo a
un uno por ciento; la baja de la guerrilla necesita
más tiempo para ser recuperada porque constituye un
soldado de alta especialización y es el diez por
ciento del conjunto de las fuerzas operantes.
Nunca un soldado muerto de parte de las guerrillas
debe ser dejado con sus armas y con su parque. El
deber de todo soldado guerrillero es, inmediatamente
que cae un compañero, recuperar estos preciosísimos
elementos de lucha. Precisamente, el parque, el
cuidado que hay que tener con él y su metodización
al gastarlo, es otra característica de la guerra de
guerrillas. En cualquier combate entre una fuerza
regular y otra guerrillera se puede identificar a
una y a otra por su manera de hacer fuego: grandes
concentraciones de fuego de parte del ejército
regular y tiros aislados y precisos de parte del
guerrillero.
Cierta vez uno de nuestros héroes, ya muerto, debió
emplear su ametralladora durante casi cinco minutos,
ráfaga tras ráfaga, para impedir el avance de los
soldados enemigos y este hecho causó una
considerable desorganización en nuestras fuerzas
porque consideraron, por el ritmo del fuego, que esa
posición clave estaba tomada por el adversario, pues
era una de las poquísimas ocasiones en que se había
hecho caso omiso de la necesidad de guardar tiros,
precisamente por la importancia del punto defendido.
Otra característica fundamental del soldado
guerrillero es su flexibilidad para adaptarse a
todas las circunstancias y convertir en favorables
todos los accidentes de la acción. Frente a la
rigidez de los métodos clásicos de guerrear, el
guerrillero inventa su propia táctica en cada
momento de la lucha y sorprende constantemente al
enemigo.
En primer lugar, solamente hay posiciones elásticas,
lugares específicos de donde no puede pasar el
enemigo y lugares de diversión del mismo. Es
frecuente observar la sorpresa con que éste nota que
un avance gradual, sorteando dificultades fácilmente,
se encuentra de pronto férreamente detenido y no hay
posibilidades de seguir adelante. Es que las
posiciones defendidas por los soldados guerrilleros,
cuando se ha podido hacer un estudio cabal del
terreno, son inexpugnables. No se cuenta cuántos
soldados atacan sino cuántos soldados pueden
defenderla, y una vez establecido ese número se
defiende contra un batallón y casi siempre, por no
decir siempre, con éxito. Gran tarea de los jefes es
elegir adecuadamente el momento y el lugar en que
una posición será defendida hasta el final.
La forma de ataque de un ejército guerrillero
también es diferente; se inicia sorpresiva,
furibunda, implacable, y se convierte de pronto en
una pasividad total. El enemigo sobreviviente,
reponiéndose, cree que el atacante se ha ido,
empieza a tranquilizarse, a normalizar la vida
interior del cuartel o de la ciudad sitiada y de
pronto surge un nuevo ataque en otro lugar, con las
mismas características, mientras el grueso de la
guerrilla espera los refuerzos presuntos; u otra vez,
una posta que defiende un cuartel es atacada de
pronto, dominada, y éste cae en las manos de la
guerrilla. Lo fundamental es la sorpresa y la
rapidez del ataque.
Muy importantes son los actos de sabotaje. Es
preciso diferenciar claramente el sabotaje, medida
revolucionaria de guerra, altamente eficaz y el
terrorismo, medida bastante ineficaz, en general,
indiscriminada en sus consecuencias, pues hace
víctimas de sus efectos a gente inocente en muchos
casos y que cuesta gran número de vidas valiosas
para la revolución. El terrorismo debe considerarse
como factor valioso cuando se utiliza para
ajusticiar algún connotado dirigente de las fuerzas
opresoras, caracterizado por su crueldad, por su
eficiencia en la represión, por una serie de
cualidades que hacen de su supresión algo útil; pero
nunca es aconsejable la muerte de personas de poca
calidad que traen como consecuencia un desborde de
la represión con su secuela de muertes.
Hay un punto sumamente controvertido en la
apreciación de terrorismo. Muchos consideran que al
usarse y exacerbar la opresión policial, impide todo
contacto más o menos legal o semiclandestino de las
masas e imposibilita su unión para las acciones que
serían necesarias en un momento determinado. Esto,
en sí, es exacto, pero sucede también que en los
momentos de guerra civil y en determinadas
poblaciones, ya la represión del poder gobernante es
tan grande que, de hecho, está suprimida toda clase
de acción legal y es imposible una acción de masas
que no sea apoyada por las armas. Por eso hay que
tener mucho cuidado en la adopción de medidas de
este tipo y analizar las consecuencias generales
favorables que pueden traer para la revolución. De
todas maneras, el sabotaje es siempre un arma
eficacísima, bien manejada. No debe emplearse el
sabotaje en inutilizar medios de producción que deje
paralizado algún sector de la población, es decir,
que deje gente sin trabajo, sin que influya esa
paralización en la vida normal de una sociedad; es
ridículo un sabotaje contra una fábrica de refrescos,
pero es absolutamente correcto y recomendable un
sabotaje contra una central eléctrica. En el primer
caso se desplazan unos cuantos obreros y no se
modifica el ritmo de la vida industrial; en el
segundo caso también habrá un desplazamiento de
obreros, pero perfectamente justificado por la
paralización total de la vida de la región.
Insistiremos en la técnica del sabotaje en otro
momento.
Una de las armas favoritas del ejército, arma que se
ha pretendido constituir en definitiva en los
actuales momentos, es la aviación; sin embargo, ésta
no tiene acción ninguna mientras la guerra de
guerrillas esté en sus etapas primarias, con poca
concentración de hombres en lugares abruptos. La
eficacia de la aviación consiste en la destrucción
sistemática de defensas organizadas y visibles; para
esto debe haber grandes concentraciones de hombres
que hagan estas defensas, lo que no ocurre en este
tipo de guerra. También es eficaz en las marchas de
columnas por lugares llanos o lugares no protegidos;
sin embargo, este último problema se elude
fácilmente realizando marchas nocturnas.
Uno de los puntos más débiles del enemigo es el
transporte por carretera y ferrocarril. Es
prácticamente imposible vigilar metro a metro un
transporte, un camino, un ferrocarril. En cualquier
lugar se puede poner una carga considerable de
explosivo que inutilice la vía, o también explote en
el momento de pasar un vehículo, provocando, además
de la inutilización de las mismas, una considerable
pérdida en vidas y material al enemigo.
La fuente de explosivos es variada: se puede traer
de otras zonas, o pueden servir las mismas bombas
tiradas por la dictadura, que no siempre estallan, o
fabricarse en laboratorios clandestinos y dentro de
la zona guerrillera. La técnica para hacerlas
explotar es muy variada: la fabricación de los
mismos también depende de las condiciones de la
guerrilla.
En nuestros laboratorios hacíamos pólvora que
utilizábamos como fulminante e inventamos varios
dispositivos para hacer estallar estas minas en el
momento indicado. Los que daban mejor resultado eran
los eléctricos, pero la primera mina que se hizo
explotar fue una bomba arrojada por los aviones de
la dictadura, a la que se le introdujeron varios
fulminantes y se le agregó una escopeta cuyo gatillo
era halado por un hilo. En el momento en que pasó un
carro enemigo se disparó el arma, provocando su
explosión.
Se pueden ir perfilando esas técnicas hasta un grado
extremo y tenemos noticias de que en Argelia, por
ejemplo, en la actualidad se usan contra el poderío
colonial francés minas teleexplotables, es decir,
por un sistema de radio a larga distancia del punto
donde ellas están situadas.
La técnica de emboscarse en los caminos para hacer
explotar minas y aniquilar a los sobrevivientes es
de las más remuneradoras en cuanto a parque y armas;
el enemigo sorprendido no usa sus municiones, no
tiene tiempo de huir y con poco gasto de parque se
consiguen resultados apreciables.
A medida que se golpea al enemigo va cambiando su
táctica también y en vez de salir carros aislados
transitarán verdaderas columnas motorizadas. Sin
embargo, eligiendo bien el terreno se puede lograr
el mismo resultado fraccionando la columna y
acumulando fuerzas sobre un vehículo. Hay que
considerar siempre en estos casos, los elementos
esenciales de la táctica guerrillera, que son: el
conocimiento absoluto del terreno, la vigilancia y
previsión de los caminos de escape, el conocimiento
y vigilancia de todos los caminos secundarios que
pueden llevar al atacante hacia ese punto, el
conocimiento de la población de la zona; el apoyo
total de ésta en cuanto a abastecimientos, a
transporte, a ocultación transitoria y a ocultación
permanente, cuando es necesario dejar compañeros
heridos, la superioridad numérica en un punto
determinado de la acción, la movilidad total y la
posibilidad de contar con reservas.
Si se cumple con todos estos requisitos tácticos, la
sorpresa en las vías de comunicación del enemigo da
dividendos notables.
Parte fundamental de la táctica guerrillera, es el
trato a todos los seres humanos de la zona. Es
importante, asimismo, el trato dado al enemigo; la
norma a seguir debe ser una implacabilidad absoluta
en la hora del ataque, una implacabilidad absoluta
con todos los elementos despreciables que se
dediquen a la delación o al asesinato y una
clemencia lo más absoluta posible con los soldados
que van a combatir cumpliendo, o creyendo cumplir,
su deber militar. Es buena norma, mientras no haya
bases considerables de operaciones y lugares
inexpugnables, no hacer prisioneros. Los
sobrevivientes deben ser dejados en libertad. Los
heridos deben ser cuidados con todos los recursos
posibles en el momento de la acción. La conducta con
la población civil debe estar reglada por un gran
respeto a todas las tradiciones y normas de la gente
de la zona, para ir a una demostración efectiva, con
los hechos, de la superioridad moral del soldado
guerrillero sobre el soldado opresor. No debe
ajusticiarse sin dar oportunidad de descargo al reo,
salvo momento especiales.
4.
Guerra en terrenos favorables
Como ya dijimos, no siempre la lucha guerrillera se
va a desarrollar en el terreno más favorable a la
aplicación de sus tácticas; pero en el caso en que
esto ocurra, es decir, en que el grupo guerrillero
esté asentado sobre zonas de difícil acceso, ya
porque el monte sea intrincado, haya montañas
abruptas, desiertos intransitables, o ciénagas, la
táctica general tendrá que ser siempre la misma y
basarse en los postulados fundamentales de la guerra
de guerrillas.
Un punto importante a considerar es el modo de hacer
contacto con el enemigo. Si la zona es tan
intrincada, tan adversa que no pueda llegar hasta
ella en ningún momento un ejército organizado, la
guerrilla deberá avanzar hasta las zonas donde pueda
llegar este ejército, donde haya posibilidad de
combate.
La guerrilla debe combatir pasado el primer momento
después de asegurada su supervivencia. Tiene que
salir constantemente de su refugio a pelear, su
movilidad no tiene que ser tanta como en los casos
en que el terreno es desfavorable; tendrá, que
adecuarse a las condiciones del enemigo, pero no es
necesario un desplazamiento como el que está
implícito en lugares donde el enemigo pueda
concentrar gran cantidad de hombres en pocos
momentos. No es tampoco tan importante el carácter
de nocturnidad de esta guerra; podrá en muchos casos
hacerse operaciones de día y, sobre todo, efectuar
movilizaciones diurnas, todo esto supeditado a la
vigilancia enemiga por tierra y por aire. Al mismo
tiempo, se puede persistir en una acción guerrera
durante mucho más tiempo, en las montañas sobre todo;
se puede entablar combates de larga duración con muy
pocos elementos y es muy probable que se logre
impedir la llegada de refuerzos enemigos hasta el
escenario de la lucha.
La vigilancia de los posibles lugares de acceso es,
sin embargo, un axioma que nunca debe olvidar el
guerrillero, pero su agresividad (por las mismas
dificultades que tiene el enemigo para recibir
refuerzos) puede ser aún mayor, puede acercársele
mucho más, hostilizarlo más directamente, combatirlo
más frontalmente y durante mayor tiempo; todo esto
supeditado a una serie de circunstancias como la
cantidad de parque, por ejemplo.
La guerra en terreno favorable y, particularmente,
en las montañas, presenta, frente a tantas ventajas,
el inconveniente de que es difícil tomar en una sola
operación una cantidad considerable de armas y
parque debido a las precauciones que toma el enemigo
en estas regiones (nunca el soldado guerrillero debe
olvidar el hecho de que debe ser el enemigo la
fuente de abastecimiento del parque las armas). Pero
mucho más rápidamente que en terrenos desfavorables,
podrá la guerrilla asentarse, sedentarizarse, es
decir, formar un núcleo capaz de establecer una
guerra de posiciones, donde instale, adecuadamente
protegidas de la aviación o de la artillería de
largo alcance, las pequeñas industrias que ha de
necesitar, así como los hospitales, centros
educativos y de entrenamiento, además de los
almacenes, órganos de difusión, &c.
La integración numérica de la guerrilla en estas
condiciones puede ser mucho mayor, habrá incluso
hombres que no peleen y hasta un proceso de
entrenamiento para tomar armas que eventualmente
caigan en poder del ejército guerrillero.
El número de hombres que puede tener una guerrilla
es materia de cálculos sumamente flexibles, adecua
al territorio, a las facilidades de abastecerlos, a
la fuga en masa de gente oprimida de otras zonas, a
las armas disponibles, a las necesidades mismas de
la organización. Pero, en todo caso, es mucho más
factible sedentarizarse y engrosarse con el aporte
de nuevos elementos combatientes.
El radio de una guerrilla de este tipo puede ser tan
amplio como las condiciones o las operaciones de
otras guerrillas en terrenos adyacentes lo permitan.
Todo estará limitado por el tiempo que se tarde en
llegar desde un punto de operaciones a una zona de
seguridad; es decir, calculando que las marchas
deben hacerse de noche, no podrá operarse más allá
de cinco o seis horas de su punto de seguridad
mínimo; naturalmente, desde la zona de seguridad,
pueden extenderse pequeñas guerrillas que vayan
debilitando constantemente el territorio.
Las armas preferibles para este tipo de guerra son
las de largo alcance, con poco gasto de balas
apoyadas por un grupo de armas automáticas o
semiautomáticas. De los fusiles y ametralladoras que
hay en los mercados norteamericanos, una de las
armas más recomendables es el fusil M-1, denominado
Garand, que debe ser usado por gente con cierta
experiencia, pues tiene el inconveniente de gastar
demasiado parque. Se pueden usar armas de tipo
semipesado como ametralladoras de trípode con más
margen de seguridad para ella y sus servidores en
los terrenos favorables, pero siempre debe ser un
arma de contención y nunca de ataque.
Una constitución ideal para guerrilla de veinticinco
hombres sería: diez a quince fusiles de un tiro y
unas diez armas automáticas entre Garand y
ametralladoras de mano, contando con el apoyo de
armas automáticas de fácil transporte y livianas
como son los fusiles ametralladoras de tipo Browning
o los más modernos FAL belga y M-14. Entre las
ametralladoras de mano, son preferibles las de nueve
milímetros que permiten mayor transporte de parque
y, cuanto más sencilla sea su construcción, más
recomendable, por la facilidad de cambiarles las
piezas. Todo eso adecuado al armamento que tenga el
enemigo, pues el parque que éste utiliza es el que
vamos a usar cuando esas armas caigan en nuestras
manos. Las armas pesadas que pueda utilizar éste,
son prácticamente desechables. La aviación no puede
ver nada y es inoperante, los tanques y cañones muy
poco pueden hacer debido a las dificultades de
avanzar en estas zonas.
Un capítulo muy importante, es el abastecimiento; en
general, las zonas de difícil acceso, por este hecho
precisamente, también presentan dificultades, pues
los campesinos y, por ende, el abastecimiento de
tipo agropecuario directo, escasea. Hay que mantener
líneas estables para poder contar siempre con un
mínimo de comida en depósitos, previendo cualquier
contingencia desagradable.
En esta zona de operaciones, por lo general, las
posibilidades de sabotaje en gran escala no son
importantes, porque, el mismo hecho ya citado de la
inaccesibilidad, hace que haya pocas construcciones,
pocas líneas telefónicas, acueductos, &c., que
puedan ser dañados por una acción directa.
Para los abastecimientos es importante tener
animales, de los cuales el mejor, tratándose de
terrenos quebrados, es el mulo. Hay que contar con
pastizales adecuados que permitan una buena
nutrición. Este animal puede pasar por terrenos
sumamente accidentados, por donde ninguna otra
bestia lograría hacerlo. En los casos más difíciles
se debe recurrir al transporte con hombres. Cada
individuo puede transportar una carga de veinticinco
kilos, durante muchas horas diarias y durante muchos
días.
Las líneas de comunicaciones con el exterior deben
contar con una serie de puntos intermedios de gente
de entera confianza en donde se puedan ir
almacenando productos y donde puedan ir a esconderse
los contactos en un momento determinado; además, se
pueden ir creando líneas de comunicaciones internas
cuya extensión depende del grado de desarrollo
alcanzado por la guerrilla. En algunas zonas de los
frentes de operaciones de la pasada guerra cubana se
establecieron líneas telefónicas de muchos
kilómetros de longitud, se hicieron caminos y se
tenía siempre un servicio de mensajeros adecuado
para cubrir todas las zonas en el menor tiempo
posible.
Hay, sin embargo, otra serie de posibilidades no
aplicadas en la guerra cubana, pero perfectamente
aplicables, como son las señales de humo, las
señales de espejos de sol y las palomas mensajeras.
La necesidad vital de las guerrillas es mantener sus
armas en buenas condiciones, conseguir parque y
tener, sobre todas las cosas, zapatos adecuados. Los
primeros esfuerzos industriales deben dirigirse
entonces hacia estos objetivos. Las fábricas de
zapatos pueden ser al principio instalaciones de
remendones que coloquen medias suelas a zapatos
viejos y, después, se puede ir a la constitución de
diferentes fábricas de un buen promedio diario de
zapatos, organizando el trabajo. La fabricación de
pólvora es bastante sencilla y se puede lograr mucho
teniendo un pequeño laboratorio y trayendo los
materiales necesarios desde afuera. Los terrenos
minados constituyen un grave peligro para el enemigo,
pueden minarse grandes extensiones que exploten de
una sola vez sepultando hasta cientos de hombres.
5.
Guerra en terrenos desfavorables
Para hacer la guerra en este tipo de terrenos, es
decir, no muy accidentados, sin bosques, con muchas
vías de comunicación, deben cumplirse todos los
requisitos fundamentales de la guerra de guerrillas,
sólo que cambiarán las formas de hacerlo. Cambiará,
digamos, la cantidad, no la calidad de la guerra de
guerrillas. Por ejemplo: para seguir el mismo orden
anterior, la movilidad de este tipo de guerrillas
debe ser extraordinaria, el golpe dado, con
preferencia nocturno, debe ser sumamente rápido,
explosivo casi, y la retirada no solamente veloz
sino que debe la guerrilla moverse hacia lugares
distintos al de su origen, lo más lejos posible de
la acción, considerando siempre que no haya una
posibilidad de guarecerse en un lugar inaccesible a
las fuerzas represivas.
Un hombre puede caminar durante las horas de la
noche entre treinta y cincuenta kilómetros, pero
durante las primeras horas del día también se puede
marchar, salvo que las zonas de operaciones no estén
perfectamente controladas y haya el peligro de que
los vecinos del lugar vean la tropa pasar y
comuniquen al ejército perseguidor la situación, en
dónde la vio y el rumbo. Siempre es preferible, en
estos casos, actuar de noche, en el mayor silencio
posible antes y después de realizar la acción y se
deben elegir las primeras horas nocturnas. También
aquí los cálculos fallarán pues habrá veces que las
horas de la madrugada serán mejores. Nunca conviene
habituar al enemigo a una forma determinada de
guerra; hay que variar constantemente los lugares y
las horas de operación y las formas de hacerlo
también.
Ya dijimos que la acción no puede ser persistente
sino rápida; tiene que ser de un grado de
efectividad muy grande, de pocos minutos, seguida de
una retirada inmediata. Las armas empleadas aquí no
serán las mismas que en los casos de terrenos
favorables; es preferible tener la mayor cantidad de
automáticas; en los ataques nocturnos la puntería no
es un factor determinante sino la concentración de
fuego; cuanto más armas automáticas tiren a menor
distancia, más posibilidades hay de que el enemigo
sea aniquilado.
Además, las explosiones de las minas en los caminos
y la destrucción de puentes, son factores de mucha
importancia a tener en cuenta; la agresividad será
mucho menor en cuanto a persistencia de los ataques,
en cuanto a continuidad de los mismos, pero podrán
ser de mucha violencia, podrán utilizarse armas
diferentes también, como las minas ya descritas y la
escopeta. En vehículos descubiertos y muy cargados
de hombres que son, en general, los utilizados para
el transporte de tropas, e incluso en vehículos
cubiertos que no tengan defensas especiales, como
pueden ser ómnibus o similares, la escopeta es un
arma tremenda. Una escopeta cargada con balines es
de la mayor efectividad. No es este un secreto de
las guerrillas, se utiliza también en las grandes
guerras y los norteamericanos tenían pelotones de
escopeteros con armas de gran calidad armadas de
bayonetas para asaltar nidos de ametralladoras.
Hay un problema importante a dilucidar, el del
parque: éste será casi siempre quitado el enemigo.
De modo que hay que dar golpes donde haya la
seguridad absoluta de restituir el parque gastado a
menos que se cuente con provisiones grandes en
lugares seguros; es decir, no se puede arriesgar un
ataque aniquilador contra un grupo de hombres si
esto ha de costar la totalidad del parque y no se va
a poder recoger. Siempre en la táctica de la
guerrilla es de considerar el grave problema del
abastecimiento del material bélico fundamental para
continuar la lucha. Por eso las armas deben
adecuarse a las que tiene el enemigo salvo algunas
cuyo parque pueda ser obtenido en la zona misma o el
las ciudades, como son los revólveres o escopetas.
El número de hombres que pueda tener una guerrilla
de este tipo no debe ser superior a diez o quince.
Es de enorme importancia considerar siempre las
limitaciones de número en cuanto a la integración de
un solo cuerpo combativo; diez, doce, quince hombres
pueden esconderse en cualquier lugar y al mismo
tiempo oponer al enemigo una resistencia poderosa y
apoyarse mutuamente; cuatro o cinco quizá sería un
número muy pequeño, pero cuando el número pasa de
diez las posibilidades de que el enemigo los
localice, en su campamento de origen o en alguna
marcha, son mucho mayores.
Recuérdese que, en marcha, la velocidad de la
guerrilla es igual a la velocidad de su hombre más
lento. Es más difícil encontrar uniformidad de
marcha en veinte, treinta o cuarenta hombres, que en
diez. Y el guerrillero del llano debe ser
fundamentalmente un corredor. En el llano es donde
la práctica del pega y huye debe adquirir su máxima
expresión. Las guerrillas del llano tienen el enorme
inconveniente de poder ser cercadas rápidamente, de
no tener lugares seguros donde oponer una
resistencia firme y, por lo tanto, deben vivir en
unas condiciones de absoluta clandestinidad durante
un largo tiempo del proceso, pues no se puede
confiar en ningún vecino cuya fidelidad no esté
perfectamente probada. Las represiones del enemigo
son tan violentas, tan brutales, en general,
llegando no sólo al cabeza de familia, sino muchas
veces a mujeres y niños, que la presión sobre
individuos no muy firmes puede determinar en
cualquier momento que «aflojen» y den indicaciones
de dónde está y cómo opera la guerrilla, lo que
provocaría inmediatamente un cerco con consecuencias
siempre desagradables, aunque no necesariamente
mortales, para la misma. Cuando las condiciones, el
acopio de armas, el estado insurreccional del pueblo,
obliguen a aumentar el número de hombres, deben
dividirse las guerrillas. Si es necesario, en un
momento dado, pueden reunirse para dar un golpe,
pero de tal forma, que inmediatamente después se
haga la dispersión hacia las zonas habituales, ya
divididos en pequeños grupos de diez, doce o quince
hombres.
Se puede perfectamente organizar verdaderos
ejércitos con un mando único y obtener el respeto y
la obediencia a ese mando, sin necesidad de estar
agrupados. Es por ello que es muy importante la
elección del jefe de la guerrilla, y la seguridad de
que este jefe va responder ideológica y
personalmente al jefe máximo de la zona.
Una de las armas que pueden ser usadas por la
guerrilla -arma de tipo pesado- de muy gran utilidad
por su fácil transporte y manejo, es la bazooka. En
la actualidad, la granada antitanque de los fusiles
puede reemplazarla. Naturalmente, será un arma
tomada al enemigo. Es ideal para disparar sobre
vehículos blindados y aun sobre vehículos sin
blindaje que estén cargados de tropas, y para tomar
pequeños cuarteles con una guarnición reducida, en
poco tiempo, pero es necesario apuntar que solamente
se puede llevar como máximo, y haciendo ya un
considerable esfuerzo, tres obuses por hombre.
En cuanto a esto de la utilización de las armas
pesadas tomadas al enemigo, es natural que no se
puede desperdiciar ninguna, pero hay armas, como la
misma ametralladora de trípode, ametralladora pesada
calibre cincuenta, &c., que si son tomadas, podrán
ser utilizadas con un sentido de conformidad frente
a su pérdida eventual; es decir, no podrá darse una
batalla en las condiciones desfavorables que estamos
analizando para defender una ametralladora pesada o
algún otro utensilio de este tipo; simplemente
utilizarla hasta el momento táctico en que sea
preciso abandonarla en una posición. En nuestra
guerra de liberación, abandonar un arma constituía
un grave delito y no se dio nunca el caso de que se
admitiera un pretexto como el apuntado, pese a lo
cual, lo expresamos, explicando claramente la única
situación en que no constituiría motivo de escarnio.
El arma del guerrillero en terrenos desfavorables es
la personal de tiro rápido.
Las mismas características de fácil acceso son las
que en general permiten que la zona sea habitable y
que haya una buena concentración campesina en esos
lugares, y eso favorecerá enormemente el
abastecimiento; teniendo gente de confianza,
haciendo contacto con los establecimientos
encargados de expender víveres a la población, se
puede mantener perfectamente una guerrilla sin tener
que dedicar tiempo ni mucho dinero a líneas de
comunicaciones largas y peligrosas. También en esto
es bueno recalcar que cuanto más pequeño sea el
número de hombres, más fácil se conseguirá la comida
de éstos. Los abastecimientos esenciales, hamacas,
frazadas, tela impermeable, mosquiteros, zapatos,
medicinas y comida se encontrarán directamente en la
zona. Son objetos de uso diario por los habitantes
de la misma.
Las comunicaciones serán mucho más fáciles en el
sentido de poder contar con mayor número de hombres,
muchas más vías para llevarlas a cabo, pero serán
mucho más difíciles en cuanto a la seguridad
necesaria para poder llevar un mensaje a un lugar
lejano, pues habrá que contar con una serie de
contactos en los cuales se tendrá que confiar y
existirá el peligro de una eventual captura de
alguno de los mensajeros que transiten
constantemente por zonas enemigas. Si los mensajes
no son de mucha importancia, debe utilizarse la
forma verbal, si lo son, habrá que utilizar la forma
escribe y en clave, puesto que la experiencia enseña
que la transmisión oral de boca en boca desfigura
completamente cualquier comunicación transmitida en
estas condiciones.
Por las mismas razones apuntadas, además de
considerar la extrema dificultad del trabajo, las
industrias adquirirán mucha menor importancia. No se
podrán hacer fábricas de zapatos ni de armas.
Prácticamente deberán limitarse a pequeños talleres
muy bien ocultos donde se puedan recargar cartuchos
de escopetas, fabricar algún tipo de mina, niples,
en fin, lo adecuado para el momento. Se podrá contar,
en cambio, con todos los talleres amigos de la zona
para la clase de trabajo que sea necesario.
Esto nos lleva a dos consecuencias emanadas
lógicamente de lo dicho. Una de ellas es que las
condiciones de sedentarización en cuanto a la guerra
de guerrillas son inversas al grado de desarrollo
productivo del lugar dado. Todos los medios
favorables, todas las facilidades para la vida del
hombre hacen tender a éste a la sedentarización, en
la guerrilla sucede todo lo contrario: mientras más
facilidades haya para la vida del hombre, más nómada,
más incierta será la vida del guerrillero. Es que en
realidad se rigen por el mismo principio.
Precisamente el título de este capitulo es «La
acción en terreno desfavorable» porque todo lo que
es favorable a la vida humana con su secuela de
comunicaciones, de núcleos urbanos y semiurbanos de
grandes concentraciones de gentes, de terrenos
fácilmente trabajados por la máquina, &c., colocan
al guerrillero en una situación desventajosa.
La segunda conclusión es que, si el trabajo
guerrillero debe traer aparejado necesariamente un
importantísimo trabajo de masas, muchísimo más
importante es este trabajo en la zona desfavorable,
es decir, en las zonas donde un sólo ataque enemigo
puede provocar una catástrofe. Debe ser allí
continua la prédica, continua la lucha por la unión
de los trabajadores, de los campesinos mismos, de
otras clases sociales si las hubiera en la zona,
para lograr una homogeneización total del frente
interno con respecto a los guerrilleros. Y esta
labor de masas, este trabajo constante en el aspecto
masivo de las relaciones de la guerrilla y los
habitantes de la zona, debe también considerar el
caso individual del enemigo recalcitrante y
eliminarlo sin contemplaciones cuando constituya un
peligro. En esto, la guerrilla debe ser drástica. No
pueden existir enemigos dentro de la zona de
operaciones en lugares que no ofrezcan seguridad.
6.
Guerra suburbana
Si en un momento dado, en la guerra de guerrillas,
se llega al acoso de las ciudades, a penetrar de tal
manera el campo circundante, que puedan establecerse,
en condiciones de cierta seguridad, será necesario
darles a éstas una educación especial o, mejor dicho,
una organización especial.
Es fundamental precisar que nunca puede surgir por
sí misma una guerrilla suburbana. Tendrá nacimiento
después de que se creen ciertas condiciones
necesarias para que pueda subsistir, y esto mismo
indica que la guerrilla suburbana estará
directamente a las órdenes de jefes situados en otra
zona. Por tanto, la función de esta guerrilla no
será llevar a cabo acciones independientes, sino de
acuerdo con planes estratégicos preconcebidos, de
modo tal que su función sea la de secundar la acción
de los grupos mayores situados en otra área y
contribuir específicamente al éxito de determinada
concepción táctica, sin la amplitud operacional que
tienen las guerrillas de los otros tipos. Es decir,
una guerrilla suburbana no podrá optar entre tumbar
teléfonos o ir a hacer atentados en otro lugar, o
sorprender una patrulla de soldados en un camino
lejano; hará exactamente lo que se le diga. Si su
función es cortar postes de teléfono, tendidos
eléctricos, alcantarillados, vías férreas,
acueductos, deberá limitarse a cumplir estas
funciones a cabalidad.
Su integración numérica no debe pasar de cuatro o
cinco hombres. Es importante la limitación del
número porque la guerrilla suburbana debe ser
considerada como situada en terrenos
excepcionalmente desfavorables, donde la vigilancia
del enemigo será mucho mayor y las posibilidades de
represalias aumentan enormemente así como las de una
delación. Hay que contar con circunstancias
agravantes el hecho de que la guerrilla suburbana no
puede alejarse mucho de los lugares donde vaya a
operar; a la rapidez de acción y a la rapidez de
desplazamiento debe unir, sin embargo, un
alejamiento relativamente pequeño del lugar de la
acción, permaneciendo totalmente oculta durante el
día. Es una guerrilla nocturna por excelencia, sin
posibilidades de cambiar su manera de operar hasta
que el avance de la insurrección sea tan grande que
se pueda sitiar la ciudad y tomar participación en
ello como combatiente activo.
Cualidades esenciales de este guerrillero deben ser
la disciplina, en mayor grado quizás que ninguno, y
la discreción. No podrá contarse con más de dos o
tres casas amigas que brinden el alimento; es casi
seguro que un cerco en esas condiciones equivalga a
la muerte; las armas, además no serán de la misma
categoría que las de los otros núcleos. Serán de
defensa personal, sólo las que no obstaculicen una
huida rápida y un escondite seguro. No deberán tener
sino una carabina o una escopeta recortada o dos y
los demás miembros, pistolas, como armas óptimas.
Nunca se realizarán hechos armados sino por sorpresa
sobre uno o dos miembros de la tropa enemiga o su
servicio de confidentes, centralizando la acción en
el sabotaje ordenado.
Para esto necesitan un amplio equipo instrumental.
El guerrillero tiene que tener sierras adecuadas,
grandes cantidades de dinamita, picos y palas,
aparatos de trabajo para levantar líneas férreas; en
fin, un equipo mecánico adecuado al trabajo que va
realizar y escondido en lugares seguros, al alcance
fácil de la mano del que lo necesite.
Si hay más de una guerrilla, dependerán todas de un
solo jefe, el que ordenará los trabajos necesarios a
través de contactos de probada confianza que hagan
vida civil. Podrá en ciertos casos el guerrillero
mantener su trabajo de épocas de paz, pero esto es
muy difícil; prácticamente, la guerrilla suburbana
es un grupo de hombres que ya está fuera de la ley,
que tiene complexión de ejército, situado en las
condiciones tan desfavorables que hemos descrito.
La importancia de una lucha suburbana ha sido muy
desestimada, pero es extraordinaria. Un buen trabajo
de este tipo, extendido sobre una amplia área,
paraliza casi completamente la vida comercial e
industrial de ese sector y coloca a la población
entera en una situación de intranquilidad, de
angustia, de ansias casi del desarrollo de sucesos
violentos para salir de esa espera. Si desde el
primer momento del inicio de la guerra se piensa en
la posibilidad futura y se van organizando
especialistas en este tipo de lucha, se garantizará
una acción mucho más rápida y por tanto un ahorro de
vidas y del precioso tiempo de la nación.
La
guerra de guerrillas
Capítulo II
1. El
guerrillero, reformador social
Ya
habíamos identificado al guerrillero como un hombre
que hace suya el ansia de liberación del pueblo y,
agotados los medios pacíficos de lograrla, inicia la
lucha, se convierte en la vanguardia armada de la
población combatiente. Al comenzar la lucha, lo hace
ya con la intención de destruir un orden injusto y,
por lo tanto, más o menos veladamente con la
intención de colocar algo nuevo en lugar de lo viejo.
Habíamos
dicho también que en las condiciones actuales de
América, por lo menos, y de casi todos los países
poco desarrollados económicamente, los lugares que
ofrecían condiciones ideales para la lucha eran
campestres y por lo tanto la base de las
reivindicaciones sociales que levantará el
guerrillero será el cambio de la estructura de la
propiedad agraria.
La bandera
de la lucha durante todo este tiempo será la reforma
agraria. Al principio, esta bandera podrá estar o no
completamente establecida en sus aspiraciones y en
sus límites, o simplemente se referirá al hambre
secular del campesino por la tierra donde trabaja o
la que quiere trabajar.
Las
condiciones en que se vaya a realizar una reforma
agraria dependen de las condiciones que existan
antes de iniciar la lucha y de la profundidad social
de la misma. Pero el guerrillero, como elemento
consciente de la vanguardia popular, debe tener una
conducta moral que lo acredite como verdadero
sacerdote de la reforma que pretende. A la
austeridad obligada por difíciles condiciones de la
guerra debe sumar la austeridad nacida de un rígido
autocontrol que impida un solo exceso, un solo
desliz, en ocasión en que las circunstancias
pudieran permitirlo. El soldado guerrillero debe ser
un asceta.
Y en
cuanto a las relaciones sociales, variarán de
acuerdo con el desarrollo de la guerra. En el primer
momento, recién iniciados casi, no podrá ni siquiera
intentarse cambio alguno en la composición social
del lugar.
Las
mercancías que no puedan comprarse serán pagadas con
bonos y rescatados los mismos en la primera
oportunidad.
Al
campesino siempre hay que ayudarlo técnica,
económica, moral y culturalmente. El guerrillero
será una especie de ángel tutelar caído sobre la
zona para ayudar siempre al pobre y para molestar lo
menos posible al rico, en los primeros momentos del
desarrollo de la guerra. Pero ésta seguirá su curso;
las contradicciones seguirán agudizándose, llegará
un momento en que muchos de los que miraban con
cierta simpatía a la revolución se pondrán en una
posición diametralmente opuesta; darán el primer
paso en la batalla contra las fuerzas populares. En
este momento el guerrillero debe actuar y
convertirse en el abanderado de la causa del pueblo,
castigando con justicia cualquier traición. La
propiedad privada deberá adquirir en las zonas de
guerra su función social. Vale decir, la tierra
sobrante, el ganado no necesario para la manutención
de una familia adinerada, deberá pasar a manos del
pueblo y ser distribuido equitativa y
justicieramente.
Debe
siempre respetarse el derecho del poseedor a recibir
un pago por las pertenencias utilizadas para el bien
social, pero ese pago se hará en bonos («bonos de
esperanza», les llamaba nuestro maestro el general
Bayo, refiriéndose al vínculo que queda establecido
entre deudor y acreedor).
La tierra
y pertenencias o industrias de enemigos connotados y
directos de la revolución deben pasar inmediatamente
a manos de las fuerzas revolucionarias. Y
aprovechando el calor de la guerra, estos momentos
en que la fraternidad humana adquiere sus valores
más altos, debe impulsarse todo tipo de trabajo en
cooperativas que la mentalidad de los habitantes del
lugar permita.
El
guerrillero, como reformador social, no sólo debe
constituir un ejemplo en cuanto a su vida, sino que
también debe orientar constantemente en los
problemas ideológicos, con lo que sabe o con lo que
pretende hacer en determinado momento y, además, con
lo que va aprendiendo en el transcurso de los meses
o años de guerra que actúan favorablemente sobre la
concepción del revolucionario, radicalizándolo a
medida que las armas han demostrado su potencia y a
medida que la situación de los habitantes del lugar
se ha hecho carne en su espíritu, parte de su vida,
y comprende la justicia y la necesidad vital de una
serie de cambios cuya importancia teórica le llegaba
antes, pero cuya urgencia práctica estaba escondida
la mayor parte de las veces.
Y esto
sucede muy a menudo porque los iniciadores de la
guerra de guerrillas o, por mejor decir, los
directores de la guerra de guerrillas, no son
hombres que tengan la espalda curvada día a día
sobre el surco; son hombres que comprenden la
necesidad de los cambios en cuanto al trato social
de los campesinos pero no han sufrido, en su mayoría,
las amarguras de ese trato. Y sucede entonces -y
aquí estoy ampliando la experiencia cubana y
partiendo de ella- que se produce una verdadera
interacción entre estos directores que enseñan al
pueblo con los hechos la importancia fundamental de
la lucha armada y el pueblo mismo que se alza en
lucha y enseña a los dirigentes esas necesidades
prácticas de que hablamos. Así, del producto de esta
interacción del guerrillero con su pueblo, surge la
radicalización progresiva que va acentuando las
características revolucionarias del movimiento y le
van dando una amplitud nacional.
2. El
guerrillero como combatiente
La vida y
característica del guerrillero, fundamentalmente
esbozadas, exigen una serie de condiciones físicas,
mentales y morales para adaptarse a ella y poder
cumplir a cabalidad la misión encomendada.
La primera
interrogación que surge es, ¿cómo debe ser el
soldado guerrillero? Y hay que contestar que el
soldado guerrillero debe ser preferentemente
habitante de la zona. Porque allí tiene sus
amistades a quienes recurrir personalmente; porque,
al pertenecer a la misma zona, la conocerá -que es
uno de los factores importantes de la lucha
guerrillera el conocimiento del terreno- y, porque
estará habituado a las vicisitudes que en ella pase
y podrá entonces rendir un mejor trabajo, sin contar
con que agregará a todo esto, el entusiasmo de
defender lo suyo o luchar por cambiar el régimen
social que atenta contra su mundo.
El
combatiente guerrillero es un combatiente nocturno,
y al decir esto se dice también que tiene todas las
cualidades de la nocturnidad. Debe ser solapado,
marchar hacia el lugar del combate, por llanos o
montañas, sin que nadie se entere de sus pasos y
caer sobre el enemigo aprovechando el factor
sorpresa, muy importante de recalcar en este tipo de
lucha. Luego del pánico que causa toda sorpresa,
debe lanzarse a la lucha implacablemente, sin
admitir una sola debilidad en los compañeros y
aprovechando el menor indicio de ella por parte del
contrario. Cayendo como una tromba, destruyéndolo
todo, sin dar cuartel que no sea el que las
circunstancias tácticas aconsejen, ajusticiando a
quien haya que ajusticiar, sembrando el pánico entre
los combatientes enemigos, pero, al mismo tiempo,
tratando benévolamente a los vencidos indefensos,
respetando también a los muertos.
Un herido
debe ser sagrado, curársele lo mejor posible -salvo
que su vida anterior lo haga acreedor a un castigo
de la magnitud de la muerte, en cuyo caso se
procederá de acuerdo con los antecedentes del
sujeto-. Lo que nunca puede hacerse es llevar un
prisionero, salvo que se tenga ya una sólida base de
operaciones, inexpugnable para el enemigo. En caso
contrario, ese prisionero se convertirá en arma
peligrosa contra la seguridad de los habitantes de
la región o la guerrilla misma por los informes que
pudiera dar al reintegrarse al ejército de donde
proviene. Si no fuera un connotado criminal, se le
dejará en libertad luego de arengarlo.
El
combatiente guerrillero debe arriesgar su vida
cuentas veces sea necesario, estar dispuesto a
rendirla sin el menor asomo de duda en el momento
preciso pero, al mismo tiempo debe ser precavido y
no exponerse nunca innecesariamente. Todas las
precauciones posibles deben ser tomadas para evitar
un desenlace adverso o un aniquilamiento. Por ello
es importantísimo en todo combate la vigilancia
total de los puntos por donde puedan llegar
refuerzos al enemigo, incluso para evitar un cerco,
cuyas consecuencias no suelen ser tan grandes en
cuanto a la magnitud del desastre físico que
ocasiona, sino del desastre moral que reporta la
pérdida de fe en las posibilidades de la lucha.
Sin
embargo, debe ser audaz, analizar correctamente los
peligros y las posibilidades de una acción y estar
siempre presto a tomar una actitud optimista frente
a las circunstancias y a encontrar una decisión
favorable aún en los momentos en que el análisis de
las condiciones adversas y favorables no arroje un
saldo positivo apreciable.
Para que
el guerrillero pueda sobrevivir en medio de las
condiciones de la lucha y acción del enemigo,
seprecisa un grado de adaptabilidad que permita al
combatiente identificarse con el medio en que vive,
adaptarse a él, aprovecharlo lo más posible como su
aliado. Al mismo tiempo precisa una rápida
concepción y una inventiva instantánea que permita
cambiar el curso de los hechos de acuerdo con la
marcha de la acción decisiva.
Estas
adaptabilidades e inventivas de los ejércitos
populares son las que arruinan todas las
estadísticas y las que frenan el impulso de los amos
de la guerra.
El
guerrillero no debe, de ninguna manera, dejar a un
compañero herido a merced de las tropas enemigas
pues la suerte de éste será, casi seguramente, la
muerte. Cueste lo que cueste, hay que retirarlo de
las zonas de combate para trasladarlo a un lugar
seguro. Las más grandes fatigas y los más grandes
peligros deben correrse para esta tarea. El soldado
de guerrillas debe ser un extraordinario compañero.
Al mismo
tiempo, será callado. Todo lo que se diga o se haga
delante de él debe permanecer reservado
estrictamente a su propio conocimiento, nunca
permitirse una sola palabra de más, aun con los
propios camaradas de lucha, pues el enemigo tratará
en todo momento de introducir sus hombres dentro de
la estructura de la guerrilla para tratar de
enterarse de planes, lugares y medios de vida
seguidos o utilizados por ella.
Además de
las cualidades morales que hemos apuntado, debe
poseer una serie de cualidades físicas
importantísimas. El soldado guerrillero tendrá que
ser infatigable. Habrá que encontrar un más allá en
el momento en que el cansancio parezca ser ya
intolerable. Siempre tiene que relucir su gesto,
sacado de lo más hondo del convencimiento, que
obligue a dar otro paso, no el último tampoco, pues
conseguirá otro, y otro, y otro hasta llegar al
lugar designado por los jefes.
Debe ser
sufrido hasta un grado extremo, no sólo para
sobrellevar las privaciones de alimentos, de agua,
de vestido y techo a que se ve sometido en todo
momento, sino también para soportar las enfermedades
y las heridas que muchas veces deben curarse sin
mayor intervención del cirujano, con la sola acción
de la naturaleza; y debe serlo así, porque la
mayoría de las veces el individuo que abandona la
zona guerrillera, para ir a curarse algún mal o
alguna herida, es asesinado por el enemigo.
Para
cumplir estas condiciones, necesita también una
salud de hierro que lo haga resistir todas estas
adversidades sin enfermarse y que convierta su vida
de animal acosado en un factor más de
fortalecimiento, para hacerse, ayudado por la
adaptabilidad natural, algo así como una parte misma
de la tierra donde combate.
Todas
estas consideraciones nos lleven a preguntarnos: ¿cuál
será la edad ideal para el guerrillero? Siempre
estos límites son muy difíciles de precisar por una
serie de características sociales y hasta
individuales que amplían o disminuyen la cifra. Un
campesino, por ejemplo, será mucho más resistente
que un hombre de ciudad. Un hombre de ciudad,
acostumbrado a los ejercicios físicos y a la vida
sana, será mucho más eficiente que un hombre que
viviera toda su vida detrás de un escritorio, pero,
en términos generales, se puede decir que la edad
máxima del combatiente, en la etapa absolutamente
nómada de la guerrilla, no debe ser mayor de
cuarenta años, salvo algunas excepciones que se dan,
sobre todo, entre los campesinos. Uno de los héroes
de nuestra lucha, el comandante Crescencio Pérez,
entró en la Sierra con sesenta y cinco años y era en
ese momento uno de los hombres más útiles de la
tropa.
Podemos
preguntarnos también si es necesaria una composición
social determinada entre los miembros de una
guerrilla. Se ha dicho que esta composición social
debe ajustarse a la que tenga la zona elegida como
centro de operaciones, es decir, que el núcleo
combatiente del ejército guerrillero debe ser
campesino.El campesino es, evidentemente, el mejor
soldado, pero esto no quiere decir de ninguna manera
que se excluya a los demás elementos de la población,
quitándoles la oportunidad de luchar por una causa
justa. Además, las excepciones individuales son muy
importantes también en este aspecto.
Todavía no
se ha fijado la edad límite inferior. Creemos que no
se debe aceptar, salvo, también circunstancias
especialísimas, a menores de dieciséis años en la
contienda. Aquí en general, estos muchachos, casi
niños, no tienen el suficiente desarrollo como para
poder soportar los trabajos, las inclemencias, los
sufrimientos a que serán sometidos.
Puede
decirse que la mejor edad del guerrillero fluctúa
entre los veinticinco y los treinta y cinco años,
etapa en que la vida ha tomado cauces definitivos
para todos y quien se va, abandonando su hogar, sus
hijos y su mundo entero, ya ha meditado bien su
responsabilidad y lo hace con la decisión firme de
no retroceder un paso. También entre los niños hay
casos extraordinarios de combatientes que han
logrado las más altas graduaciones de nuestro
Ejército Rebelde, pero no es esto lo normal y, por
uno que haya mostrado sus grandes condiciones
combatientes, hay decenas que debieron ser
reintegrados a sus hogares y que constituyeron
durante mucho tiempo un lastre peligroso para la
guerrilla.
El
guerrillero, ya lo dijimos, es un soldado que lleva,
como el caracol, su casa a cuestas, de modo que
tiene que ordenar su mochila de forma tal que la
menor cantidad de utensilios rinda la mayor utilidad
posible. Solamente llevará lo imprescindible, pero
lo conservará a través de todas sus peripecias como
algo fundamental que no puede perderse, sino en
situaciones adversas extremas.
Por eso
mismo, también su armamento será exclusivamente el
que lleve consigo. Muy difícilmente habrá
reaprovisionamiento, sobre todo de balas; no
mojarlas, repasarlas siempre, contarlas una a una
para que no se pierdan, es la consigna, y el fusil,
mantenerlo en constante estado de limpieza, bien
engrasado, con el cañón reluciente, siendo
conveniente que el jefe de cada grupo aplique algún
castigo a los que no tengan en estas condiciones el
armamento.
Gentes con
características tan nobles de devoción y firmeza que
las permitan actuar en las condiciones adversas ya
descritas; tiene que tener un ideal. Este ideal es
simple, sencillo, sin mayores pretensiones, y, en
general, no va muy lejos, pero es tan firme, tan
claro, que por él se da la vida sin la menor
vacilación. Es, en casi todos los campesinos, el
derecho a tener un pedazo de tierra propia para
trabajarla y a disfrutar de un trato social justo.
Entre los obreros, tener trabajo, recibir un salario
adecuado y también un trato social justo. Entre los
estudiantes y profesionales se encuentran ideas más
abstractas como es el sentido de la libertad por la
que se lucha.
Todo esto
nos lleva a preguntarnos cómo vive el guerrillero.
Su vida normal es la caminata. Vamos a poner, por
ejemplo, un guerrillero de montaña situado en las
regiones boscosas, con acoso constante por parte del
enemigo. En estas condiciones, una guerrilla se
mueve durante las horas del día para cambiar de
posición, sin comer; llega la noche, y en algún
claro, cerca de una aguada, se establece el
campamento siguiendo la acostumbrada organización,
juntándose cada grupo para alimentarse en común y,
al atardecer, se encienden los fogones, con lo que
haya.
El
guerrillero come cuando puede y todo lo que puede. A
veces fabulosas raciones desaparecen, en las fauces
del combatiente, y otras pasa dos o tres días de
ayuno, sin menguar su capacidad de trabajo.
La
vivienda será el cielo abierto; interpuesto entre
éste y la hamaca, un pedazo de tela impermeable de
nylon, más o menos grande, y debajo de la hamaca y
de la tela, la mochila, el fusil y las balas, es
decir, los tesoros del guerrillero. Hay lugares
donde no conviene quitarse los zapatos ante la
posibilidad de un ataque sorpresivo del enemigo. El
zapato es otro de sus preciados tesoros. Quien tiene
un par de ellos asegura una existencia feliz dentro
del ámbito de las necesidades imperantes.
Así irá
transcurriendo día tras día, sin acercarse a ningún
lugar, escapando a todo contacto que no haya ya
previamente establecido, viviendo en las zonas más
agrestes y pasando hambre, sed a veces, frío, calor;
sudando en las continuas marchas, secando su sudor
sobre él y agregando nuevos sudores, sin que haya la
posibilidad de un aseo continuo (aunque esto dependa
también de la disposición individual de la persona,
como en todos los casos).
Durante la
pasada guerra, al entrar en el caserío de El Uvero,
después de una marcha de 16 kilómetros y una lucha
de dos horas 45 minutos a pleno sol, mas muchos días
pasados en condiciones muy adversas; a orillas del
mar, con una temperatura cálida, con un sol rajante,
nuestros cuerpos despedían un olor característico y
agresivo que repelía cualquier extraño que se
acercara. Nuestro olfato estaba completamente
sincronizado con ese tipo de vida; las hamacas de
los guerrilleros se conocían por su característico
olor individual.
En las
condiciones descritas, los campamentos deben ser
fácilmente levantables, no deben quedar huellas que
lo delaten; la vigilancia tiene que ser extrema. Por
diez hombres que duerman, debe haber uno o dos en
vela, renovarse continuamente los centinelas y
mantener todas las entradas del campamento bien
vigiladas.
La vida de
campaña enseña una serie de trucos para hacer la
comida, unos para hacerla más rápida, otros para
condimentarla con cualquier pequeñez que se
encuentre en el monte, otros para inventar nuevos
platos que den un aspecto variado al menú
guerrillero, compuesto esencialmente de tubérculos,
granos, sal, algo de aceite o manteca y, muy
especialmente, trozos de carne de algún animal
sacrificado, esto en cuanto al panorama de un grupo
operando en sectores de áreas tropicales.
Dentro del
andamiaje de la vida combatiente, el hecho más
interesante, el que lleva a todos al paroxismo de la
alegría y hace marchar con renovados bríos, es el
combate. El combate, clímax de la vida guerrillera,
se produce en el momento oportuno en que ha sido
localizado e investigado algún campamento enemigo lo
suficientemente débil como para ser aniquilado, o en
el momento en que una columna adversaria avance
hacia el territorio directamente ocupado por la
fuerza liberadora. Ambos casos son diferentes.
Contra el
campamento, la acción será global y tenderá
fundamentalmente a cazar a los miembros de las
columnas que vengan a romper el cerco, porque nunca
un enemigo atrincherado es la presa favorita del
guerrillero; el enemigo en movimiento, nervioso,
falto de conocimiento del terreno, temeroso de todo,
sin protecciones naturales para defenderse, es la
presa ideal. Por mala situación que tenga quien está
parapetado, con poderosas armas para repeler una
agresión, no estará nunca en las mismas condiciones
de una larga columna que es atacada sorpresivamente
por dos o tres lugares, fraccionada, y cuyos
atacantes se retiran antes de cualquier reacción en
caso de no poder cercarla y destruirla totalmente.
Si no hay
posibilidades de derrotar por hambre o sed o por un
asalto directo a los que están atrincherados en el
campamento, después que el cerco haya dado sus
frutos destruyendo a las columnas invasoras, debe
retirarse. En el caso de que la columna guerrillera
sea demasiado débil y la columna invasora demasiado
fuerte, la acción se centrará sobre la vanguardia.
Hay que tener una predilección especial por ésta,
cualquiera que sea el resultado a que se quiere
llegar, pues después que se ha golpeado unas cuantas
veces sobre la misma y se ha difundido entre los
soldados la noticia de la muerte casi constante de
quienes ocupan los primeros lugares, la renuencia a
ocuparlos provoca hasta verdaderos motines. Por ello,
debe siempre golpearse allí, aunque además se golpee
en cualquier otro punto de la columna.
Del equipo
del guerrillero depende la mayor o menor facilidad
con que pueda cumplir su función y adaptarse al
medio. El guerrillero, aun reunido en los pequeños
conglomerados que constituyen su grupo de acción,
tiene características individuales. Debe tener en su
mochila todo lo necesario para subsistir en caso de
quedar solo durante algún tiempo y, además, su casa
habitual.
Al dar la
lista del equipo, nos referimos esencialmente al que
podría llevar un individuo colocado en las
situaciones de inicio de una guerra, en terreno
accidentado, con lluvia frecuente, frío relativo y
acoso del enemigo, es decir, nos colocamos en la
situación del inicio de la guerra cubana de
liberación.
El equipo
del guerrillero se divide en esencial y accesorio.
Entre lo primero está la hamaca que permite
descansar adecuadamente. Además, siempre se
encuentran dos árboles donde tenderla y puede servir,
en caso de dormir en el suelo, de colchón, siempre
que haya lluvia o esté el terreno mojado, lo que
ocurre con mucha frecuencia en las zonas montañosas
tropicales, la hamaca es imprescindible para poder
conciliar el sueño, un pedazo de tela impermeable de
nylon es su complemento. Se usa el nylon de un
tamaño que permita cubrir la hamaca, con cuatro
cordeles atados en sus respectivos puntas y un
cordel mediano que se ata en los mismos árboles
donde será tendida. El último cordel sirve entonces
de divisoria de las aguas y el nylon se ata por sus
puntas a cualquier otro arbusto cercano formando una
pequeña tienda de campaña.
La frazada
es imprescindible, pues hace mucho frío en la
montaña al caer la noche. Es necesario llevar
también un abrigo que permita a su poseedor afrontar
los cambios extremos de temperatura. El vestuario se
compondrá de pantalón y camisa de trabajo rudo, sea
de uniforme o no. Los zapatos deben ser de la mejor
construcción posible y uno de los primeros artículos
que hay que tener en reserva, pues sin ellos se hace
muy difícil la marcha.
Como el
guerrillero lleva la casa a cuestas en la mochila,
ésta es algo muy importante. Las más primitivas
pueden hacerse con un saco cualquiera al que se
adaptan dos asas de soga, pero son preferibles las
de lona que existen en el mercado o hechas por algún
talabartero. Siempre el guerrillero debe llevar
alguna comida personal, además de la que tiene la
tropa o se consuma en el lugar de descanso.
Artículos imprescindibles son: el más importante,
manteca o aceite, necesario para el consumo de
grasas del organismo; productos enlatados que no
deben consumirse sino en circunstancias en que ya no
exista, materialmente, la posibilidad de lograr
comida para cocinar, o cuando haya demasiadas latas
y su peso impida la marcha; las conservas de pescado,
de gran poder nutritivo, la leche condensada, buen
alimento, sobre todo por la gran cantidad de azúcar
que contiene, y, además, por su sabor una golosina,
puede llevarse también leche en polvo; el azúcar es
otra parte esencial del equipo; y lo es la sal, sin
la cual la vida resulta un martirio. Algunas
sustancias que sirvan de condimento a las comidas,
para lo cual las más comunes son la cebolla y el ajo,
aunque puede haber otras que varíen de acuerdo con
la característica del país. Con esto cerramos el
capítulo de lo esencial.
El
guerrillero debe llevar plato, cuchara y cuchillo de
monte que le sirva para todos los diferentes
trabajos necesarios. El plato puede ser de campaña o
también alguna olla o lata donde se cocine desde un
pedazo de carne frita hasta una malanga, una papa o
se haga alguna infusión como té o café.
Para
cuidar el fusil es necesario grasas especiales, que
deben ser muy cuidadosamente administradas -el tipo
de aceite de máquina de coser es muy bueno si no hay
uno especial- pañoletas o paños que sirvan para
repasar constantemente las armas y una baqueta para
limpiarlas por dentro, trabajo que debe efectuarse
con cierta frecuencia. La canana será de fabricación
standard o casera según las posibilidades
pero debe ser suficientemente buena para no perder
ni un solo proyectil; las balas son la base de la
lucha, sin ellas todo lo demás sería vano, hay que
cuidarlas como oro.
Debe
llevarse una cantimplora o un botellón con agua,
pues es imprescindible beberla en abundancia y no
siempre se está en condiciones de lograrla en el
momento indicado. Entre los medicamentos hay que
llevar los de uso general en todos los casos, como
puede ser la penicilina u otro tipo de antibiótico,
sobre todo el tipo oral, bien cerrados, calmantes
febrífugos como la aspirina y medicamentos adecuados
para combatir las enfermedades endémicas del lugar.
Pueden ser tabletas contra el paludismo, sulfas para
diarreas, antiparasitarios de cualquier tipo, en
fin, acoplar la medicina a las características de la
región. Es conveniente, en lugares donde haya
animales venenosos, que se lleve el suero
correspondiente, el resto del equipo médico debe ser
quirúrgico. Además, pequeños equipos personales para
curas de menor importancia.
Un
complemento habitual y sumamente importante en la
vida del guerrillero, es la fuma, ya sean tabacos,
cigarros o picadura para la pipa, pues el humo que
puede echar en momentos de descanso es un gran
compañero del soldado solitario. La pipa es muy útil,
pues permite aprovechar al máximo, en los momentos
de escasez, todo el tabaco de los cigarros o el que
queda en las colillas de los puros. El fósforo es
importantísimo no sólo para encender cigarros sino
para prender el fuego, que es uno de los grandes
problemas del monte en época de lluvia. Es
preferible llevar fósforos y un encendedor, de modo
que si a éste le falta la carga queden aquellos como
sustitutos.
Es
conveniente que se lleve jabón, no tanto para el
aseo personal como para el de las vasijas, pues son
frecuentes las infecciones intestinales o
irritaciones producto de las comidas fermentadas que
se ingieren conjuntamente con la nueva, debido a la
vasija sucia. Con todo el equipo descrito, un
guerrillero puede tener la seguridad de vivir en el
monte en cualquier condición adversa los días
necesarios para capear la situación, por mala que
sea.
Hay
accesorios que a veces son útiles y otras
constituyen un estorbo, pero que, en general,
prestan gran utilidad. La brújula es uno de ellos,
aunque, en una zona dada, al principio se utiliza
mucho como complemento para la orientación pero,
poco a poco, el conocimiento del terreno hace
innecesario este instrumento, por otro lado, muy
difícil de usar en terrenos montañosos, pues la ruta
que indica no es frecuentemente la ideal para llegar
de un lugar a otro, ya que la línea recta suele
estar cortada por obstáculos insalvables. Otro
implemento útil es un pedazo de tela de nylon
extra para tapar todos las equipos en un momento de
lluvia. Recuérdese que la lluvia es, en los países
tropicales, muy constante en ciertos meses y que el
agua es enemiga de todos los implementos del
guerrillero, ya sea comida, armamento, medicinas,
papeles o ropa.
Una muda
de ropa puede ser llevada pero constituye en general
carga de novatos. Lo usual es llevar como máximo un
pantalón, suprimiendo la ropa interior y otros
artículos como la toalla. Es que la vida del
guerrillero enseña el ahorro de energía para llevar
la mochila de un lado a otro e irá quitando todo lo
que no tiene valor esencial.
Un pedazo
de jabón que sirva tanto para lavar los enseres como
el aseo personal, un cepillo de dientes y la pasta,
son los adminículos de aseo. Es conveniente que se
lleve algún libro, intercambiable entre los miembros
de la guerrilla, libros que pueden ser buenas
biografías de héroes del pasado, historias o
geografías económicas, preferentemente del país, y
algunas obras de carácter general que tiendan a
elevar el nivel cultural de los soldados y
disminuyan la tendencia al juego u otra forma de
distraer el tiempo, a veces demasiado largo en la
vida del guerrillero.
Siempre
que haya un espacio extra en la mochila debe
llenarse de comida, salvo en zonas que ofrezcan
condiciones muy ventajosas para la alimentación.
Pueden llevarse golosinas o comida de menor
importancia que sirva de complemento a las básicas.
La galleta puede ser una de ellas, aunque ocupa
mucho lugar y se rompe convirtiéndose en polvo. En
los montes cerrados es útil llevar un machete; en
los lugares muy húmedos una botellita con gasolina o
conseguir madera resinosa del tipo del pino que
permita en un momento dado hacer fuego aunque el
leño esté mojado.
Debe ser
un complemento habitual del guerrillero, una libreta
que sirva para anotar datos, para cartas al exterior
o comunicación con otras guerrillas, así como lápiz
o pluma. Siempre debe tener a mano pedazos de cordel,
o soga, que tiene múltiples aplicaciones y además
aguja, hilo y botones para la ropa. El guerrillero
que lleve este equipo tendrá una sólida casa a sus
espaldas, de un peso considerable pero suficiente
para asegurarse la vida más cómoda dentro de la dura
faena de la campaña.
3. La
organización de una guerrilla
La
organización de una guerrilla no puede hacerse
siguiendo un esquema rígido; habrá innumerables
diferencias, producto de la adaptación al medio en
que se aplique. Por razones de exposición
supondremos que nuestra experiencia tiene valor
universal, pero recordando siempre que, al
divulgarla, se está dejando, en cada momento, la
posibilidad de que haya una nueva manera de hacerlo
que convenga más a las particularidades del grupo
armado de que se trate.
El número
de los componentes de la guerrilla es uno de los
problemas más difíciles de precisar; hay diferentes
números de hombres, diferente constitución de la
tropa, como ya hemos explicado. Vamos a suponer una
fuerza situada en terreno favorable, montañoso, con
condiciones no tan malas como para estar en perpetua
huida, pero no tan buenas como para tener base de
operaciones. Un núcleo armado situado en este
panorama no debe tener como unidad combatiente más
de 150 hombres y ya esta cantidad es bastante alta;
el ideal sería unos cien hombres. Esto constituye
una columna y está mandada, también de acuerdo con
la escala jerárquica cubana, por un comandante, es
bueno recalcar que en nuestra guerra se hizo omisión
de los grados de cabo y de sargento, por
considerarlos representativos de la tiranía.
Partiendo
de estas premisas, un comandante manda el total de
las fuerzas, de 100 a 150 hombres, y habrá tantos
capitanes como grupos de 30 ó 40 hombres puedan
formarse. El capitán tiene la función de dirigir y
aglutinar su pelotón, hacerlo pelear casi siempre
unido y encargarse de la distribución y de la
organización general del mismo. En la guerra de
guerrillas la escuadra es la unidad funcional. Cada
una, aproximadamente de 8 a 12 hombres, tiene un
teniente, el que cumple unas funciones análogas a
las de capitán para su grupo, pero tiene que estar
en constante subordinación a éste.
La
tendencia operacional de la guerrilla, que es actuar
en núcleos pequeños, hace que la verdadera unidad
sea la escuadra; 8 ó 10 hombres es el máximo que
puede actuar unido en una lucha en estas condiciones
y, por lo tanto, actuará el grupo bajo las órdenes
del jefe inmediato, muchas veces separados del
capitán aunque en el mismo frente de lucha, salvo
circunstancias especiales. Lo que no se debe hacer
nunca es fraccionar la unidad y mantenerse así en
los momentos en que no hay lucha. Cada escuadra y
pelotón tendrán asignados el sucesor inmediato en
caso de que caiga el jefe, el que debe estar lo
suficientemente entrenado para poder hacerse cargo
inmediatamente de su nueva responsabilidad.
Uno de los
problemas fundamentales de esta tropa, en la cual
desde el último hombre hasta el jefe deben recibir
el mismo trato, es la alimentación. Esta adquiere
una importancia extrema debido no sólo a la
subnutrición crónica, sino también por ser el
reparto el único acontecimiento cotidiano. La tropa,
muy sensible a la justicia, mide con espíritu
crítico las raciones; nunca debe permitirse el menor
favoritismo con nadie. Si por alguna circunstancia
la comida se reparte entre toda la columna, debe
establecerse un orden y respetarlo estrictamente y,
al mismo tiempo, respetar también las cantidades y
calidades de alimentos dado a cada uno. En la
distribución de vestimentas el problema es diferente;
serán artículos de uso individual. Deben primar en
estos casos dos hechos; primero, la necesidad que
tengan los reclamantes, que casi siempre serán
superiores a la cantidad de objetos a distribuir y,
segundo, el tiempo de lucha y los méritos que tenga
cada uno de los mismos.
El sistema
del tiempo y los méritos, difícil de precisar, debe
ser llevado en cuadros especiales por algún
encargado de ello, sujeto a la inspección directa
del jefe de la columna. Exactamente igual sucede con
los otros artículos que eventualmente lleguen y que
no sean de uso colectivo. El tabaco y los cigarros
deben ser repartidos de acuerdo con la norma general
de igual trato a todo el mundo.
Para esta
tarea de reparto debe haber personas encargadas
especialmente de hacerlo. Es preferible que
pertenezcan directamente a la Comandancia. La
Comandancia realiza, pues, tareas administrativas,
de enlace, muy importantes, y todas las otras fuera
de lo normal que deban hacerse. Los oficiales de más
inteligencia deben estar en ella, sus soldados deben
ser despiertos y de un sentido de sacrificio llevado
al máximo, pues las exigencias serán en la mayoría
de los casos superiores a la del resto de la tropa;
sin embargo, no pueden tener derecho a ningún trato
especial en la comida.
Cada
guerrillero lleva su equipo completo pero hay una
serie de implementos de importancia social dentro de
la columna que deben ser distribuidos
equitativamente. Para esto pueden establecerse dos
criterios, dependiendo ellos de la cantidad de gente
desarmada que tenga la tropa. Uno de ellos es el
distribuir todos los objetos como medicinas,
implementos médico-quirúrgicos u odontológicos,
comida extra, vestuario, enseres generales sobrantes,
implementos bélicos pesados, en forma igualitaria
entre todos los pelotones, que se responsabilizarán
de la custodia del material asignado. Cada capitán
distribuirá los enseres entre las escuadras, y cada
jefe de escuadra entre sus hombres. Otra solución a
emplear, cuando no toda la tropa está armada, es
hacer escuadras o pelotones especiales encargados
del transporte; esto suele ser más beneficioso, pues
no se recarga tanto al soldado, ya que los
desarmados están libres del peso y responsabilidad
del fusil. De este modo no corren tanto peligro de
perderse las cosas, pues están más concentrados y al
mismo tiempo constituye un incentivo para los
portadores cargar más y mejor y demostrar más
entusiasmo, ya que puede ser uno de los premios que
permita el empuñar el arma en un futuro. Estos
pelotones marcharán en las últimas posiciones y
tendrán los mismos deberes y el mismo trato que el
resto de la tropa.
Las tareas
a realizar en una columna varían de acuerdo con la
actividad de la misma. Si permanece en el campamento
habrá equipos especiales de vigilancia. Conviene
tener tropas aguerridas, especializadas, a las que
se les dé algún premio por esta tarea, y que en
general consiste en cierta independencia o en
distribuir algún exceso de golosinas o tabaco entre
los miembros de las unidades que hagan tareas
extraordinarias, después de haber repartido lo que
corresponde a toda la columna. Por ejemplo, si son
100 hombres y hay 115 cajetillas de cigarros, esas
15 cajetillas extras podrán ser distribuidas entre
los miembros de las unidades a las que me he
referido. La vanguardia y la retaguardia,
perfectamente diferenciadas del resto, tendrán a su
cargo las tareas principales de vigilancia, pero
cada uno de los pelotones debe tener la suya propia.
Cuanto más lejos del campamento se vigile, estando
en zona libre, sobre todo, mayor es la seguridad del
grupo.
Los
lugares elegidos deben estar en una altura, dominar
una amplia área de día y ser de difícil acceso
durante la noche. Si se va a permanecer algunas
jornadas, es conveniente construir defensas que
permitan sostener el fuego adecuadamente en caso de
un ataque. Estas defensas pueden ser destruidas al
retirarse la guerrilla del lugar o abandonar las
mismas si las circunstancias ya no hacen necesario
un ocultamiento total del paso de la columna.
En sitios
en que se establezcan campamentos permanentes, las
defensas deben ir perfeccionándose en forma
constante. Recuérdese que en una zona montañosa, en
terreno adecuadamente elegido, la única arma pesada
efectiva es el mortero. Utilizando techos adecuados
con los materiales de la región, maderas, piedra,
&c., se logra hacer refugios perfectos que impiden
la aproximación de las huestes contrarias,
resguardando a las propias de los obuses.
En el
campamento es muy importante mantener la disciplina,
disciplina que debe tener características educativas,
haciendo que los guerrilleros se acuesten a
determinada hora, se levanten también a hora fija,
impidiendo que se dediquen a juegos que no tengan
una función social y que tiendan a disolver la moral
de la tropa, prohibiendo la ingestión de bebidas
alcohólicas, &c. Todas estas tareas las realiza una
comisión de orden interior, elegida entre los
combatientes de más méritos revolucionarios. Otra
misión de éstos, es impedir que se encienda fuego en
lugares visibles desde lejos, o que se levanten
columnas de humo cuando todavía no ha anochecido y
también vigilar que se limpie el campamento al
abandonarlo la columna, si es que se quiere mantener
un absoluto secreto de la permanencia en determinado
lugar.
Hay que
tener mucho cuidado con los fogones, cuyas huellas
duran mucho tiempo, por lo que es necesario taparlos
con tierra, enterrando además los papeles, las
latas, y residuos de alimentos que se hayan
consumido. Durante la marcha debe existir el más
absoluto silencio en la columna. Los órdenes se
pasan por gestos o susurros y va corriendo la voz de
boca en boca hasta llegar al último. Si la guerrilla
marcha por lugares desconocidos, abriéndose camino o
guiándose mediante algún práctico, la vanguardia irá
a unos cien o doscientos metros o más, adelante,
según las características del terreno. En lugares
que pudieran prestarse a confusiones en cuanto a la
ruta, se dejará un hombre en cada desvío esperando
al de atrás, y así sucesivamente hasta que llegue el
último de la retaguardia. Esta también irá algo
separada del resto de la columna, vigilando los
caminos posteriores, y tratando de borrar lo más
posible la huella del paso de la misma. Si hubiera
caminos laterales que ofrecieran peligro,
constantemente tiene que haber un grupo que vigile
el citado camino hasta que pase el último hombre. Es
más práctico que esos grupos se utilicen de un solo
pelotón especial, aunque pueden ser de cada pelotón,
con la obligación de entregar el puesto a los
miembros del siguiente y reintegrarse ellos a su
lugar y así sucesivamente hasta que pase toda la
tropa.
La marcha
debe ser no solamente uniforme y en orden
establecido, sino que éste hay que mantenerlo
siempre, de modo que se sepa que el pelotón número 1
es la vanguardia, el pelotón número 2 el que le
sigue, en el medio el pelotón número 3 que puede ser
la Comandancia; luego el número 4, y la retaguardia
el pelotón número 5, o en el número de ellos que
constituyan la columna, pero siempre conservando el
orden. En marchas nocturnas el silencio debe ser
mayor y la distancia entre cada combatiente
acortarse, de modo de no sufrir extravíos, con el
riesgo consecuente de verse obligado a dar voces o
encender alguna luz. La luz es el enemigo del
guerrillero en la noche.
Ahora
bien, si todas estás marchas tienen como fin atacar,
al llegar un punto indicado, a donde deban retornar
todos una vez logrado el objetivo, se dejarán los
pesos superfluos, mochilas, ollas, por ejemplo, y
cada pelotón seguirá con sus armas y equipos bélicos
exclusivamente. Ya el punto a atacar debe haber sido
estudiado por gentes de confianza que hayan hecho
los contactos, traído la relación de los guardias
del enemigo, traída también la orientación del
cuartel, el número de hombres que lo defienden, &c.,
y entonces se hace el plan definitivo para el ataque
y se sitúan los combatientes, considerando siempre
que una buena parte de las tropas debe destinarse a
detener los refuerzos. En caso de que el ataque al
cuartel sea solamente una distracción para provocar
una afluencia de refuerzos que deban pasar por
caminos donde se embosque fácilmente la gente,
después de realizado el ataque un hombre debe
rápidamente comunicar al mando el resultado, por si
fuera necesario levantar el cerco para no ser
atacados por las espaldas. De todas maneras siempre
tiene que haber vigías en los caminos de acceso al
lugar del combate, mientras se produce el cerco o el
ataque directo.
De noche,
es preferible siempre un ataque directo. Puede
llegar a conquistarse el campamento si se tiene el
empuje y la presencia de ánimo necesarios y no se
arriesga mucho.
En el
cerco, sólo resta esperar e ir haciendo trincheras,
acercándose cada vez más al enemigo, tratando de
hostilizarlo por todos los medios y, sobre todo,
tratando de hacerlo salir por el fuego. Cuando se
esta bien cerca, el «cóctel molotov» es un arma de
extraordinaria efectividad. Cuando no se ha llegado
a tiro de «cóctel», pueden emplearse escopetas con
un dispositivo especial. Estas armas, bautizadas por
nosotros en la guerra con el nombre de M-16,
consisten en una escopeta calibre 16, recortada, con
un par de patas agregadas en forma tal que éstas
formen un trípode con la punta de la culata. El arma
así preparada estará en un ángulo aproximado de 45
grados; éste se puede variar corriendo hacia
adelante o hacia atrás las patas delanteras. Se
carga con un cartucho abierto al que se le han
sacado todas las municiones. Este se adapta
perfectamente a un palo lo más cilíndrico posible,
dicho palo viene a ser el proyectil y sobresale del
cañón de la escopeta. En la punta que sobresale se
le agrega un complemento de latón con un
amortiguador de goma en la base y una botella de
gasolina. Este aparato tira las botellas encendidas
a 100 metros o más y tiene una puntería bastante
exacta. Es un arma ideal para cercos donde los
enemigos tengan muchas construcciones de madera o
material inflamable y también para disparar a los
tanques en terrenos abruptos.
Una vez
finalizado el cerco con el triunfo, o levantándolo
cumplidos los objetivos, todos los pelotones se
retiran en orden hacia los lugares donde están sus
mochilas y se sigue la vida normal.
La vida
nómada del guerrillero, en esta etapa, lleva a un
gran sentido de confraternidad con los compañeros,
pero también, a veces, a peligrosas rivalidades
entre grupos o pelotones. Si no se canalizan éstas
para producir emulaciones beneficiosas, se corre el
riesgo de fragmentar la unidad de la columna. Es muy
conveniente la educación de los guerrilleros desde
la más temprana iniciación de la lucha,
explicándoles el sentido social de la misma y sus
deberes, en fin, clarificando su mente y dándoles
lecciones de moral que les vayan forjando el
carácter y hagan que cada experiencia adquirida se
convierta en una nueva arma de superación y no en un
simple adminículo más para luchar por la
supervivencia.
Uno de los
grandes factores educativos es el ejemplo. Por ello
los jefes deben constantemente ofrecer el ejemplo de
una vida cristalina y sacrificada. El ascenso del
soldado debe estar basado en la valentía, capacidad
y espíritu de sacrificio; quien no cumpla esos
requisitos a cabalidad no debe tener cargos
responsables, pues en algún momento provocará
cualquier accidente indeseable.
La
conducta del guerrillero estará sujeta a juicio
cuando se acerque a una casa cualquiera a pedir algo.
Los moradores del lugar sacarán conclusiones
favorables o desfavorables de la guerrilla, de
acuerdo con la forma como se solicite algún servicio,
un alimento, algo necesario, y de los métodos usados
para conseguir lo deseado. Muy cuidadoso debe ser el
jefe en la explicación detallada de estos problemas,
en darles la importancia que se merecen y adoctrinar
también con el ejemplo. Si se fuera a entrar a un
pueblo, deben prohibirse las bebidas alcohólicas,
exhortar a la tropa antes, darle el mayor ejemplo
posible de disciplina y vigilar constantemente las
entradas y salidas del poblado.
La
organización, capacidad combativa, heroicidad y
espíritu de la guerrilla tienen que sufrir su prueba
de fuego en el caso de un cerco, que es la situación
más peligrosa de la guerra. En la jerga de nuestros
guerrilleros, en la guerra pasada, se llamaba «cara
de cerco» a la cara de angustia que presentaba algún
amedrentado. Cerco y aniquilación llamaban
pomposamente a sus campañas los jerarcas del régimen
depuesto. Sin embargo, para una guerrilla conocedora
del terreno, unida ideológica y emocionalmente con
el jefe, no es este un problema de mucha importancia.
Hay simplemente que parapetarse, tratar de evitar el
avance del enemigo y su acción con equipo pesado, y
esperar la noche, aliada natural del guerrillero. Al
oscurecer, con el mayor sigilo posible, después de
explorar y elegir el mejor camino, se irá por él,
utilizando el medio de escape más adecuado y
observando el más absoluto silencio. Es sumamente
difícil que en esas condiciones, en la noche, se
pueda impedir a un grupo de hombres que escape del
cerco.
4. El combate
El combate
es el drama más importante de la vida guerrillera.
Ocupa sólo momentos en el desarrollo de la contienda;
sin embargo estos instantes estelares adquieren una
importancia extraordinaria pues cada pequeño
encuentro es una batalla de índole fundamental para
los combatientes.
Ya
habíamos apuntado anteriormente que el ataque debe
realizarse siempre de tal modo que de garantías de
triunfo. Además de lineamientos generales sobre la
función táctica del ataque en la guerra de
guerrillas, se deben apuntar las diferentes
características que pueda presentar cada acción. En
primer lugar, adoptamos para la descripción el tipo
de lucha en terreno apto, porque es realmente el
modelo de origen de la guerra de guerrillas y es el
aspecto en el cual se necesita manejar algunos
principios anteriores a la experiencia práctica para
resolver ciertos problemas. La guerra del llano es,
como siempre, el producto de un avance de las
guerrillas por su fortalecimiento y el de las
condiciones del medio ambiente y esto lleva
aparejado un aumento de la experiencia, de quien lo
ejecuta y, por ende, un aprovechamiento de esa
experiencia.
En la
primera época de la guerra de guerrillas, sobre el
territorio insurgente se internarán en forma
profunda las columnas enemigas; de acuerdo con las
fuerzas de estas columnas se harán dos tipos de
ataques diferentes. Uno de ellos sistemáticamente
provoca en un determinado número de meses, la
pérdida de la capacidad ofensiva de los mismos y
precede cronológicamente al otro. Se realiza sobre
las vanguardias; los terrenos desfavorables impiden
que las columnas avancen con suficiente defensa en
sus flancos; de este modo tiene que haber siempre
una punta de vanguardia que, al internarse y exponer
las vidas de sus componentes, esté garantizando la
seguridad del resto de la columna. Cuando no hay
hombres suficientes, no se cuenta con reservas y
además el enemigo es fuerte, se debe ir siempre a la
destrucción de esa punta de vanguardia. El sistema
es sencillo, necesita solamente cierta coordinación.
En el momento en que aparece la punta de vanguardia
por el lugar estudiado -lo más abrupto posible- se
deja penetrar a los hombres necesarios y se inicia
un fuego mortífero sobre estos. Un pequeño grupo
tiene que contener al resto de la columna por
algunos momentos para que se recojan las armas,
municiones y equipos. Siempre debe estar presente en
el soldado guerrillero que su fuente de
abastecimiento de armas está en el enemigo y que
salvo circunstancias especiales, no se debe dar
batalla que no esté conducida a conseguir estos
equipos.
Cuando la
fortaleza de la guerrilla lo permita, se hará un
cerco completo de la columna; por lo menos, se dará
esa impresión. En ese caso la vanguardia tiene que
ser tan fuerte y estar tan bien atrincherada que
resista los embates frontales del enemigo,
calculando, naturalmente, su poder ofensivo y su
moral de combate. En el momento en que aquél es
detenido en algún lugar especial, las fuerzas
guerrilleras de retaguardia surgen atacándolo por la
espalda. Como será un lugar elegido con tales
características que sea difícil la maniobra por los
flancos, fácilmente podrán estar apostados
francotiradores que mantengan a toda la columna, 8 ó
10 veces superior en número, quizás, dentro del
cerco de fuego. En estos casos, siempre que haya
fuerzas suficientes, deben controlarse todos los
caminos con emboscadas para detener los refuerzos.
El cerco se irá cerrando gradualmente, sobre todo
por la noche. El guerrillero conoce los lugares
donde combate, la columna invasora los desconoce, el
guerrillero crece en la noche y el enemigo ve crecer
su miedo en la oscuridad. En esta forma puede, con
cierta facilidad, destruirse una columna totalmente,
o infligirle tales pérdidas que le impidan volver al
campo o necesite mucho tiempo para reagruparse.
Cuando la
fuerza de la guerrilla es mínima y se quiere de
todas maneras detener o disminuir el avance de la
columna invasora, deberán distribuirse grupos de
tiradores que fluctúen de dos a diez en cada uno de
los cuatro puntos cardinales rodeando a esta columna.
En esta forma podrá entablarse un combate por el
flanco derecho, digamos; cuando el enemigo centre su
acción sobre este flanco y cargue sobre él, en el
momento preciso, se iniciará el tiroteo por el
flanco izquierdo; en otro momento por la retaguardia
o la vanguardia y así sucesivamente.
Con un
pequeñísimo gasto de parque se podrá tener al
enemigo en jaque perpetuo.
La técnica
del ataque a un convoy o posición enemiga debe
adaptarse a las condiciones del lugar elegido para
el combate. Debe asegurarse, en general, que el
primer ataque a un lugar cercado sea por sorpresa,
en horas nocturnas contra algún puesto avanzado. Un
ataque por sorpresa realizado por comandos
adiestrados puede liquidar fácilmente una posición,
pues cuenta con la ventaja de lo imprevisto. Para un
cerco en regla, las zonas de escape pueden ser
controladas con pocos hombres y los caminos de
acceso defendidos con emboscadas, distribuidas de
tal forma que al ser rebasada una, se repliegue o
simplemente se retire y quede una segunda y así
sucesivamente. En casos donde no exista el factor
sorpresa, dependerá que se triunfe o no en el
intento de tomar el campamento, de la capacidad de
la fuerza cercadora para detener los intentos de las
columnas de auxilio. En estos casos suele haber
apoyo de artillería, morteros y aviones, además de
tanques por parte del enemigo. En terrenos aptos el
tanque es un arma de poco peligro; debe transitar
por caminos estrechos y es fácil víctima de las
minas. En general la capacidad ofensiva que tienen
estos vehículos en formación pierde aquí su valor,
pues deben marchar en fila india, o a lo más de dos
en dos. La mejor arma, la más segura contra el
tanque, es la mina, pero, en la lucha cuerpo a
cuerpo, fácil de realizar en lugares abruptos, el «cóctel
molotov» es un arma de extraordinario valor. No
hablemos ya de la bazooka, que significaría para la
fuerza guerrillera un arma decisiva pero difícil de
alcanzar, por lo menos en los primeros momentos.
Contra el mortero existe el recurso de la trinchera
con techo. El mortero es un arma de formidable
eficacia para usar contra un lugar cercado pero a la
inversa, es decir, contra sitiadores móviles
disminuye su poder si no es usado en baterías
grandes. La artillería no tiene mayor importancia en
este tipo de lucha pues debe estar emplazada en
lugares de cómodo acceso y no ve los blancos, que
son movedizos. La aviación constituye la principal
arma de las fuerzas opresoras, pero también su poder
de ataque se ve muy reducido por el hecho de que
pequeñas trincheras, en general en lugares no
visibles, constituyen su único blanco. Podrán
tirarse bombas de alto poder explosivo, o bombas de
gasolina gelatinosa, todo lo cual constituyen más
bien inconvenientes que verdaderos peligros. Además,
acercándose lo más posible a las líneas defensivas
enemigas, se hace muy difícil para la aviación
atacar con eficacia estas puntas de vanguardia.
Cuando se
sitien campamentos con construcciones de madera o
inflamables, si es que se puede llegar a una
distancia corta, es un arma importantísima el ya
citado «cóctel molotov». En distancias más largas se
pueden arrojar también botellas del material
inflamable, con su mecha ya encendida disparándolas
con una escopeta calibre 16, como ya dijimos
anteriormente.
De todos
los tipos de minas a usar, el más efectivo pero que
conlleva una eficiencia técnica no siempre posible,
es la mina teleexplotada, pero las de contacto, de
mecha y, sobre todo, las eléctricas con cordón, son
de extrema utilidad y constituyen, en caminos de
serranía, defensas casi inexpugnables para las
fuerzas populares.
Una buena
medida de defensa contra los carros blindados es, en
los caminos, hacer zanjas inclinadas, de modo que el
tanque entre fácilmente en ellas y después le cueste
trabajo salir, en la forma que el grabado lo explica
y que es fácilmente ocultable al enemigo, sobre todo
en marchas nocturnas, o cuando no puede mandar
infantería por delante de los tanques, dada la
resistencia de las fuerzas guerrilleras.
Otra forma
común de avance del enemigo, en zonas no totalmente
abruptas, es en camiones más o menos abiertos. Las
columnas son precedidas por algunos carros blindados
y luego viene la infantería transportada en camiones.
De acuerdo con la fuerza de la guerrilla, se puede
cercar la columna íntegra, o se la puede diezmar,
atacando alguno de los camiones y explotando
simultáneamente minas. Hay que actuar rápidamente en
este caso, quitar las armas de los enemigos caídos y
retirarse. Si las condiciones lo permiten, se puede
hacer un cerco total, como ya lo dijimos, observando
las reglas generales del mismo.
Para el
ataque a camiones abiertos, un arma de mucha
importancia y que debe ser utilizada en todo su
poderío, es la escopeta. Una escopeta calibre 16,
con balines, puede cubrir 10 metros, casi toda el
área del camión, matando algunos de los ocupantes,
hiriendo a otros y provocando una confusión enorme.
En el caso de poseerlas, las granadas son armas
excelentes para estos casos.
Para todos
estos ataques, es fundamental, porque es una de las
características elementales de la táctica
guerrillera, la sorpresa, por lo menos al momento de
sonar el primer disparo. Y ésta no puede producirse
si los campesinos de la zona conocen de la presencia
del ejército insurgente. Es por ello que todos los
movimientos de ataque deben hacerse nocturnos.
Solamente hombres de probada discreción y lealtad
pueden conocer estos movimientos y establecer los
contactos. Debe marcharse con mochilas llenas de
alimentos para poder sobrevivir dos, tres o cuatro
días en los lugares de emboscada.
Nunca debe
confiarse demasiado en la discreción campesina,
primero porque hay una lógica tendencia a hablar, a
comentar los hechos con otras personas de la familia
o de confianza y, luego, porque la bestialidad
natural con que tratan a la población los soldados
enemigos después de una derrota, siembra el terror
entre ésta, y ese terror provoca el que alguno,
tratando de cuidar su vida, hable más de lo debido
revelando noticias fundamentales.
En general
debe elegirse como lugar de emboscada alguno que
esté por lo menos a un día de camino de los
establecimientos habituales de la guerrilla, que el
enemigo siempre conocerá con mayor o menor
aproximación.
Hemos
dicho anteriormente que la forma de disparar señala
en un combate la situación de las fuerzas oponentes;
de un lado el tiro violento, nutrido, del soldado de
línea -con parque abundante y acostumbrado a eso-, y
del otro, el metódico, esporádico, del guerrillero
que conoce el valor de cada cápsula y se dispone a
gastarla con un cabal sentido del ahorro, no
disparando nunca un tiro más de lo necesario.
Tampoco es lógico, por ahorrar parque, dejar escapar
a un enemigo o no hacer funcionar una emboscada a
plenitud, pero debe prevenirse en cálculos
anteriores el parque que podrá gastarse en
determinadas circunstancias y ceñir la ocasión al
consejo de esos cálculos.
El parque
es el gran problema del guerrillero. Armas se
consiguen siempre y las que ingresan no se van de la
guerrilla, pero el parque se va tirando y, además,
en general, se capturan armas con su parque, y nunca
o pocas veces parque solo. Cada arma que ingresa
tiene sus tiros, pero no puede contribuir al de los
demás pues no hay sobrantes. El principio táctico
del ahorro de los disparos es fundamental en este
tipo de guerra.
Nunca
puede un jefe guerrillero, que se precie de serlo,
descuidar la retirada. Deben éstas ser oportunas,
ágiles, que permitan salvar toda la impedimenta de
la guerrilla, ya sean heridos, mochilas, municiones,
&c., y nunca debe ser sorprendido el rebelde en
retirada ni puede permitirse el lujo de dejarse
rodear.
Por todo
ello, el camino elegido debe ser custodiado en todos
aquellos lugares donde eventualmente el ejército
enemigo pueda hacer avanzar tropas para tratar de
tirar un cerco; ha de haber un sistema de correo que
permita avisar rápidamente a los compañeros si
alguna fuerza trata de rodearlos.
En el
combate siempre ha de haber hombres desarmados. Esos
hombres recogerán el fusil de algún compañero herido
o muerto, algún fusil incorporado en combate
perteneciente a un prisionero, se ocuparán de los
mismos, del traslado de los heridos y de la
transmisión de mensajes. Además debe contarse con un
buen cuerpo de mensajeros, de piernas de hierro y de
seriedad probada, que den los avisos necesarios en
el menor tiempo posible.
Es muy
relativo el número de hombres que se necesitan al
lado de los combatientes armados, pero se puede
calcular en dos o tres para cada diez, entre los que
asistirán al combate y realizarán todas las tareas
necesarias en la retaguardia, defendiendo las
posiciones de retirada o estableciendo los servicios
de mensajes de que hablamos anteriormente.
Cuando se
hace una guerra de tipo defensivo, es decir, cuando
está empeñada la guerrilla en no permitir pasar de
determinado lugar a una columna invasora, la lucha
se convierte en una guerra de posiciones, pero debe
tener siempre al inicio las características anotadas
de sorpresa. En este caso, en que se van a hacer
trincheras y otra serie de sistemas defensivos que
son fácilmente observables por los campesinos del
lugar, debe asegurarse que éstos permanezcan en la
zona amiga. En general, en este tipo de guerra, se
establece por el gobierno el bloqueo
de la
región y los campesinos que no han huido, deben ir a
comprar sus alimentos primordiales a
establecimientos situados en zonas fuera de la
acción de las guerrillas. El que estas personas en
momentos culminantes, como el que estamos
describiendo, salgan de la región, constituye un
peligro muy grande, por las infidencias y las
confidencias que pudieran eventualmente suministrar
al ejército enemigo. La política de tierra arrasada
debe constituir la base de la estrategia del
ejército guerrillero en estos casos.
Ahora
bien, las defensas y todo el aparato defensivo,
deben hacerse de tal manera que siempre la
vanguardia enemiga caiga en una emboscada. Es muy
importante el hecho psicológico de que los hombres
de vanguardia mueran ineludiblemente en cada combate,
pues esto va creando dentro del ejército adversario
una conciencia cada vez más marcada de este hecho,
que lleva a un momento en que nadie quiere ser
vanguardia; y es obvio que una columna si no tiene
vanguardia no puede moverse, pues alguien debe
asumir esta responsabilidad.
Por lo
demás, pueden realizarse cercos, si se estima
conveniente, maniobras dilatorias de ataques de
flanco, o simplemente detener frontalmente al
enemigo, pero en todos los casos deben fortificarse
los lugares que sean susceptibles de ser utilizados
por el enemigo para tareas de flanqueo.
Desde ya,
esto está indicando que se cuenta con más hombres y
más armas que en los combates anteriormente
descritos, pues es evidente que consume mucho
personal el bloqueo de todos los eventuales caminos
convergentes de una zona, que pueden ser muchos.
Debe aumentarse aquí todo género de trampas y de
ataques contra los vehículos blindados y darle la
mayor seguridad posible a los sistemas de trincheras
estables, por lo tanto, localizables. En general, en
este tipo de lucha la orden que se da es la de morir
en las defensas y hay que asegurar a cada defensor
el máximo de posibilidades de sobrevivir.
Cuando más
oculta se haga una trinchera para la observación
lejana, mejor es y, sobre todo, es bueno hacerle
techos, para que la labor de los morteros se
nulifique. Los morteros de los usados en campaña
60.1 u 85 mm no pueden perforar un buen techo hecho
simplemente con materiales de la región, que puede
ser un piso de madera, tierra y piedras cubierto por
un material que lo esconda a la vista del enemigo.
Siempre debe hacérsele una salida que permita, en
caso extremo, escapar al defensor sin mayores
peligros para su vida.
Todo este
andamiaje indica bien claramente que no existen
líneas de fuego determinadas. La línea de fuego es
algo más o menos teórico que se establece en
determinados momentos cumbres, pero son sumamente
elásticas y permeables por ambos bandos. Lo que
existe es una gran «tierra de nadie». Pero la
característica de la «tierra de nadie» de una guerra
de guerrillas, es que en ella existe población civil
y que esa población civil colabora en cierta medida
con alguno de los dos bandos, aunque en abrumadora
mayoría con el bando insurrecto. No puede ser
desalojada masivamente de la zona por su extensión y
porque crearía problemas de abastecimiento a
cualquiera de los contendientes al darle comida a
una cantidad considerable de habitantes. Esta «tierra
de nadie» es perforada por incursiones periódicas (diurnas
en general) de las fuerzas represivas y nocturnas de
las fuerzas guerrilleras. Estas últimas encuentran
allí una base de sustento de mucha importancia para
sus tropas que debe ser cuidada en el orden político,
estableciendo siempre las mejores relaciones con los
campesinos y comerciantes.
En este
tipo de guerra, el trabajo de los no combatientes
directos, vale decir de los que no portan un arma,
es importantísimo. Ya señalamos algunas
características de los enlaces en los lugares de
combate, pero el enlace es una institución dentro de
la organización guerrillera; los enlaces, hasta la
más lejana comandancia si la hay, o hasta el más
lejano grupo de guerrilleros, deben estar
encadenados de tal forma que siempre pueda llegarse,
por el sistema más rápido conocido en la región, de
un lugar a otro, y esto debe ser tan valedero en
tierras de fácil defensa, es decir en territorios
aptos, como en tierras inaptas. No se admite, por
ejemplo, que una guerrilla operando en tierra inapta,
vaya a permitir los sistemas modernos de
comunicación, como son el telégrafo, los camiones,
&c., salvo algunos inalámbricos imposibles de
destruir pero que solamente pueden ir a guarniciones
militares sólidas que defiendan dicho sistema, pues
si cae en manos de la fuerza liberadora, hay que
variar claves y frecuencias, tarea a veces bastante
engorrosa.
En todos
estos casos estamos hablando con la memoria de lo
ocurrido en nuestra guerra de liberación. El informe
diario y verídico de todas las actividades del
enemigo se complementa con el de enlace. El sistema
de espionaje debe ser muy bien estudiado, muy bien
trabajado y sus individuos elegidos con él máximo
esmero. El mal que puede hacer en estos casos un «contraespía»
es enorme, pero aún sin llegar a ese extremo, son
muy grandes los males que pueden sobrevenir de
resultas de una información exagerada, ya sea
aumentando o disminuyendo el peligro. Es difícil que
éste se disminuya. La tendencia general de hombre
del campo es a aumentarlos y exagerarlos. La misma
mentalidad mágica que hace aparecer fantasmas, y
toda serie de seres sobrenaturales, crea también
ejércitos monstruosos donde apenas hay un pelotón,
una patrulla enemiga. Además, el espía debe ser lo
más neutro posible, desconociéndose para el enemigo
toda clase de conexión con las fuerzas de liberación.
No es una tarea tan difícil como parece y se
encuentran muchos a través de la guerra:
comerciantes, profesionales y hasta religiosos
pueden prestar su concurso en toda esta serie de
tareas y dar el informe a tiempo.
Es una de
las más importantes características de la guerra de
guerrillas, la diferencia notable que hay entre la
información que logran las fuerzas rebeldes y la
información que poseen los enemigos. Mientras éstos
deben transitar por zonas absolutamente hostiles,
donde se encuentran con el hosco silencio de los
campesinos, aquéllos, es decir los defensores,
cuentan en cada casa con un amigo y hasta con un
familiar y constantemente van circulando los partes
a través de los sistemas de enlace hasta alcanzar la
jefatura central de la guerrilla o el núcleo
guerrillero que esté en la zona.
Cuando se
produce una penetración enemiga en territorio ya
declaradamente guerrillero donde todos los
campesinos responden a la causa del pueblo, se crea
un problema serio; la mayoría de ellos trata de
escapar con el ejército popular, abandonando sus
hijos y sus quehaceres, otros llevan hasta la
familia completa y algunos se quedan esperando los
acontecimientos. El inconveniente más grave que
puede provocar una penetración enemiga en territorio
guerrillero es el que queden cantidad de familias en
situación apretada y a veces desesperada. Debe
dárseles el máximo de apoyo a todas ellas, pero
prevenirlas de los males que pueden sobrevenir por
una huida hacia zonas inhóspitas, lejos de sus
lugares habituales de abastecimiento y expuestas a
las calamidades que suelen provocarse en estos casos.
No se
puede hablar de un «patrón de represiones» por parte
de los enemigos del pueblo; en cada lugar, de
acuerdo con circunstancias específicas, sociales,
históricas y económicas, los enemigos del pueblo
actúan de una manera más o menos intensamente
criminal, aunque siempre son iguales los métodos
generales de represión. Hay lugares donde la huida
del hombre hacia la zona guerrillera, dejando a su
familia en la casa no provoca mayor reacción. Hay
otros donde esto basta para quemar las pertenencias
del individuo o requisarlas y otros donde la huida
provoca la muerte de todos sus familiares. Es
natural que se haga adecuada distribución y
organización de los campesinos que van a ser
afectados por un avance enemigo, de acuerdo con las
normas que se conozcan sobre la guerra en esa zona o
país determinado.
Lo
evidente es que hay que prepararse para expulsar al
enemigo del territorio afectado, actuando
profundamente sobre los abastecimientos, cortando
completamente las líneas de comunicaciones,
destruyendo por medio de pequeñas guerrillas los
intentos de abastecerse u obligándolo a invertir
grandes cantidades de hombres en hacerlo.
En todos
estos casos de combates, factor muy importante en
cada lugar en que se traba uno, es la correcta
utilización de las reservas. El ejército guerrillero,
por sus características, muy pocas veces puede
contar con ellas, pues siempre da golpes donde hasta
la labor del último individuo debe ser regulada y
empleada en algo. Sin embargo, dentro de estas
características, deben tenerse hombres listos en tal
o cual lugar, para responder a un imprevisto y poder
detener una contraofensiva o definir una situación
en un momento dado. De acuerdo con la organización
de la guerrilla y con las características y
posibilidades del momento, se puede tener, para
estos menesteres, un pelotón «comodín», pelotón que
siempre debe ir a los lugares del mayor peligro, que
puede bautizársele como «pelotón suicida» o con
cualquier otro título, pero que en realidad cumpla
las funciones que el nombre indica. Este pelotón «suicida»
debe estar en todos los lugares donde se decida un
combate; en los ataques por sorpresa de la
vanguardia, en la defensa de los sitios más
vulnerables y peligrosos, en fin, donde quiera que
el enemigo amenace con quebrar la estabilidad de la
línea de fuego. Debe integrarse por absoluta
voluntariedad y constituir casi un premio pare el
individuo el ingresar en este pelotón. Se llega a
hacer con el tiempo la niña mimada de cualquier
columna guerrillera y el guerrillero que ostente el
distintivo de pertenecer a ese cuerpo cuenta con la
admiración y el respeto de todos sus compañeros.
5. Principio, desarrollo y fin de una guerra de
guerrillas
Ya hemos
definido sobradamente lo que es una guerra de
guerrillas. Vamos a relatar entonces el desarrollo
ideal de ella, naciendo en un núcleo único, en
terreno favorable y describiéndola a partir de allí.
Es decir,
vamos a teorizar nuevamente sobre la experiencia
cubana. Al inicio, hay un grupo más o menos armado,
más o menos homogéneo, que se dedica casi
exclusivamente a esconderse en los lugares más
agrestes, más intrincados, manteniéndose en escaso
contacto con los campesinos. Da algún golpe
afortunado, crece entonces su fama y algunos
campesinos desposeídos de sus tierras o en luchas
por conservarlas y jóvenes idealistas de otras
clases van a engrosarla; adquiere mayor audacia para
andar por lugares habitados, mayor contacto con la
gente de la zona; repite algunos ataques, huyendo
siempre después de darlos; de pronto sostiene un
combate con alguna columna y destroza su vanguardia;
sigue incorporando hombres, ha aumentado en número,
pero su organización permanece exactamente igual,
sólo que disminuyen las precauciones y se aventura
sobre zonas más pobladas.
Más tarde
establece campamentos provisionales durante algunos
días, los que son abandonados al tenerse noticias de
la cercanía del ejército enemigo o sufrir bombardeos
o, simplemente, al tener sospechas de alguno de
estos riesgos. Sigue el aumento numérico de la
guerrilla conjuntamente con el trabajo de masas que
va haciendo de cada campesino un entusiasta de la
guerra de liberación y, al final, se elige un lugar
inaccesible, se inicia la vida sedentaria y empiezan
las primeras pequeñas industrias a establecerse allí:
la zapatería, la fábrica de tabacos y cigarros,
algún taller de costura, la armería, panadería,
hospitales, radio si lo hubiera, imprenta, &c.
Ya la
guerrilla tiene una organización, una estructura
nueva. Es la cabeza de un gran movimiento con todas
las características de un gobierno en pequeño. Se
establece la auditoría para la administración de
justicia, se dictan algunas leyes, si fuera posible,
y continúa el trabajo de adoctrinamiento de las
masas campesinas, y obreras si las hubiera cerca,
atrayéndolas a la causa. Se desata alguna ofensiva
enemiga y es derrotada; aumenta el número de fusiles
y por ende el número de hombres con que cuenta esta
guerrilla. Pero, en un momento dado, su radio de
acción no aumenta en la proporción en que sus
hombres lo han hecho; en ese momento se separa una
fuerza del tamaño que sea necesario, columna o
pelotón, &c., y va hacia otro lugar de combate.
Empezará
allí el trabajo aunque con características algo
diferentes, por experiencias que trae, por la
permeabilización de las zonas de guerra por las
tropas de liberación. Mientras, el núcleo central
sigue aumentando, ha recibido ya aportes
sustanciales de lugares lejanos, en alimentos,
alguna vez en fusiles; siguen llegando hombres;
continúan las tareas de gobierno con la promulgación
de leyes; se establecen escuelas que permiten el
adoctrinamiento y entrenamiento de los reclutas. Los
jefes van aprendiendo a medida que se desarrolla la
guerra y en capacidad de mando va creciendo con las
responsabilidades del aumento cuantitativo y
cualitativo de las fuerzas.
En un
momento dado, si hubiera territorios lejanos, parte
hacia ellos un grupo a establecer todos los
adelantos que ya se han logrado, continuando el
ciclo.
Pero
también existirá un territorio enemigo, el
territorio desfavorable para la guerra de guerrillas.
Allí se van introduciendo grupos pequeños que
asaltan en los caminos, que rompen puentes, que
colocan minas, que van sembrando la intranquilidad.
Con los vaivenes propios de la guerra, sigue
aumentando el movimiento; ya el gran trabajo de
masas permite la movilidad fácil de esas fuerzas en
terreno desfavorable y se crea entonces la última
etapa que es la guerrilla suburbana.
El
sabotaje aumenta considerablemente en toda la zona.
Se paraliza la vida de la misma; es conquistada. Se
va hacia otras zonas, se combate con el ejército
enemigo en frentes definidos; se les ha conquistado
ya armas pesadas (pueden ser hasta tanques), se
lucha de igual a igual. El enemigo cae cuando se
transforma el proceso de victorias parciales en
victorias finales, es decir, se le lleva a aceptar
batalla en las condiciones puestas por el bando
guerrillero y allí se le aniquila, provocando su
rendición.
Es esto un
boceto, que transcribe lo que fue pasando en las
distintas etapas de la guerra de liberación cubana,
pero que tiene aproximadamente un contenido
universal. Sólo que no siempre puede darse el
acoplamiento del pueblo, condiciones y líder como se
dio en nuestra guerra. Innecesario es decirlo: Fidel
Castro resume en sí las altas condiciones del
combatiente y el estadista y a su visión se debe
nuestro viaje, nuestra lucha y nuestro triunfo. No
podemos decir que sin él no se hubiera producido la
victoria del pueblo, pero sí que esa victoria
hubiera costado mucho más y fuera menos completa.
La
guerra de guerrillas
Capítulo III
1.
Abastecimientos
Un correcto abastecimiento es fundamental para la
guerrilla. El grupo de hombres en contacto con el
suelo, tiene que vivir de los productos de este
suelo y al mismo tiempo permitir que vivan los que
se lo dan, es decir los campesinos del lugar, pues
en la dura lucha guerrillera no es posible, sobre
todo en los primeros momentos, dedicar energías a
tener abastecimientos propios, sin contar con que
estos abastecimientos serían fácilmente localizables
y destruibles por las fuerzas enemigas, ya que se
supone un territorio completamente permeabilizado
para la acción de las columnas represivas. El
abastecimiento en las primeras épocas es siempre
interno.
Con el desarrollo de las condiciones guerrilleras
tiene también que haber un abastecimiento exterior a
las líneas o territorio de combate. En el primer
momento se vivirá solamente de lo que los campesinos
tengan; se podrá llegar a alguna bodega a comprar
algo, pero nunca tener líneas de abastecimientos,
pues no hay territorio donde establecerlas. La línea
de abastecimiento y el almacén de comestibles están
condicionados al desarrollo de la lucha guerrillera.
Lo primero es ganarse la confianza absoluta de los
habitantes de la zona y esta confianza se gana con
la actitud positiva frente a sus problemas, con la
ayuda y orientación constante, con la defensa de sus
intereses y el castigo de quienes pretendan
aprovecharse del momento caótico que viva la misma,
para ejercer influencias, desalojar campesinos,
apoderarse de sus cosechas, establecer intereses
usurarios, &c. La línea debe ser blanda y dura al
mismo tiempo. Blanda y de colaboración espontánea
con todos los simpatizantes honestos frente al
movimiento revolucionario, dura contra los que
directamente están atacándolo, fomentando
disensiones o simplemente comunicando noticias
importantes al ejército enemigo.
Poco a poco se irá esclareciendo el territorio y se
podrá contar entonces con una mayor comodidad para
poder actuar. El principio fundamental que debe
regir es el de pagar siempre toda la mercancía que
se tome de un amigo. Esta mercancía puede consistir
en frutos de la tierra o artículos de
establecimientos comerciales. Muchas veces son
donados, pero hay otras en que las condiciones
económicas del mismo campesinado impiden estas
donaciones y hay casos en que las mismas necesidades
de la guerra obligan a asaltar almacenes que tengan
víveres o vituallas necesarias y que no se pueden
pagar, sencillamente por no haber dinero. En esos
casos debe siempre dársele al comerciante un bono,
pagaré, algo que certifique la deuda; los «bonos de
esperanza» ya descritos. Esta medida es mejor
realizarla con la gente que esté fuera de los
límites del territorio liberado y en estos casos
pagar lo antes posible o amortizar parte de la deuda.
Cuando las condiciones hayan mejorado lo suficiente
como para mantener un territorio permanentemente
fuera del dominio del ejército adversario, se puede
llegar a las siembras colectivas, donde los
campesinos trabajen las tierras a beneficio del
ejército guerrillero y en esta forma garantizar una
adecuada fuente de abastecimiento agrícola de
carácter permanente.
Si el número de voluntarios para el ejército
guerrillero es mucho mayor que el necesario, pues no
hay armas, y circunstancias políticas impiden a esos
hombres bajar a zonas dominadas por el enemigo, el
ejército rebelde puede hacer trabajar directamente
en la tierra a sus hombres y a todos los
incorporados, recogiendo los frutos que garanticen
el abastecimiento y llenando su hoja de servicios
para futuros ascensos a combatientes; sin embargo,
es más aconsejable que las siembras se hagan
directamente por los campesinos, pues el trabajo es
más efectivo, se hace con más entusiasmo, con más
capacidad. Cuando las condiciones han madurado más
aún se puede llegar a la compra de cosechas enteras
que, dependiendo de los frutos que sean, puedan
permanecer en el campo o en almacenes para el uso
del ejército.
Cuando se hayan establecido organismos encargados
también de abastecer a la población campesina, se
concentrarán todos los alimentos en estos organismos
para servir en operaciones de trueque entre los
campesinos, siendo el ejército guerrillero el
intermediario.
Si las condiciones siguen mejorando, se pueden
establecer impuestos que deben ser lo menos lesivos
posible, sobre todo para el pequeño productor. Hay
que atender por sobre todas las cosas las relaciones
de la clase de los campesinos con el ejército
guerrillero, que es una emanación de esta clase.
Los impuestos pueden cobrarse en dinero en efectivo
en algunos casos y en otros con parte de las
cosechas, la que pasará a engrosar los
abastecimientos. La carne es uno de los artículos de
primera necesidad. Hay que asegurar su producción y
conservación. Se establecerán granjas con campesinos
aparentemente desvinculados del ejército, si no se
cuenta con una zona segura, que se dediquen a la
producción de gallinas, huevos, cabras, cochinos;
todos los animales comprados o directamente
confiscados a los grandes terratenientes. En zonas
de latifundio suele haber ganado en cantidades
grandes. Puede ser muerto, salado y la carne
mantenida en esas condiciones, en las cuales
permanece apta para el consumo durante mucho tiempo.
Con esto se consigue también el cuero y se puede
desarrollar una industria del curtido -más o menos
elemental- que permita tenor la materia prima para
el calzado, uno de los adminículos fundamentales
para la lucha. Depende mucho de las zonas, pero, en
general, se puede decir que los alimentos
imprescindibles son: la carne, la sal y algunas
legumbres, tubérculos o granos.
Siempre el alimento básico es producido por los
campesinos; puede ser malanga, en las regiones
montañosas de la provincia de Oriente, Cuba; puede
ser maíz en las regiones montañosas de México y
Centroamérica o Perú, las papas en el mismo Perú; y
en otras zonas, como Argentina, el ganado; el trigo
en otras, pero siempre hay que asegurar un
abastecimiento de los alimentos fundamentales de la
tropa y alguna clases de grasa que permita comer
mejor los mismos, ya sean mantecas animales o
vegetales.
La sal es uno de los ingredientes imprescindibles.
Cuando se está cerca del mar y en conexión con él
hay que establecer inmediatamente pequeños secaderos
que aseguren una cierta producción para tener
siempre un remanente y poder abastecer las tropas.
Recuérdese que en lugares agrestes como estos, donde
no se producen sino algunos de los alimentos, es
fácil tender un cerco que empobrezca formidablemente
a la zona. Es bueno prever estos casos por medio de
la organización campesina, de las organizaciones
civiles en general. Que los habitantes de la zona
tengan su abastecimiento mínimo que les permita al
menos malvivir durante las épocas más duras de la
contienda. Debe tratarse rápidamente de tener una
buena provisión de alimentos que no se descompongan,
como son los granos, que resisten bastante tiempo,
sea maíz, trigo, arroz, &c.; harina, sal, azúcar,
enlatados de todos tipos y, también, hacer las
siembras necesarias.
Llegará un momento en que estarán solucionados los
problemas alimenticios de la zona para las tropas
residentes pero se necesitará una gran cantidad de
productos extra; pieles para los zapatos, si no se
puede crear una industria del curtido que abastezca
a la zona; telas para vestidos, y todos los
aditamentos necesarios para los mismos, papel,
imprenta o mimeógrafos para los periódicos, tinta y
todos los otros implementos.
En fin, las necesidades de artículos del mundo
exterior aumentarán a medida que las guerrillas se
vayan organizando y su organización se haga más
compleja. Para cubrirla adecuadamente es necesario
que funcione perfectamente la organización de las
líneas de abastecimiento. Estas organizaciones se
hacen fundamentalmente a través de campesinos amigos.
La forma debe ser bipolar, es decir, con extremos en
el frente guerrillero y en las ciudades; a partir de
las zonas guerrilleras irán saliendo líneas de
abastecimientos que permeabilicen todo el territorio
permitiendo pasar los materiales. Poco a poco los
campesinos se acostumbran al peligro (en pequeños
grupos pueden hacer maravillas) y a poner el
material que se necesite en el lugar indicado sin
correr peligros extremos. Estas movilizaciones se
pueden hacer de noche, con mulos o animales de carga
de este tipo y también con camiones, dependiendo de
la zona; así se puede hacer un abastecimiento muy
bueno. Hay que considerar que este es el tipo de
línea de abastecimiento para áreas cercanas a los
lugares de operación.
Hay que organizar una línea de abastecimiento desde
áreas lejanas. Estas deben dar el dinero necesario
pare hacer las compras y también algunos implementos
que no se consigan en los pueblos o ciudades
provinciales. La organización se nutrirá con
donativos directos que hagan los sectores
simpatizantes con la lucha por medio de bonos
clandestinos, que se deben dar teniendo siempre un
estricto control sobre el personal encargado de su
manipulación y exigiendo responsabilidades serias
cuando se olviden los requisitos de moral
indispensables para estos casos. Las compras se
pueden hacer en efectivo y también con «bonos de
esperanza», cuando hay un ejército guerrillero que,
saliendo de su base de operaciones, amenaza una
nueva zona. En estos casos no hay más remedio que
tomar la mercancía de cualquier comerciante y que
éste dependa de la buena fe, o de las posibilidades
o no de hacer efectiva esta cuenta por parte de los
ejércitos guerrilleros.
En todas las líneas de abastecimientos que pasan por
el campo, es necesario tener una serie de casas,
terminales o estaciones de camino, donde se pueda
esconderlos durante el día para seguir a la noche
siguiente. Estas casas deben ser conocidas solamente
por los encargados directos de los abastecimientos,
y conocerán del trasiego lo menos posible sus
habitantes, siendo, además, las personas que más
confianza brinden a la organización.
Uno de los animales más importantes para todas estas
tareas es el mulo. El mulo, de increíble resistencia
a las fatigas y de capacidad para caminar en las
zonas más accidentadas, puede llevar en su lomo más
de 100 kilos, durante días y días, y por su
austeridad en cuanto a exigencia de comestibles es
el transporte ideal. Las arrias de mulos deben estar
perfectamente dotadas de herraduras, con arrieros
conocedores del animal y que lo cuiden lo más
posible. Se puede así tener verdaderos ejércitos de
cuatro patas de increíble utilidad. Pero muchas
veces, por sufrido que sea el animal y por capacidad
que tenga para aguantar la jornada más dura, se ve
obligado a dejar la carga en determinados sitios por
lo difícil del paso. Para obviar esto, habrá un
equipo encargado de hacer los caminos destinados a
esta clase de animales. Si todas estas condiciones
se cumplen, si se lleva una organización adecuada y
el ejército rebelde mantiene con los campesinos las
inmejorables relaciones necesarias, se garantiza un
abastecimiento efectivo y duradero para toda la
tropa.
2.
Organización civil
La organización civil del movimiento insurreccional
es muy importante en cualquiera de los dos frentes:
el externo y el interno. Naturalmente tienen
características bastante diferentes y las funciones
también, aún cuando realicen trabajos que puedan
caer dentro de una misma denominación. No es igual,
por ejemplo, la recaudación que pueda hacer el
frente externo a la que pueda hacerse en el frente
interno, ni la propaganda, ni el abastecimiento.
Vamos a describir primero los trabajos del frente
interno.
Al considerar «frente interno» estamos ya diciendo
que es un lugar dominado, relativamente, por lo
menos, por las fuerzas de liberación, y también debe
suponerse que es un lugar apto para la guerra de
guerrillas porque, cuando no se dan esas condiciones,
es decir, cuando se están desarrollando luchas
guerrilleras en zonas no aptas, la organización
guerrillera aumenta en extensión pero no en
profundidad; va canalizando nuevos lugares, pero no
puede llegar a tener una organización interna pues
está toda la zona permeabilizada por el enemigo. En
el frente interno podemos tener una serie de
organizaciones que cumplan su función específica
para la mejor marcha de la administración. La
propaganda en general pertenece directamente al
ejército, pero también puede estar separada de éste
aun cuando bajo su control. (De todas maneras, es
tan importante este punto que lo trataremos aparte.)
La recaudación pertenece a la organización civil,
así como la organización de los campesinos en
general, si hubiera obreros, también de éstos y
estas dos deben estar regidas por una auditoría.
La recaudación, como ya hemos explicado en el
capítulo anterior, puede desarrollarse de varias
maneras; por impuestos directos e indirectos, por
donativos directos y confiscaciones; todo esto viene
a llenar el gran capítulo de los abastecimientos del
ejército guerrillero.
Algo que hay que tener muy en cuenta es que no se
debe de ninguna manera empobrecer la zona por la
acción directa del ejército rebelde -aunque
indirectamente sea el responsable del
empobrecimiento debido a los cercos enemigos, lo que
la propaganda adversaria hará resaltar
repetidamente-. Precisamente por esta circunstancia
es por lo que no se debe crear causas directas de
conflictos. No debe haber, por ejemplo, reglamentos
que impidan a los cosecheros de una zona que está en
territorio liberado vender sus productos fuera de
ese territorio, salvo circunstancias extremas y
transitorias, explicando bien al campesinado estas
características. Al lado de cada acto del ejército
guerrillero debe existir siempre el departamento de
difusión necesario para explicar las razones de este
acto, el que, en general, será bien comprendido por
un campesino que tendrá sus hijos, padres, hermanos
o parientes de alguna clase, dentro de este ejército
que será una cosa suya.
Dada la importancia de las relaciones campesinas,
hay que crear organizaciones que las canalicen y las
reglamenten, organizaciones que, no solamente
estarán dentro del área liberada, sino también
tendrán conexiones con las áreas adyacentes, y,
precisamente a través de ellas, se podrá ir
permeabilizando la zona para una futura ampliación
del frente guerrillero. Los campesinos irán
sembrando la semilla de la propaganda oral y escrita,
los relatos de cómo se vive en la otra zona, de las
leyes que ya se han dado para la protección del
pequeño campesino, del espíritu de sacrificio del
ejército rebelde; en fin, están creando la atmósfera
necesaria para la ayuda a la tropa rebelde.
Los organismos campesinos deben tener también su
conexión de tal tipo que permita a la organización
del ejército guerrillero en cualquier momento
canalizar cosechas y venderlas en el territorio
enemigo mediante una serie de intermediarios más o
menos benevolentes, más o menos benefactores de la
clase campesina, ya que, en todos esos casos, junto
a la devoción por la causa que lleva al comerciante
a desafiar peligros, existe la devoción por el
dinero que lo lleva a aprovechar los mismos para su
fin de extraer dividendos.
Ya habíamos dicho, al hablar de los abastecimientos,
la importancia que tiene el departamento de
construcción de caminos. Cuando la guerrilla ha
alcanzado un determinado grado de desarrollo, tiene
centros más o menos fijos y no anda vagando sin
campamento alguno por diversas regiones, se debe
establecer una serie de rutas que pueden ir desde el
pequeño trillo que permita el paso de un mulo hasta
el buen camino de camiones. Para todo esto hay que
tener en cuenta la capacidad de organización del
ejército rebelde y la capacidad ofensiva del enemigo
que puede destruirlos e incluso llegar a los
campamentos fácilmente, precisamente por caminos que
son creados por el opositor. Como regla esencial,
debe apuntarse que los caminos son para contribuir
al abastecimiento en lugares cuya solución de otro
modo sería imposible y que no se deben hacer sino en
circunstancias donde casi seguro se pueda mantener
la posición ante un embate del adversario, salvo que
estos se concierten entre puntos que hagan más
cómoda la comunicación pero no sean vitales ni
acarreen un peligro en su construcción.
Además, se pueden hacer otras vías de comunicación.
Una de ellas, muy importante, es el teléfono, que
puede tenderse en el monte, con la facilidad que
significa el tener los árboles como postes y con la
ventaja de que no son visibles desde lo alto para la
observación del enemigo. También supone el teléfono
una zona donde éste no puede llegar.
La auditoría, o departamento central de justicia, de
leyes revolucionarias y de administración, es uno de
los puntos vitales de un ejército guerrillero ya
constituido, con territorio propio. Debe estar a
cargo de algún individuo que conozca las leyes del
país, si conoce las necesidades de la zona desde un
punto de vista jurídico, mejor aún y que pueda ir
dando una serie de decretos y reglamentos para
ayudar al campesino a normalizar, institucionalizar
la vida dentro de la zona en rebeldía.
Por ejemplo, de nuestra experiencia de la guerra
cubana: elaboramos un código penal, un código civil,
un reglamento de abastecimiento al campesinado y el
reglamento de la Reforma Agraria. Posteriormente se
establecieron las leyes de castigo para los
aspirantes a elecciones que iban a hacerse días
después en todo el país y la ley de Reforma Agraria
de la Sierra Maestra. Además, la auditoría tiene a
su cargo todas las operaciones de contabilidad de la
columna o de las columnas guerrilleras, y se encarga
de administrar los problemas monetarios de la misma,
interviniendo a veces directamente en el
abastecimiento.
Todas estas son recomendaciones elásticas, bases que
da la experiencia vivida en un lugar determinado,
geográfica e históricamente situado, que pueden ser
cambiadas según lo aconseje una experiencia de otro
lugar geográfico, histórico y social.
Además de auditoría, hay que tener muy en cuenta la
sanidad general de la zona, que se debe hacer por
medio de los hospitales madres, es decir, los
hospitales centrales, militares, que darán
asistencia lo más completa posible a todo el
campesinado. También en estos casos depende de las
características alcanzadas por la revolución que se
pueda dar un adecuado tratamiento médico. Los
hospitales civiles y la sanidad civil están
directamente unidos al ejército rebelde y sus cargos
son desempeñados por oficiales y miembros del mismo,
con la doble función de curar al pueblo y de
orientarlo para mejorar su salud, pues los grandes
problemas sanitarios de las poblaciones en estas
condiciones radican en que desconocen totalmente los
más elementales principios de la higiene y por ello
agravan aún más su precaria situación.
Los cobros de impuestos, como ya dije, pertenecen a
la auditoría general también.
Los almacenes son muy importantes. En cuanto se
consiga algún lugar donde ya se establezca un
principio de sedentarización de la guerrilla, deben
establecerse almacenes lo más ordenados posibles,
que vayan asegurando el cuidado mínimo de la
mercancía y sobre todo el control para su equitativa
distribución posterior, única fórmula para
corregirlo.
En el frente exterior las funciones son diferentes
en cuanto a calidad misma y en cuanto a cantidad
también; por ejemplo, la propaganda debe ser de tipo
nacional, orientadora, explicando las victorias
obtenidas por los compañeros de la guerrilla,
llamando a luchas efectivas de masas a obreros y
campesinos y dando noticias, si las hubiera, de
victorias obtenidas en este frente. La recaudación
es totalmente clandestina, debe hacerse teniendo los
mayores cuidados posibles y aislando completamente
la cadena entre el primer recaudador pequeño y el
tesorero de la organización.
Esta organización debe estar distribuida en zonas
que se complementen para formar un todo, zonas que
pueden ser provincias, estados, ciudades, aldeas,
depende de la magnitud del movimiento. En todos
ellos tiene que haber una comisión de finanzas que
se ocupe de la orientación de la recaudación. Se
puede recaudar dinero mediante bonos o mediante
donativos directos, e incluso, ya más avanzado el
proceso de la lucha, cobrar impuestos, ya que los
industriales deberán hacerlos efectivos por la gran
fuerza que tenga el ejército insurrecto. El
abastecimiento debe condicionarse a las necesidades
expuestas por las guerrillas y estará organizado en
forma de ir encadenando las mercancías, de tal modo
que las más comunes se logren en los lugares
cercanos, buscando en los centros mayores las cosas
verdaderamente escasas o imposibles de conseguir en
otros puntos y así sucesivamente tratando siempre de
que la cadena sea lo más limitada posible, esté en
conocimiento del menor número de hombres y pueda así
cumplir por más tiempo su misión.
Los sabotajes deben ser reglamentados por la
organización civil en la parte externa, coordinados
con el mando central. En circunstancias especiales
que es muy conveniente analizar, se usará el
atentado personal. En general, consideramos que este
es negativo, salvo el que elimine alguna figura
notablemente destacada por sus fechorías contra el
pueblo y su eficacia represiva. Nuestra experiencia
de la lucha cubana enseñó que se podían haber
salvado muchas vidas de grandes compañeros,
sacrificadas para cumplir misiones de escaso valor
cualitativo y que pusieron a veces bajo el plomo
enemigo, en represalia, a combatientes cuya pérdida
no podía compararse con el resultado obtenido. El
atentado y el terrorismo ejercitados en forma
indiscriminada, no deben emplearse. Muy preferible
es el trabajo sobre grandes concentraciones de gente
donde se pueda inculcar la idea revolucionaria e ir
haciéndola madurar, para que, en un momento dado,
apoyadas por las fuerzas armadas puedan movilizarse
y decidir la balanza hacia el lado de la revolución.
Para ello hay que contar también con organizaciones
populares de obreros, profesionales y campesinos que
vayan sembrando la semilla de la revolución entre
sus respectivas masas, explicando, dando a leer las
publicaciones de la rebeldía; enseñando la verdad.
Porque una de las características de la propaganda
revolucionaria debe ser la verdad. Poco a poco, así,
se irán ganando masas y podrá ir eligiéndose entre
los que hagan los mejores trabajos para
incorporarlos al ejército rebelde o a algunas tareas
de mucha responsabilidad.
Este es el esquema de una organización civil dentro
y fuera del territorio guerrillero en un momento de
lucha popular. Hay posibilidades de perfeccionar en
sumo todas estas cosas; lo repito una vez más, es
nuestra experiencia cubana la que habla por mí,
nuevas experiencias pueden hacer variar y mejorar
estos conceptos.
Damos un esquema, no una biblia.
3.
Papel de la mujer
El papel que puede desempeñar la mujer en todo el
desarrollo de un proceso revolucionario es de
extraordinaria importancia. Es bueno recalcarlo,
pues en todos nuestros países, de mentalidad
colonial, hay cierta subestimación hacia ella que
llega a convertirse en una verdadera discriminación
en su contra.
La mujer es capaz de realizar los trabajos más
difíciles, de combatir al lado de los hombres y no
crea, como se pretende, conflictos de tipo sexual en
la tropa.
En la rígida vida combatiente, la mujer es una
compañera que aporta las cualidades propias de su
sexo, pero puede trabajar lo mismo que el hombre.
Puede pelear; es más débil, pero no menos resistente
que éste. Puede realizar toda la clase de tareas de
combate que un hombre haga en un momento dado y ha
desempeñado, en algunos momentos de la lucha en
Cuba, un papel relevante.
Naturalmente, las mujeres combatientes son las menos.
En los momentos en que ya hay una consolidación del
frente interno y se busca eliminar lo más posible
los combatientes que no presenten las
características físicas indispensables, la mujer
puede ser dedicada a un considerable número de
ocupaciones específicas, de las cuales, una de las
más importantes, quizás la más importante, sea la
comunicación entre diversas fuerzas combatientes,
sobre todo las que están en territorio enemigo. El
acarreo de objetos, mensajes o dinero, de pequeño
tamaño y gran importancia, debe ser confiado a
mujeres en las cuales el ejército guerrillero tenga
una confianza absoluta, quienes pueden transportarlo
usando de mil artimañas y contando que, por más
brutal que sea la represión, por más exigentes que
sean en los registros, la mujer recibe un trato
menos duro que el hombre y puede llevar adelante su
mensaje o alguna otra cosa de carácter importante o
confidencial.
Como mensajero simple, ya sea oral o escrito,
siempre la mujer puede realizar su tarea con más
libertad que el hombre, al llamar menos la atención
o inspirar, al mismo tiempo, menos sentimiento de
peligro en el soldado enemigo; el que muchas veces
comete sus brutalidades acosado por el miedo a lo
desconocido que puede atacarle, pues tal es la forma
de actuar de la guerrilla.
Los contactos entre fuerzas separadas entre sí, los
mensajes al exterior de las líneas, aun al exterior
del país e incluso, objetos de algún tamaño, como
balas, son transportadas por las mujeres en fajas
especiales que llevan debajo de las faldas. Pero
también en esta época puede desempeñar sus tareas
habituales de la paz y es muy grato para el soldado
sometido a las durísimas condiciones de esta vida el
poder contar con una comida sazonada, con gusto a
algo (uno de los grandes suplicios de la guerra era
comer un mazacote pegajoso y frío, totalmente soso).
La cocinera puede mejorar mucho la alimentación y,
además de esto, es más fácil mantenerla en su tarea
doméstica, pues uno de los problemas que se
confrontan en las guerrillas es que todos los
trabajos de índole civil son despreciados por los
mismos que los hacen, y tratan siempre de abandonar
esas tareas e ingresar en las fuerzas activamente
combatientes.
Tarea de gran importancia de la mujer es el enseñar
las primeras letras e incluso la teoría
revolucionaria, a los campesinos de la zona,
esencialmente, pero también a los soldados
revolucionarios. La organización de escuelas, que es
parte de la organización civil, debe hacerse
contando fundamentalmente con mujeres que pueden
inculcar mayor entusiasmo a los niños y gozan de más
simpatías de la población escolar. Además, cuando ya
se hayan consolidado los frentes y exista una
retaguardia, las funciones de trabajadora social
corresponden también a la mujer, investigando todos
los males económicos y sociales de la zona con
vistas a modificarlos dentro de lo posible.
En la sanidad, la mujer presta un papel importante
como enfermera, incluso médico, con ternura
infinitamente superior a la del rudo compañero de
armas, ternura que tanto se aprecia en los momentos
en que el hombre está indefenso frente a sí mismo,
sin ninguna comodidad, quizá sufriendo dolores muy
fuertes y expuesto a los muchos peligros de toda
índole propios de este tipo de guerra.
Si ya se ha llegado a la época de la implantación de
pequeñas industrias guerrilleras, la mujer puede
prestar también aquí su concurso, sobre todo en la
confección de uniformes, empleo tradicional de las
mujeres en los países latinoamericanos. Con una
simple máquina de coser y algunos moldes pueden
hacerse maravillas. En todos los otros órdenes de la
organización civil, la mujer presta su concurso y
puede reemplazar perfectamente al hombre y lo debe
hacer hasta en el caso de que falten brazos para
portar armas, aunque esto es un accidente rarísimo
en la vida guerrillera.
Hay que dar siempre un adecuado adoctrinamiento a
las mujeres y los hombres para evitar toda clase de
desmanes que puedan ir minando la moral de la tropa,
pero debe permitirse, con el simple requisito de la
ley de la guerrilla, que las personas sin
compromisos, que se quieran mutuamente, contraigan
nupcias en la sierra y hagan vida marital.
4. Sanidad
Uno de los graves problemas que confronta el
guerrillero es su indefensión frente a todos los
accidentes de la vida que lleva y sobre todo frente
a las heridas y enfermedades, muy frecuentes en la
guerra de guerrillas. El médico cumple en la
guerrilla una función de extraordinaria importancia,
no sólo la estricta de salvar vidas, en que muchas
veces su intervención científica no cuenta, dados
los mínimos recursos de que está dotado, sino
también en la tarea de respaldar moralmente al
enfermo y de hacerle sentir que junto a él hay una
persona dedicada con todos los esfuerzos a aminorar
sus males y la seguridad de que esa persona va a
permanecer al lado del herido o enfermo hasta que se
cure o pase el peligro.
La organización de los hospitales depende mucho del
momento histórico de las guerrillas. Se pueden dar
tres tipos fundamentales de organizaciones
hospitalarias que corresponden a las formas de vida.
En este desarrollo histórico tenemos una primera
fase nómada. En ella el médico, si es que lo hay,
viaja constantemente con sus compañeros, es un
hombre más, tendrá muy probablemente que hacer todas
las otras funciones del guerrillero, incluso la de
pelear, y tendrá sobre sí la fatigosa y a veces
desesperante tarea de tratar casos en los cuales se
puede salvar una vida con un tratamiento adecuado y
no existen los medios para ello. Es la etapa en que
el médico tiene más influencia sobre la tropa, más
importancia en su moral. En este momento del
desarrollo de las guerrillas, el médico alcanza a
plenitud su característica de verdadero sacerdote
que parece llevar para los hombres, en su mochila
desprovista, el consuelo necesario. Es incalculable
lo que significa para el que está sufriendo, una
simple aspirina, dada por la mano amiga de quien
siente y hace suyos los sufrimientos. Por eso, el
médico de la primera época debe ser una persona
totalmente identificada con los ideales de la
revolución, pues su prédica prenderá en la tropa con
mucho más vigor que la dada por cualquier otro
miembro de ella.
En el curso de los acontecimientos normales de la
guerra de guerrillas, se pasa a otra etapa que
podríamos llamar «seminómada». En este momento hay
campamentos, frecuentados por lo menos, por la tropa
guerrillera; casas amigas de entera confianza donde
se pueden guardar objetos e incluso dejar heridos y
la tendencia cada vez más marcada de la tropa a
sedentarizarse. En este momento la tarea del médico
es menos fatigosa, puede tener un equipo quirúrgico
de extrema urgencia en su mochila y tener otro más
vasto, para operaciones más calmas, en alguna casa
amiga. Pueden dejarse los enfermos y heridos al
cuidado de los campesinos que, amorosamente,
prestarán su auxilio y contar con un mayor numero de
medicinas guardadas en lugares convenientes, las que
deben estar perfectamente catalogadas, o lo mejor
catalogadas posible, dentro de las circunstancias en
que se vive. En esta misma etapa seminómada, si
llega a haber lugares absolutamente inaccesibles se
pueden establecer hospitales o casas hospitales
donde vayan los heridos y enfermos a reponerse.
En la tercera etapa, cuando ya hay zonas
inconquistables para el enemigo, es cuando se
estructura de verdad una organización hospitalaria.
En su etapa más perfecta dentro de las posibilidades,
puede constar de tres centros de diferentes
categorías. Al nivel de la línea de combate debe
haber un médico, el combatiente, el más querido por
la tropa, el hombre de batalla, cuyos conocimientos
no tienen que ser demasiado profundos; y digo esto
porque la labor en aquellos momentos es más que todo
de alivio y de preparación del enfermo o herido y la
real tarea médica se hará en hospitales más
profundamente situados. No debe sacrificarse a un
cirujano de calidad en las líneas de fuego.
Cuando un hombre cae en la primera línea algunos
camilleros sanitarios, si es posible, dada la
organización de la guerrilla, lo llevarán al primer
puesto; si no fuera así, los compañeros mismos se
encargarán de este trabajo. El transporte de heridos
en las zonas escabrosas es uno de los
acontecimientos más delicados y uno de los percances
más infortunados por el que pueda pasar un soldado.
Quizá sea más duro el transporte de cualquier herido,
por los sufrimientos mismos del enfermo y para la
capacidad de sacrificio de la tropa, que el mismo
hecho de la herida, por grave que ella sea. El
transporte se puede hacer de muchas formas, de
acuerdo con las características del terreno, pero en
sitios escabrosos y arbolados, que son los ideales
para la lucha de guerrillas, hay que caminar de uno
en fondo; en esta forma, lo ideal es transportarlo
en una larga pértiga, usada como travesaño, colocado
el herido en una hamaca que cuelgue de ella.
Los hombres, turnándose, llevan el peso, uno
adelante y otro atrás, pero rápidamente deben dejar
el paso a dos compañeros más, pues los sufrimientos
en los hombros son muy grandes y poco a poco se va
desgastando el individuo, contando además con que
lleva un peso muy considerable y delicado.
Cuando el soldado herido pasa ese primer hospital,
va ya con la información de lo que se le ha hecho a
un segundo centro donde hay cirujanos y
especialistas, dentro de las posibilidades de la
tropa, en el cual se le hacen todas las operaciones
de mayor envergadura que se estime sean convenientes
para salvar la vida o asegurar el estado del
individuo. Este es el segundo escalón. Después, ya
en el plano de tercer escalón, se constituyen
hospitales con las mejores comodidades posibles para
investigar directamente en las zonas afectadas las
causas y los efectos del mal que pueda acosar a los
habitantes de la zona. Estos hospitales del tercer
grupo, ya correspondientes a una vida sedentaria, no
solamente son centros de restablecimiento y de
operaciones de no mucha urgencia, sino además
establecimientos en conexión con la población civil,
en la que ejercen su función orientadora los
higienistas. Deben fundarse también dispensarios que
permitan una adecuada vigilancia individual. Los
hospitales de este tercer grupo podrán tener, de
acuerdo con la capacidad de abastecimiento de la
organización civil, una serie de comodidades que
permitan incluso el diagnóstico por laboratorio y la
radiografía.
Otros individuos útiles son los ayudantes del médico;
éstos, en general, son jóvenes con alguna vocación y
algunos conocimientos, con bastante fortaleza física,
que no tienen armas, algunos porque su vocación es
esa y la mayoría de las veces porque no hay
suficiente número de ellas para todos los brazos que
quieran empuñarlas. Estos ayudantes serán los
encargados de llevar la mayoría de los medicamentos,
alguna camilla o hamaca, de ser posible, dependiendo
esto de las circunstancias; tendrán que atender a
los heridos en cualquier combate que se produzca.
Las medicinas necesarias deben obtenerse a través de
los contactos con organizaciones de sanidad que
estén en la retaguardia del enemigo, aun cuando en
algunos casos se pueden conseguir incluso de la
organización de la Cruz Roja Internacional, pero no
se debe contar con esta posibilidad, y menos en los
primeros momentos de la lucha. Hay que organizar un
aparato que permita traer rápidamente el medicamento
necesario en caso de peligro e ir abasteciendo a
todos los hospitales de lo necesario para su trabajo,
tanto militar como civil. Además, deben hacerse
contactos con médicos de las localidades cercanas,
capaces de intervenir algunos heridos que no estén
al alcance de la capacidad o de los medios con que
cuenta el de la guerrilla.
Los médicos necesarios para este tipo de guerra son
de varias características; el médico combatiente, el
compañero de sus hombres, es el tipo de primer
momento y sus funciones van finalizando a medida que
se va complejizando la acción de la guerrilla y se
van estructurando una serie de organismos anexos.
Los cirujanos generales, son la mejor adquisición
para un ejército de estas características. Si se
contara con un anestesista sería mejor, aun cuando
casi todas las operaciones sean realizadas más que
con anestesia gasificada con la base de «largactil»
y pentotal sódico, mucho más fáciles de administrar
y también de conseguir y conservar. Además de los
cirujanos generales, son muy útiles los ortopédicos,
pues hay cantidad de fracturas provocadas por
accidentes en la zona y, también, muy frecuentemente,
por balas en los miembros, que producen este tipo de
herida. El clínico cumple su función dentro de la
masa campesina, pues en general las enfermedades de
los ejércitos guerrilleros son de muy fácil
diagnóstico, al alcance de cualquiera, y lo más
difícil es la corrección de las mismas que se
producen por carencias nutricionales.
En una etapa mucho más avanzada puede incluso haber
laboratoristas, si hubiera buenos hospitales, para
hacer ya una tarea completa. Se deben hacer llamados
a todos los sectores profesionales cuyos servicios
se necesiten, y es muy fácil que respondan a este
llamado y vengan a prestar su concurso. Se necesitan
profesionales de todas clases, los cirujanos son muy
útiles y los dentistas también. Debe llamarse a los
dentistas explicando que se incorporen con aparatos
de campaña sencillos y un torno, también de campaña,
con el que pueden trabajar y hacer prácticamente
todos los arreglos necesarios.
5. Sabotaje
El sabotaje es una de las armas inapreciables de los
pueblos que luchan en forma guerrillera. Corresponde
su organización directamente a la parte civil o
clandestina, pues el sabotaje se deberá hacer
solamente fuera de los territorios dominados por el
ejército revolucionario, como es natural, pero esta
organización debe estar directamente comandada y
orientada por el estado mayor de las guerrillas que
será el encargado de establecer cuáles son las
industrias, comunicaciones u objetivos de cualquier
tipo que serán atacados con preferencia.
El sabotaje no tiene nada que ver con el terrorismo;
el terrorismo y el atentado personal son fases
absolutamente diferentes. Creemos sinceramente que
aquella es un arma negativa, que no produce en
manera alguna los efectos deseados, que pueden
volcar a un pueblo en contra de determinado
movimiento revolucionario y que trae una pérdida de
vidas entre sus actuantes muy superior a lo que
rinde de provecho. En cambio, el atentado personal
es lícito efectuarlo, aunque sólo en determinadas
circunstancias muy escogidas; debe realizarse en
casos en que se suprima mediante él una cabeza de la
opresión. Lo que no puede ni debe hacerse es emplear
el material humano, especializado, heroico, sufrido,
en eliminar un pequeño asesino cuya muerte puede
provocar la eliminación de todos los elementos
revolucionarios que se empleen y aún de más, en
represalia.
El sabotaje debe ser de dos tipos: un sabotaje en
escala nacional sobre determinados objetivos y un
sabotaje cercano a las líneas de combate. El
sabotaje de escala nacional debe estar
fundamentalmente destinado a destruir las
comunicaciones. Cada tipo de comunicación puede ser
destruido en una forma diferente; todas ellas son
vulnerables. Por ejemplo, los postes telegráficos y
telefónicos son fácilmente destruibles, aserrándolos
casi hasta el total de modo que de noche presenten
un aspecto inofensivo, y de pronto, con una patada
cae un poste que arrastra en su caída a todos los
que están débiles y se produce un apagón de
considerable magnitud.
También se puede atacar los puentes, dinamitándolos
y, si no hay dinamita, los de acero se tumban
perfectamente con soplete oxídrico. Un puente de
tipo colgante de acero, debe ser cortado en su viga
maestra y además en la viga superior que sostiene la
estructura. Una vez cortadas al soplete estas dos
vigas se irá hacia el otro extremo cortando también
las correspondientes a ese lado. En esta forma el
puente caerá completamente sobre un lado y se
retorcerá, destruyéndose. Es la forma más efectiva
para derribar un puente de hierro sin dinamita. Los
ferrocarriles deben ser destruidos también, las vías,
alcantarillas; a veces volados los trenes,
dependiendo siempre del poderío de la guerrilla.
Las industrias vitales de cada región, en momentos
definitivos, también serán destruidas, utilizando
para ello el equipo necesario. En estos casos hay
que tener una concepción global del problema y estar
bien conteste de que no se puede destruir una fuente
de trabajo si no es en un momento decisivo, pues lo
que trae como consecuencia es un desplazamiento
masivo de obreros y el hambre. Las industrias de los
personeros del régimen (tratando de convencer a los
obreros de la necesidad de hacerlo), deben ser
eliminadas, salvo que traiga consecuencias sociales
muy graves.
Insistimos en la tónica de los sabotajes sobre las
vías de comunicación. La gran arma del ejército
enemigo contra el rebelde, en las zonas menos
abruptas, es la comunicación rápida; tenemos
entonces que atacar constantemente esa arma
rompiendo puentes de ferrocarril, alcantarillados,
luz eléctrica, teléfonos, también acueductos, en
fin, todo lo que es necesario para una vida normal y
moderna.
En la cercanía de las líneas de combate, el sabotaje
debe ser cumplido también en la misma forma, pero
con mucha más audacia, con mucha más dedicación y
frecuencia. Para estos casos se cuenta con un
auxiliar inestimable como son las patrullas volantes
del ejército guerrillero que pueden bajar hasta
estas zonas y ayudar a los miembros de la
organización civil para realizar la tarea. También
el sabotaje debe ejercerse primordialmente sobre las
comunicaciones, pero con mucha mayor insistencia;
además, liquidar todas las fábricas, todos los
centros de producción capaces de dar al enemigo algo
necesario para mantener su ofensiva contra las
fuerzas populares.
Debe insistirse sobre la apropiación de mercancías,
cortar los abastecimientos lo más posible,
amedrentar, si es necesario, a los grandes
terratenientes que pretendan vender sus productos
agropecuarios, quemar los vehículos que transiten
por las carreteras y bloquearlas con ellos, y es
conveniente en cada acción de sabotaje, a más o
menos distancia, en determinadas encrucijadas, que
se trabe contacto frecuente con el ejército enemigo,
siempre siguiendo el sistema de pegar y huir. No es
necesario hacer una resistencia seria, simplemente
demostrarle al adversario que en el lugar donde se
produce un sabotaje hay fuerzas de la guerrilla,
dispuestas a combatir y obligarlo a llevar muchas
tropas, ir con cuidado o no ir.
Así poco a poco, se irán paralizando todas las
ciudades cercanas a las zonas de operaciones
guerrilleras.
6.
Industria de guerra
La industria de guerra, dentro del panorama del
ejército guerrillero, es ya el producto de una
evolución bastante larga y, además, indica que se
está en una situación geográfica benevolente para la
guerrilla. En el momento en que ya hay zonas
liberadas y se establecen cercos estrictos sobre
todos los abastecimientos por parte del enemigo, se
organizarán diferentes departamentos necesarios
-como ya lo hemos tratado-. En cuanto al industrial,
hay dos fundamentales; la zapatería y talabartería
es uno de ellos. No puede caminar una tropa sin
zapatos, en zonas boscosas, quebradas, con muchas
piedras, con espinas. Es muy difícil marchar en
estas condiciones y solamente los nativos de allí, y
no todos, podrán hacerlo. El resto debe estar
calzado. La industria se divide en dos partes, una
para poner medias suelas y clavetear los zapatos
averiados; el otro grupo se dedicará a la confección
de zapatos toscos; debe contar con todo un pequeño
aparato de zapatería, muy fácil de conseguir en esos
territorios por constituir una industria artesanal
practicada por mucha gente. Anexa a la zapatería
debe ir siempre una talabartería donde se haga toda
clase de implementos de uso común en la tropa como
cananas y mochilas, trabajos que pueden realizarse
en lona o cuero y que, si bien no son vitales,
contribuyen a la comodidad y dan una sensación de
autoabastecimiento, de autobienestar en la tropa.
Otra industria fundamental para las pequeñas
organizaciones internas de la guerrilla, es la
armería. Tiene también varias funciones; la de
reparación simple de piezas averiadas, de todos los
fusiles y otras armas que hay allí; la de
fabricación de algunos tipos de armas de combate que
la inventiva popular creará y la confección y manejo
de minas de variados mecanismos. Cuando las
condiciones son buenas conviene adjuntarle un equipo
encargado de la fabricación de pólvora. Si se puede
fabricar, además de los mecanismos percutores, el
explosivo dentro del territorio libre, puede
llegarse a brillantes realizaciones en este capítulo
que es muy importante, pues se paralizan
completamente las comunicaciones por carretera
mediante el empleo adecuado de las minas.
Hay otra serie de industrias que también tienen su
importancia. La herrería y hojalatería, por ejemplo.
En la herrería se hacen todos los trabajos para el
aperaje de los mulos; también se pueden hacer las
herraduras; y en la hojalatería los trabajos de
latón, de los cuales muy importantes son los platos
y sobre todo las cantimploras; anexo a esta
hojalatería puede estar un departamento de fundición.
Fundiendo los metales blandos, se puede hacer una
fábrica de granadas, que con algún dispositivo de
tipo especial vaya a contribuir de manera importante
al armamento de la tropa. Debe haber un equipo
técnico de reparaciones y de construcciones en
general que puedan hacer determinadas y variadas
funciones; lo que se llama en un cuartel «batería de
servicio» y que en este caso constituiría más o
menos una batería de este tipo, pero encargada de
atender sin vestigio de espíritu burocrático, todas
las necesidades.
De las comunicaciones debe haber también un
encargado. Este tendrá a su cargo no sólo las
comunicaciones de tipo propagandístico y relacionado
con el mundo exterior, como el radio, sino también
los teléfonos, caminos de todos tipos, contando con
la organización civil necesaria para cumplir con
efectividad su cometido. Recuérdese que estamos en
época de guerra, que podemos ser atacados por el
enemigo y que, a veces, muchas vidas dependen de una
comunicación a tiempo.
Para la satisfacción de la tropa es bueno tener
fábricas de tabacos o cigarros, comprando la hoja en
los lugares elegidos, llevándola hacia territorio
libre y haciendo allí el material para el consumo de
los soldados. Otra industria de mucha importancia es
el curtido. Todas estas son empresas sencillas que
se pueden realizar perfectamente dondequiera
adaptándose a la situación de la guerrilla. El
curtido requiere algunas pequeñas construcciones de
cemento y sobre todo, consume mucha sal, pero va a
dar una enorme ventaja a la industria del calzado,
al tener su materia prima allí. La sal debe hacerse
en el terreno mismo de la revolución, concentrándose
en grandes cantidades. Para hacerla es necesario
llegar a lugares de alta concentración salina y
evaporarla. El mar es la mejor fuente. Puede haber
otras, no es necesario purificarla de toda una serie
de sales adjuntas, simplemente se puede consumir en
esa forma aunque al principio tiene un sabor no muy
grato.
La carne debe conservarse en forma de tasajo,
bastante sencillo de hacer y que puede salvar muchas
vidas en una situación extrema para las tropas. Se
puede conservar en grandes toneles con sal durante
un tiempo bastante largo y se prepara cualesquiera
que sean las circunstancias externas.
7. La
propaganda
La difusión de la idea revolucionaria a través de
los vehículos necesarios para ella, debe hacerse con
la mayor profundidad posible. Esto lleva aparejado
todo un equipo y una organización que lo respalde.
Esta organización debe ser de dos tipos y
complementarse para cubrir todo el ámbito nacional;
desde fuera, es decir la organización civil nacional,
y desde dentro, es decir en el seno del ejército
guerrillero. Para coordinar estas dos propagandas,
cuya función está estrechamente unida, debe haber un
solo organismo director.
La propaganda de tipo nacional desde organizaciones
civiles fuera del territorio liberado, debe hacerse
con periódicos, boletines y proclamas. Los
periódicos más importantes se ocuparán de las cosas
generales del país e irán informando al público la
situación exacta de las fuerzas guerrilleras,
atendiendo siempre al principio fundamental de que
la verdad, a la larga, resulta beneficiosa para los
pueblos. Además de estas publicaciones de tipo
general, debe haber otras más especializadas para
diversos sectores de la población. La publicación
campesina debe traer a esta clase un mensaje de sus
compañeros de todas las zonas liberadas que ya han
sentido los efectos beneficiosos de la revolución y
difundir por ese medio las aspiraciones del
campesinado. Un periódico obrero de las mismas
características, con la sola diferencia que no
siempre habrá un mensaje de la parte combatiente de
la clase, pues es fácil que no existan
organizaciones obreras en el marco de una guerra de
guerrillas, en etapa que no sea de las postreras.
Deben explicarse las grandes consignas del
movimiento revolucionario, la consigna de la huelga
general en el momento oportuno, de la ayuda a las
fuerzas rebeldes, de la unidad, &c. Pueden
publicarse algunos otros periódicos, de acción por
ejemplo, explicando la tarea de los elementos de
toda la isla no combatientes en la guerrilla, que se
ocupan sin embargo de diversos actos de sabotaje, de
atentados, &c. Dentro de la organización puede haber
periódicos destinados a los soldados enemigos donde
se les explique una serie de hechos desconocidos por
ellos. Los boletines y proclamas de actualidad del
movimiento son muy útiles.
La propaganda más efectiva es la que se hará desde
dentro de la zona guerrillera. Se dará preferencia a
la difusión de las ideas para los naturales de la
zona, explicando teóricamente el hecho, para ellos
conocido, de la insurrección. En esta sección habrá
también periódicos campesinos, el órgano general de
todas las fuerzas guerrilleras y boletines y
proclamas, además del radio.
Por radio se explicarán todos los problemas, la
forma de defenderse de los ataques aéreos, por dónde
están las fuerzas enemigas, citando nombres
familiares. La propaganda de tipo nacional contará
con los periódicos del mismo tipo que los anteriores,
pero podrán narrarse una serie de hechos, de
batallas que interesan fundamentalmente al lector,
noticias mucho más frescas y más exactas que lo que
pueda hacerlo nadie. En la información internacional
se limitará exclusivamente o casi exclusivamente a
comentar hechos que se vinculen directamente con la
lucha de liberación.
La propaganda que será más efectiva, a pesar de todo,
la que se hará sentir más libremente en todo el
ámbito nacional y la que llegará a la razón y a los
sentimientos del pueblo, es la oral por radio. La
radio es un elemento de extraordinaria importancia.
En los momentos en que la fiebre bélica está más o
menos palpitante en cada uno de los miembros de una
región o de un país, la palabra inspiradora,
inflamada, aumenta esa misma fiebre y la impone en
cada uno de los futuros combatientes. Explica,
enseña, enardece, determina en amigos y enemigos sus
posiciones futuras. Sin embargo la radio debe
regirse por el principio fundamental de la
propaganda popular, que es la verdad; es preferible
decir la verdad, pequeña en cuanto a dimensiones
efectistas, que una gran mentira cargada de oropel.
En radio se deben dar, sobre todo, noticias vivas,
de combates, encuentros de todo tipo, asesinatos
cometidos por la represión y, además, orientaciones
doctrinales, enseñanzas prácticas a la población
civil, y de vez en cuando discursos de los jefes de
la revolución.
Consideramos útil que el periódico fundamental del
movimiento lleve un nombre que recuerde algo grande
y unificador, ya sea el de un héroe del país u otro
semejante y explicar siempre en artículos de fondo
hacia dónde va ese movimiento armado, ir formando
conciencia de los grandes problemas nacionales y
manteniendo, además, una serie de secciones de un
interés más vibrante para el lector.
8.
Información
«Conócete a ti mismo y a tu adversario y podrás
librar cien batallas sin un solo desastre.» Este
aforismo chino vale para la guerra de guerrillas
como salmo bíblico. No hay nada que ayude más a las
fuerzas combatientes que la correcta información.
Esta tendrá un aspecto espontáneo, dado por los
habitantes del lugar que irán a contar a su ejército
amigo, a sus aliados, lo que ocurre en tal o cual
lugar pero, además, debe estar perfectamente
estructurada. Así como vimos que debería haber
postas, correos, &c., dentro de las zonas
guerrilleras para los contactos necesarios y fuera
de la misma, para llevar mercancías, la información
deberá estar directamente y fundamentalmente en
contacto con los frentes enemigos; deben allí
infiltrarse los hombres y las mujeres, sobre todo
mujeres, estar en contacto permanente con los
soldados y paulatinamente ir averiguando lo
averiguable. Hay que establecer también el sistema
de coordinación, para que el cruce de las líneas
enemigas al campo guerrillero se realice sin
tropiezo.
Si se hace bien y con agentes capaces, se podrá
dormir más tranquilamente en el campamento
insurrecto.
Esta información abarcará como línea fundamental,
como ya dije, toda la primera línea de fuego o los
primeros campamentos enemigos que estén en contacto
con la tierra de nadie; pero, además, debe irse
progresando a medida que va progresando también la
guerrilla y aumentando su potencialidad para prever
movimientos de tropa más grandes, más profundos, que
puedan hacerse en la retaguardia enemiga. Todos los
habitantes son agentes de información de la
guerrilla, en los lugares donde ella domina o
incursiona, pero es bueno tener personas
especialmente destacadas para estos requisitos,
porque no se puede confiar en las palabras del
campesino; acostumbrado a exagerar y poco
acostumbrado al preciso lenguaje guerrero y, si se
logra ir modelando y organizando las formas
espontáneas de colaboración popular, se podrá hacer
del aparato de información, no sólo el auxiliar
importantísimo que es, sino también, un agente
contraofensivo, por medio, por ejemplo, de las «sembradoras
de miedo» que pueden ir con noticias desalentadoras
entre la soldadesca, fingiéndose afines a ellos pero
sembrando el miedo y la inestabilidad entre la tropa
enemiga. La movilidad, táctica primordial, se puede
desarrollar al máximo, conociendo exactamente los
lugares por donde la tropa enemiga va a atacar, es
muy fácil huirle o, a su vez, atacarla en los sitios
más inesperados.
9.
Entrenamiento y adoctrinamiento
El entrenamiento del soldado libertador, en lo
fundamental, es la propia vida de la guerrilla y no
puede existir un jefe que no haya aprendido en el
ejercicio diario de las armas su difícil oficio.
Podrá convivir con algunos compañeros que vayan
enseñándole algo del manejo de las armas, de las
nociones de orientación, de la forma de tratar a la
población civil, de pelear, &c., pero no se consume,
no se distrae el precioso tiempo de la guerrilla en
una enseñanza metodizada. Eso sólo ocurre cuando ya
hay un área grande liberada y se necesitan gran
cantidad de brazos que cumplan una función combativa.
Entonces se fundan las escuelas de reclutas.
Estas escuelas cumplen en ese momento una función
importantísima; van a dar el nuevo soldado, el que
viene ya sin pasar por ese gran tamiz que es para la
guerrilla las privaciones formidables de la vida
combatiente. Al primero, las privaciones soportadas
lo convierten en un verdadero elegido, después de
haber pasado por pruebas dificilísimas para llegar a
incorporarse al reino de un ejército mendigo que no
deja huellas de su paso por ningún lado. Deben
hacerse ejercicios físicos, fundamentalmente de dos
tipos: una gimnasia ágil con enseñanzas para la
guerra de tipo comando, agilidad en el ataque y en
la retirada, y marchas violentas, extenuantes, que
vayan endureciendo al recluta para esta existencia.
Realizar, sobre todo, vida al aire libre. Sufrir
todas las inclemencias del tiempo en un estrecho
contacto con la naturaleza, como se hace en
guerrilla.
La escuela de reclutas tiene que tener trabajadores
que atiendan su autoabastecimiento; para ello debe
haber establos, granjas, huertos, vaquería, todo lo
necesario para que no pese sobre el presupuesto
general del ejército guerrillero. Los alumnos podrán
ser rotativos en el trabajo de abastecimiento,
mandarse castigados los más malos o, simplemente de
voluntarios.
Eso depende ya e características propias de la zona
donde se vaya a realizar la escuela. Nosotros
creemos que un buen principio es el de poner allí a
voluntarios y cubrir las cuotas de trabajo necesario
con los que tengan peor conducta o menor disposición
para el aprendizaje de la guerra.
Debe tener la escuela su pequeña organización de
sanidad, con un médico o enfermero, de acuerdo con
las posibilidades, que brinde a los reclutas la
mejor atención posible.
El tiro es el aprendizaje fundamental. El
guerrillero debe ser un hombre de mucha preparación
en ese punto, tratando de gastar la menor cantidad
posible de parque. Empieza haciendo lo que se llama
tiro en seco. Consiste en un armatoste cualquiera de
palo, donde el rifle se asienta firmemente. Los
reclutas apuntan sin mover el fusil a un blanco
situado en una zona determinada que se va moviendo
de uno a otro lado sobre un fondo que permanece
firme. Si los tres tiros dan en un solo punto es
excelente. Cuando hay un poquito más de
posibilidades se pueden empezar las prácticas de
tiro con riflecitos calibre 22, de mucha utilidad en
estos casos. En circunstancias especiales, en que
sobre parque o haya mucha necesidad de preparar
algunos soldados, se les dará la oportunidad de
hacer disparos con balas.
Una de las materias más importantes de la escuela de
reclutas, que teníamos nosotros como básica, y que
puede darse o no en cualquier otro lugar del mundo,
son los ataques aéreos. Nuestra escuela había sido
perfectamente identificada desde el aire y
centralizaban sus ataques, una o dos veces diarias
sobre el campamento.
La forma en que el alumno resistía el embate de
estos continuos bombardeos sobre sus lugares de
instrucción habituales era algo que prácticamente
definía a estos muchachos sobre sus posibilidades
para ser un soldado útil durante la contienda.
La parte importante, la que nunca se debe descuidar
en la escuela de reclutas, es el adoctrinamiento,
importante porque los hombres llegan a ingresar sin
una concepción clara de por qué vienen, solamente
con conceptos totalmente difusos sobre la libertad,
la libertad de prensa, &c., sin fundamento lógico
alguno. Por ello el adoctrinamiento debe hacerse
durante el mayor tiempo posible y con la mayor
dedicación. Durante esos cursos se darán las
nociones elementales de la historia del país,
explicados con un sentido claro de los hechos
económicos, de los hechos que motivan cada uno de
los actos históricos; los héroes nacionales, su
forma de reaccionar frente a determinadas
injusticias y, después, un análisis de la situación
nacional o de la situación de la zona: una cartilla
escueta que sea bien estudiada por todos los
miembros del ejército rebelde, de modo que pueda
servir esto de esqueleto a lo que viene más tarde.
Además, debe existir una escuela de capacitación
para maestros donde precisamente se pongan de
acuerdo sobre los textos elegidos, sobre la
experiencia que pueda aportar uno en el aspecto
educacional.
Se debe impulsar en todo momento la lectura, también
tratando de elegir los libros para que no se pierda
el tiempo en cosas que no dejen absolutamente ningún
sedimento, ir dando la facilidad al recluta de que
entre en contacto con el mundo de las letras y con
los grandes problemas nacionales. Las lecturas
progresivas serán impulsadas por una vocación que
vaya surgiendo en él o por imposición de las
circunstancias actuantes a su alrededor que
despertará inquietudes nuevas en los soldados, y
esta situación se logrará con trabajo, poco a poco,
cuando las escuelas de reclutas vayan demostrando en
su tarea rutinaria las ventajas enormes de los
hombres que han pasado por ésta sobre el resto de la
tropa, su capacidad de análisis de los problemas, su
disciplina superior, que es otra de las cosas que
debe enseñarse fundamentalmente en la escuela de
reclutas.
Una disciplina que es interna, que debe estar
perfectamente justificada por razones, no mecánica,
y que da unos resultados formidables en momentos de
combate.
10. La organización estructural del ejército de un
movimiento revolucionario
Como ya hemos visto, un ejército revolucionario de
tipo guerrillero, cualquiera que sea la zona de
operaciones, debe contar además con una organización
no combatiente que le preste una serie de apoyos
importantísimos para su misión. Veremos entonces que
toda esta organización converge hacia el ejército
para prestarle su máxima ayuda pues, evidentemente,
será la lucha armada el factor esencial del triunfo.
La organización militar se hace sobre la base de un
jefe, en el caso de la experiencia cubana Comandante
en Jefe, que nombre a su vez los diferentes
comandantes de regiones o de zonas, con potestad
éstos para gobernar su territorio de acción, para
nombrar comandantes de columna, es decir jefes de
cada columna, y los demás grados inferiores.
Después de comandante en jefe estarían los jefes de
zona, es decir un comandante con varias columnas
donde haya otros comandantes subordinados a él cuyo
tamaño variará de acuerdo con las circunstancias.
Después, comandante de columna, capitán y, en
nuestra organización guerrillera, teniente que es el
último grado. Es decir, se asciende de soldado a
teniente.
No es un modelo, es la descripción de una realidad,
de cómo operó en un país y cómo con esa organización
se pudo llegar a obtener el triunfo sobre un
ejército bastante bien organizado y armado. No es de
ninguna manera, y en este caso menos que en otros,
una ejemplarización. Simplemente es mostrar cómo se
van sucediendo los hechos, cómo puede organizarse
una fuerza armada. No tienen importancia los grados,
en definitiva; lo que tiene importancia es que nunca
se dé un grado que no corresponda a la fuerza
efectiva de combate que haya, que no se dé un grado
que esté reñido con la moral y con la justicia, que
no haya sido pasado por el tamiz del sacrificio y de
la lucha.
Esta descripción que hemos dado anteriormente es de
un ejército importante, ya en vías de presentar un
combate serio, y no la primera imagen de la
guerrilla, donde el jefe puede llevar el grado que
guste, pero comanda sólo un pequeño grupo de hombres.
De todas las medidas de organización militar, una de
las más importantes es la corrección disciplinaria.
La disciplina debe ser (esto hay que recalcarlo una
y otra vez) una de las bases de acción de la fuerza
guerrillera, debe ser, también lo hemos dicho
anteriormente, una fuerza que nazca de una
convicción interna y esté perfectamente razonada; de
allí surge un individuo con disciplina interior.
Cuando esta disciplina se rompe hay que castigar
siempre al que lo hizo, cualquiera que sea su
jerarquía, castigarlo drásticamente y aplicar el
castigo donde duela.
Es importante esto, porque el dolor de un soldado
guerrillero no se manifiesta en la misma forma que
el dolor de un soldado de cuartel. El castigo de
dejar diez días en un calabozo a un soldado
constituye, en la guerrilla, un descanso formidable;
diez días donde hará lo único que no puede dejar de
hacer, que es comer, durante los cuales no caminará,
no trabajará, no hará las guardias acostumbradas y
podrá dormir todo lo que quiera, descansar, leer,
&c. De esto se deduce que la privación de la
libertad, como único castigo, en las situaciones de
la guerrilla, no es aconsejable.
Hay casos, cuando es muy alta la moral de combate
del individuo, cuando su amor propio es considerable,
en que la privación de su derecho a ir armado puede
provocar una reacción positiva y constituir un
verdadero castigo para el individuo. En estos casos,
conviene aplicarla.
Este penoso incidente lo demuestra: en el ataque a
una de las ciudades de Las Villas, en los días
postreros de la guerra, encontramos un individuo
dormido en un sillón, mientras atacaban unas
posiciones en medio del pueblo. El hombre respondió
al interrogatorio que estaba allí durmiendo porque
le habían quitado el arma, se le dijo entonces que
esa no era manera de reaccionar, que había sido
castigado por una imprudencia suya (se le había
escapado un tiro) y que esa arma la debía recuperar
pero no así sino en primera línea de combate.
Pasaron pocos días y en el asalto final a la ciudad
de Santa Clara, en las primeras arremetidas contra
la ciudad, cuando estábamos visitando el hospital de
sangre, un moribundo que allí estaba extendió su
mano recordando ese hecho que he narrado
anteriormente y afirmando que había sido capaz de
recobrar su arma y se había ganado el derecho a
portarla. Poco después moría.
Ese era el grado de moral revolucionaria que había
logrado nuestra tropa con el ejercicio continuo de
la lucha armada. No puede lograrse en los primeros
días, cuando todavía hay muchos miedos, muchas
corrientes subjetivas que van frenando la influencia
de la revolución, pero se logra al final con el
trabajo, el ejemplo continuo.
Pueden ser castigos también las guardias nocturnas
largas y las marchas forzadas, pero las marchas
tienen el grave defecto de que no son prácticas
porque no tienen otro fin que el de castigar y estar
consumiendo al individuo, llevando guardianes que
también se cansan, para que se realicen; y las
guardias tienen el inconveniente de que hay que
poner gente a vigilar los castigados, soldados de
muy escasa mentalidad revolucionaria.
En las fuerzas directamente a mi mando impuse el
castigo de arresto con privación de golosinas o
cigarros, en casos leves, y ayuno total, en casos
peores. El resultado era magnífico, aunque el
castigo sea terrible y sólo aconsejable en
circunstancias muy especiales.
La
guerra de guerrillas
Capítulo IV
1. Organización en la clandestinidad de la primera
guerrilla
Aunque la guerra de guerrillas cumple una serie de
leyes derivadas de las generales de la guerra y,
además, las propias de su tipo, es obvio que debe
iniciarse con una tarea conspirativa alejada de la
acción del pueblo y reducida a un pequeño núcleo de
iniciados, si realmente se pretende empezar esta
guerra desde algún otro país o desde regiones
distintas y lejanas dentro del mismo país. Si el
movimiento guerrillero nace por la acción espontánea
de un grupo de individuos que reaccionan contra un
método de coerción cualquiera, es posible que no se
necesite otra condición que la organización
posterior de ese núcleo guerrillero para impedir su
aniquilamiento, pero en general, una lucha de
guerrilla se inicia por una voluntad ya elaborada;
algún jefe de prestigio la levanta para la salvación
de su pueblo, y este hombre debe trabajar en
condiciones difíciles en algún otro país extranjero.
Casi todos los movimientos populares que se han
intentado en los últimos tiempos contra los
dictadores, han adolecido de la misma falla
fundamental de una inadecuada preparación; es que
las reglas conspirativas, que exigen un trabajo
sumamente secreto y delicado, no se cumplen por lo
general en estos casos que hemos citado; lo más
frecuente es que el poder gobernante en el país sepa
ya de las intenciones del grupo o grupos, por su
servicio secreto o por imprudencia manifiesta o en
otros casos, por manifestaciones directas como
ocurrió en el nuestro, en que la invasión estaba
anunciada y sintetizada en la frase: «en el año 56
seremos libres o seremos mártires», de Fidel Castro.
Esto indica que la primera base sobre la que debe
establecerse el movimiento, es sobre un secreto
absoluto, sobre la total ausencia de informaciones
para el enemigo y la segunda, también muy
importante, es la selección del material humano; a
veces esta selección se realiza fácilmente, otras es
extremadamente difícil hacerlo, puesto que hay que
contar con los elementos que haya a mano, exilados
por muchos años, o que se presentan al hacerse
llamamientos o simplemente porque entienden que es
su deber enrolarse en la lucha por liberar a su
patria, &c., y no hay las bases necesarias para
hacer una investigación completa sobre el individuo.
No obstante todo ello, aun cuando se introdujeran
elementos del régimen enemigo, es imperdonable que
puedan dar posteriormente sus informaciones, puesto
que en los momentos previos a la acción deben
concentrarse en lugares secretos conocidos por una o
dos personas solamente, todos los que van a
participar en la misma, estrechamente vigilados por
sus jefes y sin el más mínimo contacto con el mundo
circundante. Mientras se hacen los preparativos de
concentración para salir ya o porque hay que hacer
un entrenamiento previo o simplemente huir de la
policía, hay que mantener siempre a todos los
elementos nuevos y sobre los que no se tiene un
cabal conocimiento, alejados de los lugares claves.
Nadie, absolutamente nadie, debe saber, en
condiciones de clandestinidad, sino lo estrictamente
indispensable y nunca se debe hablar delante de
nadie. Cuando ya se hayan realizado ciertos tipos de
concentración, es imprescindible controlar hasta las
cartas que salen y llegan, de modo de tener un
conocimiento total de los contactos que el individuo
haga; no se debe permitir que nadie viva solo, ni
siquiera que salga solo, deben evitarse por todos
los medios los contactos personales, de cualquier
índole, del futuro miembro del Ejército Libertador.
Un factor sobre el que hay que poner énfasis, que
suele ser aquí tan negativo, como positivo su papel
en la lucha, es la mujer; se conoce la debilidad que
tienen los hombres jóvenes, alejados de sus medios
habituales de vida, en situaciones incluso psíquicas
especiales, por la mujer, y como los dictadores
conocen bien esta debilidad, a ese nivel tratan de
infiltrar sus espías. A veces son claros y casi
descarados los nexos de estas mujeres con sus
superiores, otros es sumamente difícil descubrir
siquiera el más mínimo contacto, por ello también es
necesario impedir las relaciones con mujeres.
El revolucionario que está en la situación
clandestina preparándose para una guerra, debe ser
un perfecto asceta y además sirve esto para probar
una de las cualidades que posteriormente será la
base de la autoridad, como es la disciplina. Si un
individuo reiteradamente burla las órdenes de sus
superiores y hace contactos con mujeres, contrae
amistades no permitidas, &c., debe separársele
inmediatamente, no ya contando los peligros
potenciales de contactos, sino simplemente por
violación de la disciplina revolucionaria.
No se debe pensar nunca en el auxilio incondicional
de un gobierno como base para operar en territorio
de ese gobierno, amigo o simplemente negligente;
constantemente hay que tratar la situación como si
se estuviera en un campo completamente enemigo,
salvo las naturales excepciones que puedan haber en
este campo pero, más que nada confirmatorias de la
regla general.
No se puede hablar aquí del número de la gente que
se va a preparar. Depende eso de tantas y tan
variadas condiciones que es prácticamente imposible
hacerlo; solamente se puede hablar del número mínimo
con que se puede iniciar una guerra de guerrillas.
En mi concepto, considerando las naturales
deserciones y flaquezas, a pesar del rigurosísimo
proceso de selección, debe contarse con una base de
30 a 50 hombres; esta cifra es suficiente para
iniciar una lucha armada en cualquier país del mundo
americano con las situaciones de buen territorio
para operar, hambre de tierra, ataques reiterados a
la justicia, &c.
Las armas, ya se ha dicho, deben ser del tipo que
usa el enemigo. Como medida aproximada, considerando
siempre en principio todo gobierno como hostil a una
acción guerrera emprendida desde su territorio, los
núcleos que se preparan no deben ser superiores a
los 50 ó 100 hombres por unidad; es decir, no hay
ninguna oposición a que sean 500 hombres que van a
iniciar una guerra, por ejemplo, pero no deben estar
los 500 concentrados. Primero porque son muchos y
llaman la atención y luego, porque en caso de
cualquier traición, de cualquier interferencia, de
cualquier confidencia, cae todo el grupo; en cambio,
es mucho más difícil ocupar simultáneamente varios
lugares.
La casa central de reunión puede ser más o menos
conocida y allí irán los exilados a dar reuniones de
todo tipo, pero, los jefes no deben presentarse sino
muy esporádicamente y no debe existir allí ningún
documento comprometedor; la mayor cantidad de casas
y lo más discretas posible deben tener los jefes.
Los depósitos de armas absolutamente secretos con el
conocimiento de sólo una o dos personas, y también
distribuidos en varias partes, si es posible.
El armamento siempre debe ser trasladado a las manos
de quienes lo van a usar en los minutos en que ya se
esté frente a la iniciación de la guerra, también
para evitar que cualquier acción punitiva contra los
que se están entrenando traiga aparejada no sólo la
prisión de éstos, sino la pérdida de todas las
armas, que son muy difíciles de conseguir y con un
gasto que no están en disponibilidad de hacer las
fuerzas populares.
Otro factor al que hay que dar la importancia que se
merece es la preparación de las fuerzas para la
lucha durísima que ha de seguir, fuerzas que deben
tener una disciplina estricta, una alta moral, y una
cabal comprensión de la tarea a realizar, sin
baladronadas, sin espejismos, sin falsas esperanzas
de triunfo fácil; la lucha será áspera y larga, se
sufrirán reveses, podrán estar al borde del
aniquilamiento y sólo su alta moral, su disciplina,
su fe final en el triunfo y las condiciones
excepcionales de un líder, podrán salvarlo. Esa es
nuestra experiencia cubana, donde, una vez, doce
hombres pudieron crear el núcleo del ejército que se
formó, porque se cumplían todas estas condiciones y
porque quien los dirigía se llamaba Fidel Castro.
Además de los preparativos ideológicos y morales, es
necesario un preparativo minucioso de tipo físico;
evidentemente, las guerrillas elegirán una zona
montañosa o muy agreste para operar; de todas
maneras, en cualquier situación que se encuentren,
la base del ejército guerrillero es la marcha y no
podrá haber lentos ni cansados; la preparación
eficiente se entiende pues, como marchas agotadoras
de día y de noche, uno y otro día, aumentándolas
paulatinamente y llevándolas siempre al borde de la
extenuación, creando también emulación para la
velocidad; velocidad y resistencia, serán las bases
del primer núcleo guerrillero; además se puede dar
una serie de conocimientos teóricos como orientación,
lecturas de mapas, formas de sabotajes y si es
posible, con fusil de guerra, muchos disparos, sobre
todo a blancos a distancia y mucha instrucción sobre
las formas de utilizar las balas.
El guerrillero debe ir teniendo por delante, como
premisa casi religiosa, el ahorro del parque, el
aprovechamiento hasta la última bala; si se cumplen
todas las advertencias dadas, es muy fácil que
lleguen estas fuerzas guerrilleras a su punto de
destino.
2.
Defensa del poder conquistado
Naturalmente, no hay victoria definitivamente
obtenida si no se procede a la ruptura sistemática y
total del ejército que sostenía al régimen antiguo.
Más aún, se debe ir a la ruptura sistemática de toda
la institucionalidad que amparaba al antiguo régimen,
sólo que esto es un manual de guerrillas y nos
concretaremos entonces a analizar la tarea de la
defensa nacional en caso de guerra, en caso de
agresión contra el nuevo poder.
El primer acontecimiento con que nos encontraremos
es que la opinión pública mundial, «la prensa seria»,
las «veraces» agencias de noticias de los Estados
Unidos y de otras patrias del monopolio, comenzarán
un ataque contra el país liberado, que será tan
agresivo y sistemático como agresivas y sistemáticas
sean sus leyes de reivindicación popular. Es por
esto que no puede existir ni siquiera el esquema del
antiguo ejército y tampoco los hombres que lo
integraban. El militarismo, la obediencia mecánica,
los conceptos del deber militar a la antigua, de la
disciplina y de la moral a la antigua, no pueden ser
desarraigados de golpe, menos aún, permanecer en
estado de convivencia los triunfadores, aguerridos,
nobles, bondadosos, pero casi siempre sin la mínima
cultura general y el derrotado, orgulloso de su
saber militar, especializado en alguna arma de
combate por ejemplo, o con conocimientos de
matemáticas, de fortificaciones, de logística, &c.,
odiando con todas sus fuerzas al guerrillero inculto.
Naturalmente, se dan los casos individuales de los
militares que rompen con todo ese pasado y entran en
la nueva organización con un espíritu de absoluta
cooperación. Cuando esto sucede, doblemente útiles
son los mismos, por el hecho de que aúnan a su amor
por la causa del pueblo los conocimientos necesarios
para llevar adelante la estructuración del nuevo
ejército popular. Y una cosa debe ser consecuencia
de la otra, es decir, a la ruptura del ejército
antiguo, a su desmembramiento como institución,
conseguida por la toma de todas las posiciones por
el nuevo ejército, debe suceder inmediatamente una
organización del nuevo. Vale decir, su vieja
constitución de guerrilla, individualizada,
caudillista en cierto sentido, sin ninguna
planificación, podrá ser cambiada pero, y eso es muy
importante recalcarlo, debe estructurarse a partir
de los conceptos operacionales de la guerrilla,
dándole al ejército popular su formación orgánica,
es decir, haciéndole a la medida del ejército
guerrillero la ropa que necesita para estar cómodo.
No se debe cometer el error en que caímos nosotros
en los primeros meses, de pretender meter en los
viejos ropajes de la disciplina militar y de la
organización antigua al nuevo ejército popular. Esto
puede llevar a desajustes muy grandes que conducen a
una falta total de organización.
Ya en estos momentos debe iniciarse la preparación
para la nueva guerra defensiva que tuviera que
desarrollar el ejército del pueblo, acostumbrado a
la independencia de mando dentro de un criterio
único, con mucha dinámica en el manejo de cada grupo
armado. Dos problemas inmediatos tendrá este
ejército: uno de ellos será que, en la oleada de la
victoria, se incorporarán, muy probablemente, miles
de revolucionarios de última hora, buenos o malos, a
los cuales hay que hacer pasar por los rigores de la
vida guerrillera y por cursos acelerados e
intensivos de adoctrinamiento revolucionario. El
adoctrinamiento revolucionario que dé la necesaria
unidad ideológica al ejército del pueblo, es la base
de la seguridad nacional a largo, y aun a corto
plazo. El otro problema es la dificultad para
adaptarse a las nuevas modalidades organizativas.
Debe estructurarse inmediatamente un cuerpo que se
encargue de sembrar entre todas las unidades del
ejército las nuevas verdades de la revolución. Ir
explicando a los soldados, campesinos u obreros
salidos de las entrañas del pueblo, la justicia y la
verdad de cada hecho revolucionario, cuáles son las
aspiraciones de la revolución, por qué se lucha, por
qué han muerto todos los compañeros que no
alcanzaron a ver la victoria. Y, unido a este
adoctrinamiento intensivo, deben darse también
acelerados cursos de enseñanza primaria que permitan,
al principio, superar el analfabetismo, para ir
gradualmente superando al Ejército Revolucionario
hasta convertirlo en un instrumento de alta base
técnica, sólida estructura ideológica y magnífico
poder combatiente.
El tiempo irá dando estas tres cualidades. Podrá
después ir perfeccionándose el aparato militar para
que los antiguos combatientes, pasando por cursos
especiales, se dediquen a ser militares
profesionales y se vayan dando cursos anuales de
enseñanza al pueblo, en forma de conscripción
obligatoria o voluntaria. Esto depende ya de
características nacionales y no se puede sentar
pautas.
En este punto, y de aquí hacía adelante, todo lo que
se diga es la opinión de la dirección del Ejército
Rebelde con respecto a la política a seguir en el
caso cubano, para el hecho concreto de una amenaza
de invasión extranjera, colocados en el mundo actual,
fines del cincuenta y nueve o principios del sesenta,
y con el enemigo a la vista, analizado, avaluado y
esperado sin temores, es decir, no teorizamos sobre
lo ya hecho para conocimiento de todos, sino que
teorizamos sobre lo hecho por otros para aplicarlo
nosotros mismos a nuestra defensa nacional.
Como se trata de teorizar sobre el caso cubano,
colocar nuestra hipótesis sobre el mapa de las
realidades americanas y echarlos a andar,
presentamos como epílogo, este Análisis de la
situación cubana, su presente y su futuro.
Análisis de la situación cubana, su presente y su
futuro
Ya ha pasado más de un año desde la fuga del
dictador, corolario de una larga lucha cívica y
armada del pueblo cubano. Las realizaciones del
Gobierno en el campo social, económico y político
son enormes, sin embargo, es preciso realizar un
análisis, colocar cada término en su justo valor y
mostrar al pueblo la exacta dimensión de nuestra
Revolución cubana. Es que esta revolución nacional,
agraria fundamentalmente, pero con la participación
entusiasta de obreros, de gente de la clase media y,
aún hoy con el apoyo de industriales, ha adquirido
trascendencia continental y hasta mundial, amparada
en la inquebrantable decisión de su pueblo y las
peculiares características que la animan.
No se trata de hacer una síntesis, por más apretada
que sea, del cúmulo de leyes aprobadas, todas ellas
de indudable beneficio popular. Bastaría colocar
sobre algunas el énfasis necesario mostrando al
mismo tiempo el encadenamiento lógico que nos lleva,
desde la primera hasta la última, en una escala
progresiva y necesaria de atención estatal a las
necesidades del pueblo cubano.
Se da el primer toque de atención contra las
esperanzas de las clases parasitarias del país,
cuando son decretadas, en rápida sucesión, la ley de
alquileres, la rebaja del fluido eléctrico y la
intervención de la compañía telefónica con la
subsiguiente rebaja de tarifas. Empezaron a
sospechar, quienes pretendían ver en Fidel Castro y
en los hombres que hicieron esta Revolución unos
politiqueros a la vieja usanza, o unos tontos
manejables, con barbas como único distintivo, que
había algo más hondo emergiendo del seno del pueblo
cubano y que sus prerrogativas estaban en peligroso
trance de desaparecer. La palabra comunismo empezó a
rondar alrededor de las figuras de sus dirigentes,
de los guerrilleros triunfadores y, consecuentemente,
la palabra anticomunismo, como posición dialéctica
contraria, empezaba a nuclear a todos los resentidos
o los desposeídos de sus injustas prebendas.
La ley de solares yermos o la de la venta a plazos
fueron creando también esta sensación de malestar
entre los capitales usurarios. Pero estas eran
pequeñas escaramuzas con la reacción, todo era bueno
y posible, «ese muchacho loco» de Fidel Castro podía
ser aconsejado y llevado a los buenos senderos «democráticos»
por un Dubois o un Porter. Había que tener
esperanzas en el futuro.
La ley de Reforma Agraria fue una tremenda sacudida;
la mayoría de los afectados vio claro ya. Antes que
ellos, el vocero de la reacción, Gastón Baquero,
había apuntado con línea certera lo que pasaría y se
había retirado a las más tranquilas aguas de la
dictadura española. Todavía algunos pensaron que «la
ley es la ley», que ya otros gobiernos habían
promulgado algunas teóricamente buenas para el
pueblo; el cumplimiento de las leyes era otra cosa.
Y ese niño travieso y complicado que tenía por
nombre familiar el de su sigla, INRA, fue mirado al
inicio con displicente y enternecedor paternalismo
desde los altos muros de la ciencia infusa de las
doctrinas sociales y de las respetables teorías de
las finanzas públicas, a donde no llegaban las
mentalidades incultas y absurdas de los guerrilleros.
Pero el INRA avanzó como un tractor o un tanque de
guerra, que a la vez tractor y tanque es, rompiendo
a su paso las cercas del latifundio y creando las
nuevas relaciones sociales de tenencia de la tierra.
Esta Reforma Agraria cubana asomaba con varias
características importantes en América. Era, sí,
antifeudal en cuanto además de eliminar el
latifundio -en las condiciones cubanas- suprimía
todos los contratos que supusieran pagar en especie
la renta de la tierra y liquidaba las relaciones de
servidumbre que se mantenían fundamentalmente en el
café y el tabaco, entre nuestros grandes productos
agrícolas. Pero también era una reforma agraria que
se hacía en un medio capitalista para destruir la
presión del monopolio contra las posibilidades de
los seres humanos, aislados o reunidos en
colectividad, de trabajar su tierra honradamente y
producir sin miedo al acreedor o al amo. Tenía la
característica que desde el primer momento iba a
asegurar a los campesinos y trabajadores agrícolas,
a los que se les daba la tierra, el apoyo técnico
necesario por medio de su personal idóneo y también
de su maquinaria y el apoyo financiero por medio de
los créditos que otorgaba el INRA o los bancos
paraestatales y el gran apoyo de la «Asociación de
Tiendas del Pueblo», que se ha desarrollado
grandemente en Oriente y está en proceso de
desarrollo en otras provincias, donde los almacenes
estatales desplazan al antiguo «garrotero» pagando
un precio justo por las cosechas y dando también una
refacción justa.
De todas las características diferenciales con las
otras tres grandes reformas agrarias de América
(México, Guatemala y Bolivia), la que parecía más
importante es la decisión de llevarla hasta el
final, sin contemplaciones ni concesiones de ninguna
clase. Esta Reforma Agraria integral no respeta
derecho alguno que no sea el derecho del pueblo ni
se ensaña contra ninguna clase o nacionalidad; igual
cae el peso de la ley sobre la United Fruit Company
o el King Ranch, como sobre los latifundistas
criollos.
Bajo estas condiciones, la producción de materias
importantísimas para el país como el arroz, granos
oleaginosos o algodón, se desarrolla intensamente y
se hace centro del proceso de planeación; pero la
Nación no está satisfecha y va a rescatar todas sus
riquezas conculcadas. Su rico subsuelo, escena de
las luchas monopolistas y campo de su voracidad, es
prácticamente rescatado por la ley de petróleo. Esta,
como la Reforma Agraria y todas las demás dictadas
por la Revolución, responde a necesidades
insoslayables de Cuba, a urgencias inaplazables de
un pueblo que quiere ser libre, que quiere ser dueño
de su economía, que quiere prosperar y alcanzar
metas cada vez más altas del desarrollo social.
Pero, por eso mismo, es un ejemplo continental que
los monopolios petroleros temen. No es que Cuba dañe
sustancial y directamente al monopolio petrolero,
pues no hay razón ninguna para considerar al país
como un emporio del preciado combustible, aunque
haya razonables esperanzas de obtener un
abastecimiento que satisfaga las necesidades
internas. En cambio, muestra el ejemplo palpitante
de su ley a los pueblos hermanos de América, muchos
de ellos pasto de esos monopolios e impulsados otros
a guerras intestinas para satisfacer necesidades o
apetencias de trusts adversarios y muestras, a la
vez, la posibilidad de hacerlo en América, señalando
al mismo tiempo la hora exacta en que se debe pensar
en efectuarlo. Los grandes monopolios vuelven
también su mirada inquieta a Cuba; no solamente se
ha osado liquidar en la pequeña Isla del Caribe el
omnipotente legado de Mr Foster Dulles a sus
herederos, la Unidad Fruit Co., sino que además se
ha golpeado al imperio del señor Rockefeller, y el
grupo de la Deutch también sufre el ramalazo de la
intervención de la Revolución popular cubana.
Esta ley, como la de minas; son las respuestas del
pueblo a quienes pretenden doblegarlo con amagos de
fuerza, con incursiones aéreas, con castigos de
cualquier tipo. Algunos afirman que la ley de minas
es tan importante como la de Reforma Agraria. En
general, para la economía del país, consideramos que
no llega a esa importancia, pero sucede ahora otro
fenómeno nuevo: el veinticinco por ciento de
impuesto sobre el total del producto exportado, que
deben pagar las compañías que venden nuestro mineral
al extranjero (dejando ahora algo más que un hueco
en nuestro territorio) no sólo contribuye al
bienestar cubano, sino que aumenta la potencia
relativa de los monopolios canadienses en su lucha
con los actuales explotadores de nuestro níquel.
He aquí que la Revolución cubana, que liquida el
latifundio, limita las ganancias de los monopolios
extranjeros, las de los intermediarios extranjeros
con capitales parásitos que se dedican al comercio
de importancia y lanza al mundo una política nueva
en América, osa también romper el status monopolista
de los gigantes de la minería y deja a uno de ellos
en dificultades, por lo menos. Ya esto significa un
nuevo poderoso llamado de atención hacia los vecinos
de una de las más grandes patrias del monopolio,
pero, también tiene su repercusión en América entera.
La Revolución cubana rompe todas las barreras de las
empresas de noticias y difunde su verdad como un
reguero de pólvora entre las masas americanas
ansiosas de una vida mejor. Cuba es el símbolo de la
nueva nacionalidad y Fidel Castro el símbolo de la
liberación.
Por una simple ley de gravitación, la pequeña Isla
de los ciento catorce mil kilómetros cuadrados y
seis millones y medio de habitantes, asume la
dirección de la lucha anticolonial en América en la
que hay claudicaciones serias que le permiten tomar
el heroico, glorioso y peligroso puesto de avanzada.
Las naciones menos débiles económicamente de la
América colonial, las que desarrollan a tropezones
su capitalismo nacional en lucha continua, a veces
violenta y sin cuartel, contra los monopolios
extranjeros van cediendo su sitio gradualmente a
esta pequeña nueva potencia de la libertad, pues sus
gobiernos no se encuentran con las fuerzas
suficientes para llevar a cabo la lucha. Es que ésta
no es sencilla, ni está libre de peligros ni exenta
de dificultades y es preciso tener un pueblo entero
detrás y una carga enorme de idealismo y de espíritu
de sacrificio para llevarla a cabo en las
condiciones casi solitarias en que nosotros lo
estamos haciendo en América. Pequeños países
intentaron antes mantener este puesto; Guatemala, la
Guatemala del quetzal, que muere cuando se le
aprisiona en la jaula, la Guatemala del indio Tecum
Uman, cayó ante la agresión directa de los
colonialistas; y Bolivia, la de Morillo, el
protomártir de la independencia americana, cedió
ante las dificultades terribles de la lucha, a pesar
de haberse iniciado dando tres de los ejemplos que
sirvieron fundamentalmente a la Revolución cubana:
la supresión del ejército, la Reforma Agraria y la
nacionalización de sus minas -a la vez, fuente
máxima de riquezas y máxima fuente de tragedia.
Cuba conoce los ejemplos anteriores, conoce las
caídas y las dificultades, pero conoce también que
está en el amanecer de una nueva era del mundo; los
pilares coloniales han sido barridos ante el impulso
de la lucha nacional y popular tanto en Asia como en
Africa. Ya las tendencias a la unificación de los
pueblos no están dadas por sus religiones, por sus
costumbres, por sus apetencias, afinidades o falta
de afinidad racial; está dada por la similitud
económica de sus condiciones sociales y por la
similitud de su afán de progreso y de recuperación.
Asia y Africa se dieron la mano en Bandung, Asia y
Africa vienen a darse la mano con la América
colonial e indígena, a través de Cuba, aquí en La
Habana.
Por otro lado, las grandes potencias colonialistas
han cedido terreno ante la lucha de los pueblos.
Bélgica y Holanda, son dos caricaturas de imperio;
Alemania e Italia perdieron sus colonias. Francia se
debate en la amargura de una guerra que tiene
pérdida, e Inglaterra, diplomática y hábil, liquida
el poder político manteniendo las conexiones
económicas.
El capitalismo norteamericano reemplazó algunos de
los viejos capitalismos coloniales en los países que
iniciaron su vida independiente, pero sabe que esto
es transitorio y que no hay un afincamiento real en
el nuevo territorio de sus especulaciones
financieras: podrán absorber como el pulpo, pero no
aplicar las ventosas firmemente como él. La garra
del águila imperial está limada. El colonialismo ha
muerto en todos estos lugares del mundo o está en
proceso de muerte natural.
América es otra cosa. Hace tiempo que el león inglés
quitó sus fauces golosas de nuestra América y los
jóvenes y simpáticos capitalistas yanquis instalaron
la versión «democrática» de los clubes ingleses e
impusieron su dominación soberana en cada una de las
veinte repúblicas.
Esto es el feudo colonial del monopolio
norteamericano, el «traspatio de su propia casa», su
razón de vivir en este momento y su única
posibilidad de hacerlo; si todos los pueblos
latinoamericanos levantaran la bandera de la
dignidad, como Cuba, el monopolio temblaría, tendría
que acomodarse a una nueva situación
político-económica y a podas sustanciales de sus
ganancias. Al monopolio no le gusta podar sus
ganancias y el ejemplo cubano -este «mal ejemplo» de
dignidad nacional e internacional- está cundiendo
entre los países de América. Cada vez que un pueblo
desgarrado lanza su grito de liberación, se acusa a
Cuba; y es que en alguna forma Cuba es culpable, es
culpable porque ha mostrado un camino, el camino de
la lucha armada popular contra los ejércitos
supuestamente invencibles, el camino de la lucha en
los lugares agrestes para desgastar y destruir al
enemigo fuera de sus bases; el camino de la dignidad
en una palabra.
Mal ejemplo el cubano, muy mal ejemplo. No puede
dormir tranquilo el monopolio mientras este mal
ejemplo permanezca de pie, de frente a los peligros,
avanzando hacía el futuro. Hay que destruirlo,
gritan sus voceros. Hay que intervenir en ese
bastión «comunista», gritan los sirvientes del
monopolio disfrazado de representantes a la Cámara.
«Nos provoca mucha inquietud la situación cubana»,
dicen los más ladinos defensores del trust, pero
todos sabemos que quieren decir: «Hay que destruirla.»
Bien, ¿cuáles son estas posibilidades de agresión
tendientes a destruir el mal ejemplo? Hay una que
podríamos llamar económica pura. Se inicia esta
posibilidad restringiendo los créditos de bancos y
proveedores norteamericanos para todos los
comerciantes, los bancos nacionales y el mismo Banco
Nacional de Cuba; se restringen en Norteamérica y se
trabaja por medio de sus asociados para hacerlo en
todos los países de Europa occidental, pero esto
solo no es suficiente.
La negativa a conceder créditos provoca un primer
impacto fuerte sobre la economía, pero
inmediatamente ésta se rehace y la balanza comercial
se nivela, acostumbrándose el país víctima a vivir
al día. Hay que seguir presionando. La cuota
azucarera empieza a entrar en la danza; que sí, que
no, que no, que sí. Apresuradamente, las máquinas de
calcular de las agencias del monopolio sacan toda
clase de cuentas y se llega a la conclusión final:
muy peligroso disminuir la cuota cubana, imposible
anularla. ¿Por qué muy peligroso? Porque además de
lo impolítico que puede ser, sencillamente esto
despierta las apetencias de diez o quince países
proveedores y creará un tremendo malestar entre
todos ellos, que siempre se considerarán con derecho
a algo más. Imposible quitarla, porque Cuba es el
mayor, más eficaz y más barato proveedor de azúcar a
los Estados Unidos y porque el sesenta por ciento de
los intereses que están en contacto directo con la
producción o comercialización del azúcar, pertenecen
a ese país. Además, la balanza comercial es
favorable a los Estados Unidos; quien no vende no
puede comprar, y habría que dar el mal ejemplo de la
ruptura de un trabajo. Pero no para allí la cosa: el
pretendido regalo norteamericano de pagar cerca de
tres centavos por encima del mercado, es solamente
el resultado de su incapacidad para producir azúcar
barata. Los altos niveles de salarios y la baja
productividad del suelo, impiden a la gran potencia
producir el azúcar a los precios cubanos y,
amparados en este precio mayor que pagan por un
producto, imponen tratados onerosos a todos los
beneficiarios, no solamente a Cuba. Imposible
liquidar la cuota cubana.
No consideramos seriamente la posibilidad de que el
monopolio haya pretendido hacer de los bombardeos y
los incendios de cañaverales una variante económica
al provocar la consiguiente escasez del producto.
Más bien parece una medida tendiente a sembrar la
desconfianza en el poderío del Gobierno
Revolucionario (el cadáver destrozado del mercenario
norteamericano, mancha de sangre algo más que una
casa cubana, también una política, y, ¿qué decir de
la gigantesca explosión de las armas destinadas al
Ejército Rebelde?).
Hay otros lugares vulnerables donde la economía
cubana se puede presionar; los abastecimientos de
materias primas, el algodón, por ejemplo. Sin
embargo, se sabe bien que de algodón hay
superproducción en el mundo y que sería transitoria
cualquier dificultad de ese tipo. ¿Combustible?, es
una llamada de atención; puede paralizarse un país
sin combustible y Cuba produce muy poco petróleo,
tiene algunos alquitranes que pueden operar sus
máquinas de caldera y algún alcohol con el que en
definitiva podrá hacer andar sus vehículos, además,
también hay mucho petróleo en el mundo. El Egipto
puede vender, la Unión Soviética puede vender,
quizás el Irak pueda vender en poco tiempo. No se
puede desarrollar una estrategia económica pura.
Dentro de las posibilidades de agresión, si a esta
variante económica se le agregan algunas
interferencias de alguna «potencia» de bolsillo,
Santo Domingo por ejemplo, se molestaría algo más,
pero en definitiva deberían intervenir las Naciones
Unidas y no se llegaría a nada concreto.
Incidentalmente, los nuevos caminos seguidos por la
OEA crean un peligroso precedente de intervención.
Escudándose en el manido pretexto trujillista, el
monopolio se solaza construyendo su viaducto de
agresión. Triste es que la democracia venezolana nos
haya puesto en el brete de tener que negar una
intervención contra Trujillo. Qué buen servicio se
ha hecho a los piratas del Continente.
Dentro de las nuevas posibilidades de agresión está
la eliminación física por medio del atentado al
antiguo «muchacho loco», Fidel Castro, que se ha
convertido ya en el centro de las iras de los
monopolios. Naturalmente, habría que tomar medidas
para que los otros dos peligrosos «agentes
internacionales», Raúl Castro y el que esto escribe,
fueran eliminados también. Es una solución
apetecible y si diera resultado satisfactorio en un
triple acto simultáneo o al menos en la cabeza
dirigente, sería beneficioso para la reacción (pero
no se olviden del pueblo, señores monopolistas y
sirvientes de adentro, del pueblo omnipotente que
ante un crimen semejante arrasaría y aplastaría con
su furia a todos aquellos que tuvieran algo que ver
directa o indirectamente con el atentado en
cualquier grado a los jefes de la Revolución, sin
que nada ni nadie pueda detenerlo).
Otro aspecto de la variante Guatemala es presionar
sobre los abastecimientos de armas cubanas hasta
obligarla a comprar en países comunistas para
desatar entonces más rígidamente su lluvia de
improperios. Puede dar resultado: «puede ser que nos
ataquen por 'comunistas', pero no nos van a eliminar
por imbéciles», dijo alguien en nuestro Gobierno.
Se va perfilando entonces la necesidad de una
agresión directa por parte de los monopolios y hay
muchas posibilidades que estarán barajadas y
estudiadas en las máquinas IBM con todos sus
procesos calculados. Se nos ocurre en este momento
que puede existir la variante española, por ejemplo.
La variante española sería aquella en que se tomara
un pretexto inicial: exiliados, con la ayuda de
voluntarios, voluntarios que por supuesto serían
mercenarios o simplemente soldados de una potencia
extranjera, bien apoyados por marina y aviación, muy
bien apoyados para tener éxito, diríamos. Puede ser
también la agresión directa de un Estado, como Santo
Domingo, que mandara algunos de sus hombres,
hermanos nuestros, y muchos mercenarios a morir a
estas playas para provocar el hecho de la guerra, el
hecho de que obligara a las candorosas patrias del
monopolio, a decir que no quieren intervenir en esta
lucha «desastrosa» entre hermanos, que se
concretarán a congelarla y limitarla a los planos
actuales, que vigilarán sus acorazados, cruceros,
destructores, portaaviones, submarinos, barreminas,
torpederos, además de aviones, los cielos y mares de
esta parte de América. Y pudiera suceder que,
mientras a los celosos guardianes de la paz
continental no se les pasara un solo barco que
trajera nada para Cuba, lograrán «eludir» la «férrea»
vigilancia algunos, muchos o todos los barcos que
fueran a la desgraciada patria de Trujillo. También
podrían intervenir a través de algún «prestigioso»
organismo interamericano, para poner fin a la «loca
guerra» que el «comunismo» desatara en nuestra Isla,
o si ese mecanismo de ese «prestigioso» organismo
americano no sirviera, podrían intervenir
directamente en su nombre para llevar la paz y
proteger los intereses de connacionales, creando la
variante de Corea.
Quizás el primer paso de la agresión no sea contra
nosotros sino contra el Gobierno Constitucional de
Venezuela para liquidar el último punto de apoyo en
el Continente. Si esto sucede, es posible que el
centro de la lucha contra el colonialismo abandone a
Cuba y se sitúe en la gran patria de Bolívar. El
pueblo de Venezuela saldrá a defender sus libertades
con todo el entusiasmo de quien sabe que está dando
la batalla definitiva, que tras la derrota está la
más lóbrega tiranía y tras la victoria el definitivo
porvenir de América y un reguero de luchas populares
pueden asaltar la paz de los cementerios
monopolistas en que se han convertido nuestras
hermanas subyugadas.
Podrían alegarse muchas cosas contra la factibilidad
de la victoria enemiga, pero hay dos fundamentales:
una externa, que es el año 1960, el año de los
pueblos subdesarrollados, el año de los pueblos
libres, el año en que por fin se harán respetar y
para siempre las voces de los millones de seres que
no tienen la suerte de ser gobernados por los
poseedores de los medios de muerte y pago, pero
además, y razón más poderosa aún, que un ejército de
seis millones de cubanos empuñarán las armas como un
solo individuo para defender su territorio y su
Revolución, que esto será un campo de batalla donde
el ejército no ha de ser nada más que una parte del
pueblo en armas, que después de destruido en una
lucha frontal, cientos de guerrillas con mando
dinámico, con una sola orientación central, darán la
batalla en cada lugar del país, que en las ciudades
los obreros se harán matar al pie de sus fábricas o
centros de trabajo y en los campos, los campesinos
darán muerte al invasor detrás de cada palma o de
cada surco de los nuevos arados mecánicos que la
Revolución les diera.
Y por los caminos del mundo, la solidaridad
internacional, creará una barrera de cientos de
millones de pechos protestando contra la agresión.
Verá el monopolio cómo se sacuden sus pilares
carcomidos y cómo es barrida de un soplo la tela de
araña de su cortina de mentiras elaboradas por las
«P». Pero, supongamos que se atrevan contra la
indignación popular del mundo: ¿qué pasará aquí
adentro?
Lo primero que salta a la vista, dada nuestra
posición de Isla fácilmente vulnerable, sin armas
pesadas, con una aviación y una marina muy débiles,
es la aplicación esencial del concepto guerrillero a
la lucha de defensa nacional.
Nuestras unidades de tierra lucharán con el fervor,
la decisión, el entusiasmo de que son capaces los
hijos de la Revolución cubana en estos años
gloriosos de su Historia; pero en el peor de los
casos estamos preparados para seguir siendo unidades
combatientes aún después de la destrucción de la
estructura de nuestro ejército en un frente de
combate. En otras palabras, frente a grandes
concentraciones de fuerzas enemigas que lograran
destruir la nuestra, se transformaría inmediatamente
en un ejército guerrillero, con amplio sentido de
movilidad, con el mando ilimitado de sus jefes a
nivel de la columna pero, sin embargo, con un mando
central situado en algún lugar del país, que daría
las órdenes oportunas y fijará la estrategia general
en todos los casos.
Las montañas serían la defensa última de la
vanguardia armada organizada del pueblo, que as el
Ejército Rebelde pero la lucha se dará en cada casa
del pueblo, en cada camino, en cada monte, en cada
pedazo del territorio nacional por el gran ejército
de retaguardia que es el pueblo entero, adiestrado y
armado en la forma que después puntualizaremos.
Al no tener nuestras unidades de infantería armas
pesadas, se centrará su acción en la defensa
antitanque y la defensa antiaérea. Muchas minas,
infinidad de ellas, bazookas o granadas antitanques,
cañones antiaéreos de gran movilidad, serán las
únicas armas de cierto poder, amén de algunas
baterías de morteros. El soldado de infantería
veterano, con armas automáticas, sabrá, no obstante,
el valor del parque. Lo cuidará con amor.
Instalaciones especiales de recarga de cartuchos
acompañarán a cada unidad de nuestro ejército,
manteniendo aun en condiciones precarias, reservas
de parque.
La aviación probablemente sea mal herida en los
primeros momentos de una invasión de este tipo.
Estamos haciendo el cálculo para una invasión por
una potencia extranjera de primera magnitud o
mercenario de alguna pequeña potencia, apoyadas
subrepticiamente o no, por esa gran potencia de
primera magnitud. La aviación nacional como dije,
será destruida, o casi destruida, se mantendrán
solamente los aviones de reconocimiento y los de
enlace, sobre todo los helicópteros, para todas las
funciones menores.
La marina tendrá también su estructura adecuada a
esta estrategia móvil; pequeñas lanchas mostrarán la
menor superficie al enemigo manteniendo la máxima
movilidad; siempre en estos casos, como en
cualquiera de los anteriores, la gran desesperación
del ejército enemigo será el no encontrar nada
sólido contra lo cual chocar; todo será una masa
gelatinosa, movediza, impenetrable, que va
retrocediendo y, mientras hiere en todos lados, no
presenta un frente sólido.
Pero no es fácil que el ejército del pueblo, que
está preparado para seguir siendo ejército, pase a
su derrota en una batalla frontal, sea derrotado.
Dos grandes masas de población están unidas
alrededor de él: los campesinos y los obreros. Ya
los campesinos han dado señales de su eficacia
deteniendo a la pequeña pandilla que merodeaba por
los alrededores de Pinar del Río. En su gran mayoría,
esos campesinos serán preparados en sus lugares de
origen; pero los jefes de pelotón y los superiores
serán preparados, como ya lo están siendo, en
nuestras bases militares. De allí se distribuirán a
través de las treinta zonas de desarrollo agrario en
que ha sido dividido el país para constituir otros
tantos centros de lucha campesina, encargados de
defender al máximo sus tierras, sus conquistas
sociales, sus nuevas casas, sus canales, sus diques,
sus cosechas florecientes, su independencia; en una
palabra, su derecho a la vida.
Presentarán al principio también una firme oposición
a cualquier avance del enemigo pero, si éste es muy
fuerte, se dividirán, y cada campesino durante el
día será un pacífico cultivador de su tierra y, en
la noche, será el temible guerrillero, azote de las
fuerzas enemigas. Algo semejante ocurrirá con los
obreros; también los mejores entre ellos se
prepararán para después jefaturar a sus compañeros y
encargarse de impartirles las nociones de defensa
que se darán. Cada tipo social, sin embargo, tendrá
tareas distintas; el campesino hará la lucha típica
del guerrillero y debe aprender a ser un buen
tirador, aprovechar todas las dificultades del
terreno y a desaparecer sin dar la cara nunca; el
obrero, en cambio, tiene a su favor el hecho de
estar dentro de una fortaleza de enormes dimensiones
y eficacia, como es una ciudad moderna, y al mismo
tiempo la dificultad de no tener movilidad. El
obrero aprenderá, lo primero, a cerrar las calles
con barricadas hechas con cuanto vehículo, mueble o
utensilio haya, a utilizar cada manzana como una
fortaleza comunicada por agujeros hechos en las
paredes interiores, a usar la terrible arma de
defensa que es el «coctel molotov» y a saber
coordinar su fuego desde las aspilleras innumerables
que ofrecen las casas de una ciudad moderna.
Entre la mesa obrera, asistida por la Policía
Nacional y las Fuerzas Armadas encargadas de la
defensa de las ciudades, se hará un bloque de
ejército poderoso, pero que deberá ser
extremadamente sacrificado. No se puede pensar que
la lucha en las ciudades en estas condiciones va a
alcanzar la facilidad y elasticidad de la lucha
campesina: caerán -o caeremos- muchos en esta lucha
popular; el enemigo utilizará tanques que serán
rápidamente destruidos cuando el pueblo aprenda a
ver sus lados flacos y también a no temerles, pero
antes dejará su saldo de víctimas.
También existirán organizaciones afines a éstas de
obreros y campesinos. En primer lugar, las milicias
estudiantiles, dirigidas y coordinadas por el
Ejército Rebelde, que contendrá la flor y nata de la
juventud estudiosa; organizaciones de la juventud en
general que participará en la misma forma y
organizaciones de mujeres, que darán el enorme
estímulo de la presencia femenina, harán los
trabajos tan importantes de asistencia a los
compañeros de lucha: cocinar, curar heridos, dar las
últimas caricias a los moribundos, lavar, en fin,
demostrar a los compañeros de armas que nunca falta
su presencia en los momentos difíciles de la
Revolución. Todo esto se logra por un amplio trabajo
organizativo de las masas pero, además, se logra con
una educación paciente y completa de las mismas,
educación que nace o tiene su cimiento en los
conocimientos elementales pero que debe
centralizarse sobre la explicación razonada y veraz
de los hechos de la Revolución.
Las leyes revolucionarias deben ser comentadas,
explicadas, estudiadas, en cada reunión, en cada
asamblea, en cada lugar donde exponentes de la
Revolución se den cita para cualquier cosa.
Constantemente, además, deben leerse también,
comentarse y discutirse los discursos de los jefes,
y particularmente, en nuestro caso, del líder
indiscutido, para ir orientando a las masas, al
mismo tiempo que deben reunirse para escuchar en los
campos, por las radios o, en lugares de más avanzado
nivel técnico, con televisores, esas magníficas
lecciones populares que suele dar nuestro Primer
Ministro.
El contacto del pueblo con la política, es decir, el
contacto del pueblo con la expresión de sus anhelos
hechos leyes, decretos y resoluciones, debe ser
constante. La vigilancia revolucionaria sobre toda
manifestación contra ella debe ser constante también
y, dentro de las masas revolucionarias, la
vigilancia de su moral debe ser más estricta que la
vigilancia contra el no revolucionario o el
desafecto. No se puede permitir, so pena de que la
revolución inicie el peligroso camino del
oportunismo, el que ningún revolucionario, de
ninguna categoría y por ningún concepto, sea
perdonado de faltas graves contra el decoro o la
moral, por el hecho mismo de ser revolucionario.
Pudiera eso constituir en todo caso, algo como una
atenuante y puede estar siempre presente durante el
castigo el recuerdo de sus anteriores méritos, pero
el hecho en sí, debe ser siempre castigado.
El culto al trabajo, sobre todo al trabajo colectivo
y con fines colectivos, debe ser desarrollado.
Brigadas de voluntarios que construyan caminos,
puentes, muelles o diques, que construyan ciudades
escolares, que vayan constantemente uniéndose,
demostrando su amor a la revolución con los hechos,
deben recibir un gran impulso.
Un ejército que esté compenetrado de tal forma con
el pueblo, que sienta tan íntimamente en él al
campesino o al obrero de donde surgió, que conozca
además toda la técnica especial de su guerra y esté
preparado psicológicamente para las peores
contingencias, es invencible, y más invencible será
cuando más carne se haga en el ejército y en la
ciudadanía la justa frase de nuestro inmortal Camilo:
«El Ejército es el pueblo uniformado.» Por eso, por
todo eso, a pesar de lo necesario que es para el
monopolio la supresión del «mal ejemplo» cubano,
nuestro futuro es más luminoso que nunca.
|
Qué es
un «guerrillero»
[Revolución, 19 de febrero de
1959.]
(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1,
Editorial de Ciencias Sociales, La
Habana 1972, páginas 193-197)
Quizá no haya país en el mundo en que la
palabra «guerrillero» no sea simbólica
de una aspiración libertaria para el
pueblo. Solamente en Cuba esta palabra
tiene un significado repulsivo. Esta
Revolución, libertadora, en todos sus
extremos, sale también a dignificar esa
palabra. Todos saben que fueron
guerrilleros aquellos simpatizantes del
régimen de esclavización española que
tomaron las armas para defender en forma
irregular la corona del rey de España; a
partir de ese momento, el nombre queda
como símbolo, en Cuba, de todo lo malo,
lo retrógrado, lo podrido del país. Sin
embargo, el guerrillero es, no eso, sino
todo lo contrario; es el combatiente de
la libertad por excelencia; es el
elegido del pueblo, la vanguardia
combatiente del mismo en su lucha por la
liberación. Porque la guerra de
guerrillas no es como se piensa, una
guerra minúscula, una guerra de un grupo
minoritario contra un ejército poderoso,
no; la guerra de guerrillas es la guerra
del pueblo entero contra la opresión
dominante. El guerrillero es su
vanguardia armada; el ejército lo
constituyen todos los habitantes de una
región o de un país. Esa es la razón de
su fuerza, de su triunfo, a la larga o a
la corta, sobre cualquier poder que
trate de oprimirlo; es decir, la base y
el substratum de la guerrilla está en el
pueblo.
No se puede concebir que pequeños grupos
armados, por más movilidad y
conocimiento del terreno que tengan,
puedan sobrevivir a la persecución
organizada de un ejército bien
pertrechado sin ese auxiliar poderoso.
La prueba está en que todos los bandidos,
todas las gavillas de bandoleros, acaban
por ser derrotados por el poder central,
y recuérdese que muchas veces estos
bandoleros representan, para los
habitantes de la región, algo más que
eso, representan también aunque sea la
caricatura de una lucha por la libertad.
El ejército guerrillero, ejército
popular por excelencia, debe tener en
cuanto a su composición individual las
mejores virtudes del mejor soldado del
mundo. Debe basarse en una disciplina
estricta. El hecho de que las
formalidades de la vida militar no se
adapten a la guerrillera, que no haya
taconeo ni saludo rígido, ni explicación
sumisa ante el superior, no demuestran
de manera alguna que no haya disciplina.
La disciplina guerrillera es interior,
nace del convencimiento profundo del
individuo, de esa necesidad de obedecer
al superior, no solamente para mantener
la efectividad del organismo armado que
está integrado, sino también para
defender la propia vida. Cualquier
pequeño descuido en un soldado de un
ejército regular es controlado por el
compañero más cercano. En la guerra de
guerrillas, donde cada soldado es unidad
y es un grupo, un error es fatal. Nadie
puede descuidarse. Nadie puede cometer
el más mínimo desliz, pues su vida y la
de los compañeros le va en ello.
Esta disciplina informal, muchas veces
no se ve. Para la gente poco informada,
parece mucho más disciplinado el soldado
regular con todo su andamiaje de
reconocimientos de las jerarquías que el
respeto simple y emocionado con que
cualquier guerrillero sigue las
instrucciones de su jefe. Sin embargo,
el ejército de liberación fue un
ejército puro donde ni las más comunes
tentaciones del hombre tuvieron cabida;
y no había aparato represivo, no había
servicio de inteligencia que controlara
al individuo frente a la tentación. Era
su autocontrol el que actuaba. Era su
rígida conciencia del deber y de la
disciplina.
El guerrillero es, además de un soldado
disciplinado, un soldado muy ágil,
física y mentalmente. No puede
concebirse una guerra de guerrillas
estática. Todo es nocturnidad. Amparados
en el conocimiento del terreno, los
guerrilleros caminan de noche, se sitúan
en la posición, atacan al enemigo y se
retiran. No quiere decir esto que la
retirada sea muy lejana al teatro de
operaciones; simplemente tiene que ser
muy rápida del teatro de operaciones.
El enemigo concentrará inmediatamente
sobre el punto atacado todas sus
unidades represivas. Irá la aviación a
bombardear, irán las unidades tácticas a
cercarlos, irán los soldados decididos a
tornar una posición ilusoria.
El guerrillero necesita sólo presentar
un frente al enemigo. Con retirarse algo,
esperarlo, dar un nuevo combate, volver
a retirarse, ha cumplido su misión
específica. Así el ejército puede estar
desangrándose durante horas o durante
días. El guerrero popular, desde sus
lugares de acecho, atacará en momento
oportuno.
Hay otros profundos axiomas en la
táctica de guerrillas. El conocimiento
del terreno debe ser absoluto. El
guerrillero no puede desconocer el lugar
donde va a atacar, pero además debe
conocer todos los trillos de retirada
así como todos los caminos de acceso o
los que están cerrados. Las casas amigas,
y enemigas, los lugares más protegidos,
aquellos donde se puede dejar un herido,
aquellos otros donde se puede establecer
un campamento provisional, en fin,
conocer como la palma de la mano el
teatro de operaciones. Y eso se hace y
se logra porque el pueblo, el gran
núcleo del ejército guerrillero, está
detrás de cada acción.
Los habitantes de un lugar son acémilas,
informantes, enfermeros, proveedores de
combatientes, en fin, constituyen los
accesorios importantísimos de su
vanguardia armada.
Pero frente a todas estas cosas; frente
a este cúmulo de necesidades tácticas
del guerrillero, habría que preguntarse:
«¿por qué lucha?», y, entonces surge la
gran afirmación: «El guerrillero es un
reformador social.
El guerrillero empuña las armas como
protesta airada del pueblo contra sus
opresores, y lucha por cambiar el
régimen social que mantiene a todos sus
hermanos desarmados en el oprobio y la
miseria. Se ejercita contra las
condiciones especiales de la
institucionalidad de un momento dado y
se dedica a romper con todo el vigor que
las circunstancias permitan, los moldes
de esa institucionalidad.»
Veamos algo importante: ¿qué es lo que
el guerrillero necesita tácticamente?
Habíamos dicho, conocimiento del terreno
con sus trillos de acceso y escape,
velocidad de maniobra, apoyo del pueblo,
lugares donde esconderse, naturalmente.
Todo eso indica que el guerrillero
ejercerá su acción en lugares agrestes y
poco poblados. Y, en los lugares
agrestes y poco poblados, la lucha del
pueblo por sus reivindicaciones se sitúa
preferentemente y hasta casi
exclusivamente en el plano del cambio de
la composición social de la tenencia de
la tierra, es decir, el guerrillero es,
fundamentalmente y antes que nada, un
revolucionario agrario.
Interpreta los deseos de la gran masa
campesina de ser dueña, de la tierra,
dueña de los medios de producción, de
sus animales, de todo aquello por lo que
ha luchado durante años, de lo que
constituye su vida y constituirá también
su cementerio.
Por eso, en este momento especial de
Cuba, los miembros del nuevo ejército
que nace al triunfo desde las montañas
de Oriente y del Escambray, de los
llanos de Oriente y de los llanos de
Camagüey, de toda Cuba, traen, como
bandera de combate, la Reforma Agraria.
Es una lucha quizás tan larga como el
establecimiento de la propiedad
individual. Lucha que los campesinos han
llevado con mejor o peor éxito a través
de las épocas, pero que siempre ha
tenido calor popular. Esta lucha no es
patrimonio de la Revolución. La
Revolución ha recogido esa bandera entre
las masas populares y la ha hecho suya
ahora. Pero antes, desde mucho tiempo;
desde que se alzaran los vegueros de La
Habana; desde que los negros trataran de
conseguir su derecho a la tierra en la
gran guerra de liberación de los 30 años;
desde que los campesinos tomaran
revolucionariamente el Realengo 18, la
tierra ha sido centro de la batalla por
la adquisición de un mejor modo de vida.
Esta Reforma Agraria que hoy se está
haciendo, que empezó tímida en la Sierra
Maestra, que se trasladó al Segundo
Frente Oriental y al macizo del
Escambray, que fue olvidada algún tiempo
en las gavetas ministeriales y resurgió
pujante con la decisión definitiva de
Fidel Castro es, conviene repetirlo una
vez más, quien dará la definición
histórica del «26 de julio».
Este Movimiento no inventó la Reforma
Agraria. La llevará a cabo. La llevará a
cabo íntegramente hasta que no quede
campesino sin tierra, ni tierra sin
trabajar. En ese momento, quizás, el
mismo Movimiento haya dejado de tener el
por qué de existir, pero habrá cumplido
su misión histórica. Nuestra tarea es
llegar a ese punto, el futuro dirá si
hay más trabajo a realizar.
[Revolución, 19 de febrero de
1959.] |
Guerra y
población campesina
[Lunes de Revolución, 26 de julio de 1959.]
(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial
de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas
199-202)
El vivir continuado en estado de guerra crea en la
conciencia del pueblo una actitud mental para
adaptarse a ese fenómeno nuevo. Es un largo y
doloroso proceso de adaptación del individuo para
poder resistir la amarga experiencia que amenaza su
tranquilidad. La Sierra Maestra y otras nuevas zonas
liberadas han debido pasar también por esta amarga
experiencia.
La situación campesina en las zonas agrestes de la
serranía era sencillamente espantosa. El colono,
venido de lejanas regiones con afanes de liberación,
había doblado las espaldas sobre las tumbas nuevas
que arrancaba su sustento, con mil sacrificios,
había hecho nacer las matas de café de las lomas
empinadas donde es un sacrificio el tránsito a lo
nuevo; todo con su sudor individual respondiendo al
afán secular del hombre por ser dueño de su pedazo
de tierra; trabajando con amor infinito ese risco
hostil al que trataba como una parte de sí mismo. De
pronto, cuando las matas de café empezaban a
florearse con el grano que era su esperanza,
aparecía un nuevo dueño de esas tierras. Era una
compañía extranjera; un geófago local o algún
aprovechado especulador inventaba la deuda necesaria.
Los caciques políticos, los jefes de puesto
trabajaban como empleados de la compañía o el
geófago apresando o asesinando cualquier campesino
demasiado rebelde a las arbitrariedades. Ese
panorama de derrota y desolación fue el que
encontramos para unirlo a la derrota, producto de
nuestra inexperiencia, en la Alegría de Pío (nuestro
único revés en esta larga campaña, nuestra cruenta
lección de lucha guerrillera). El campesinado vio en
aquellos hombres macilentos cuya barba, ahora
legendaria, empezaba a aflorar, un compañero de
infortunio, un nuevo golpeado por las fuerzas
represivas, y nos dio su ayuda espontánea y
desinteresada, sin esperar nada de los vencidos.
Pasaron los días y nuestra pequeña tropa de ya
aguerridos soldados mantuvo los triunfos de La Plata
y Palma Mocha. El régimen reaccionó con toda su
brutalidad y el asesinato campesino se hizo en masa.
El terror se desató sobre los valles agrestes de la
Sierra Maestra y los campesinos retrajeron su ayuda;
una barrera de mutua desconfianza asomaba entre
ellos y los guerrilleros; aquéllos por el miedo a la
represalia, éstos por temor al chivatazo de los
timoratos. Nuestra política, no obstante, fue justa
y comprensiva y la población guajira inició su
viraje de retorno a nuestra causa.
La dictadura, en su desesperación y en su crimen,
ordenó la reconcentración de las miles de familias
guajiras de la Sierra Maestra a las ciudades.
Los hombres más fuertes y decididos, casi todos los
jóvenes, prefirieron la libertad y la guerra a la
esclavitud y la ciudad. Largas caravanas de mujeres,
niños y ancianos peregrinaron por los caminos
serpenteantes donde habían nacido, bajaron al llano
y fueron arrinconados en las afueras de las ciudades.
Por segunda vez Cuba vivía la página más criminal de
su historia: la reconcentración. Primero lo ordenó
Weyler, el sanguinario espadón de la España colonial;
ahora lo mandaba Fulgencio Batista, el peor de los
traidores y de los asesinos que ha conocido América.
El hambre, la miseria, las enfermedades, las
epidemias y la muerte, diezmaron a los campesinos
reconcentrados por la tiranía; allí murieron niños
por falta de atención médica y de alimentación,
cuando a unos pasos de ellos estaban los recursos
que pudieron salvar sus vidas. La protesta indignada
del pueblo cubano, el escándalo internacional y la
impotencia de la dictadura en derrotar a los
rebeldes, obligaron al tirano a suspender la
reconcentración de las familias campesinas de la
Sierra Maestra. Y otra vez volvieron a las tierras
donde habían nacido, miserables, enfermos y
diezmados, los campesinos de la Sierra. Si antes
habían sufrido los bombardeos de la dictadura, la
quema de su bohío y el asesinato en masa, ahora
habían conocido la inhumanidad y barbarie de un
régimen que los trató peor que la España colonial a
los cubanos de la guerra independentista. Batista
había superado a Weyler.
Los campesinos volvieron con una decisión
inquebrantable de luchar hasta vencer o morir,
rebeldes hasta la muerte o la libertad.
Nuestra pequeña guerrilla de extracción ciudadana
empezó a colorearse de sombreros de yarey; el pueblo
perdía el miedo, se decidía a la lucha, tomaba
decididamente el camino de su redención. En este
cambio coincidía nuestra política hacia el
campesinado y nuestros triunfos militares que nos
mostraba ya como una fuerza imbatible en la Sierra
Maestra.
Puestos en la disyuntiva, todos los campesinos
eligieron el camino de la Revolución. El cambio de
carácter de que hablábamos antes se mostraba ahora
en toda su plenitud: la guerra era un hecho,
doloroso sí, pero transitorio; la guerra era un
estado definitivo dentro del cual el individuo debía
adaptarse para subsistir. Cuando la población
campesina lo comprendió, inició las tareas para
afrontar las circunstancias adversas que se
presentarían.
Los campesinos volvieron a sus conucos abandonados,
suspendieron el sacrificio de sus animales
guardándolos para épocas peores y se adaptaron
también a los ametrallamientos salvajes, creando
cada familia su propio refugio individual.
Se habituaron también a las periódicas fugas de las
zonas de guerra, con familias, ganado y enseres,
dejando al enemigo sólo el bohío para que cebaran su
odio convirtiéndolo en cenizas. Se habituaron a la
reconstrucción sobre las ruinas humeantes de su
antigua vivienda, sin quejas, sólo con odio
concentrado y voluntad de vencer.
Cuando se inició el reparto de reses para luchar
contra el cerco alimenticio de la dictadura,
cuidaron sus animales con amorosa solicitud y
trabajaron en grupos, estableciendo de hecho
cooperativas para trasladar el ganado a lugar seguro,
donando también sus potreros, y sus animales de
carga al esfuerzo común.
En un nuevo milagro de la Revolución, el
individualista acérrimo que cuidaba celosamente los
límites de su propiedad y de su derecho propio, se
unía, por imposición de la guerra, al gran esfuerzo
común de la lucha. Pero hay un milagro más grande.
Es el reencuentro del campesino cubano con su
alegría habitual, dentro de las zonas liberadas.
Quien ha sido testigo de los apocados cuchicheos con
que nuestras fuerzas eran recibidas en cada casa
campesina, nota con orgullo el clamor despreocupado,
la carcajada alegre del nuevo habitante de la
Sierra. Ese es el reflejo de la seguridad en sí
mismo que la conciencia de su propia fuerza ha dado
a los habitantes de nuestra porción liberada. Esa es
nuestra tarea futura: hacer retornar al pueblo de
Cuba el concepto de su propia fuerza, de la
seguridad absoluta en que sus derechos individuales,
respaldados por la Constitución, son su mayor tesoro.
Más aún que el vuelo de las campanas, anunciará la
liberación el retorno de la antigua carcajada alegre,
de despreocupada seguridad que hoy ha perdido el
pueblo cubano.
[Lunes de Revolución, 26 de julio de 1959.]
Guerra de
guerrillas: un método
[Cuba Socialista, septiembre de 1963.]
Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de
Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 203-223
La guerra de guerrillas ha sido utilizada innúmeras
veces en la historia en condiciones diferentes y
persiguiendo distintos fines. últimamente ha sido
usada en diversas guerras populares de liberación
donde la vanguardia del pueblo eligió el camino de
la lucha armada irregular contra enemigos de mayor
potencial bélico. Asia, Africa y América han sido
escenario de estas acciones cuando se trataba de
lograr, el poder en la lucha contra la explotación
feudal, neocolonial o colonial. En Europa se la
empleó como complemento de los ejércitos regulares
propios o aliados.
En América se ha recurrido a la guerra de guerrillas
en diversas oportunidades. Como antecedente mediato
más cercano puede anotarse la experiencia de Augusto
César Sandino, luchando contra las fuerzas
expedicionarias yanquis en la Segovia nicaragüense.
Y, recientemente, la guerra revolucionaria de Cuba.
A partir de entonces, en América se han planteado
los problemas de la guerra de guerrillas en las
discusiones teóricas de los partidos progresistas
del continente y la posibilidad y conveniencia de su
utilización es materia de polémicas encontradas.
Estas notas tratarán de expresar nuestras ideas
sobre la guerra de guerrillas y cuál sería su
utilización correcta.
Ante todo hay que precisar que esta modalidad de
lucha es un método; un método para lograr un fin.
Ese fin, indispensable, ineludible para todo
revolucionario, es la conquista del poder político.
Por tanto, en los análisis de las situaciones
específicas de los distintos países de América, debe
emplearse el concepto de guerrilla reducido a la
simple categoría de método de lucha para lograr
aquel fin.
Casi inmediatamente surge la pregunta: ¿El método de
la guerra de guerrillas es la fórmula única para la
toma del poder en la América entera?; o ¿será, en
todo caso, la forma predominante?; o, simplemente, ¿será
una fórmula más entre todas las usadas para la lucha?
y, en último extremo, se preguntan, ¿será aplicable
a otras realidades continentales el ejemplo de Cuba?
Por el camino de la polémica, suele criticarse a
aquellos que quieren hacer la guerra de guerrillas,
aduciendo que se olvidan de la lucha de masas, casi
como si fueran métodos contrapuestos. Nosotros
rechazamos el concepto que encierra esa posición; la
guerra de guerrillas es una guerra del pueblo, es
una lucha de masas. Pretender realizar este tipo de
guerra sin el apoyo de la población, es el preludio
de un desastre inevitable. La guerrilla es la
vanguardia combativa del pueblo, situada en un lugar
determinado de algún territorio dado, armada,
dispuesta a desarrollar una serie de acciones
bélicas tendientes al único fin estratégico posible:
la toma del poder. Está apoyada por las masas
campesinas y obreras de la zona y de todo el
territorio de que se trate. Sin esas premisas no se
puede admitir la guerra de guerrillas.
«En nuestra situación americana, consideramos que
tres aportaciones fundamentales hizo la Revolución
cubana a la mecánica de los movimientos
revolucionarios en América; son ellas: Primero: las
fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el
ejército. Segundo: no siempre hay que esperar a que
se den todas las condiciones para la revolución; el
foco insurreccional puede crearlas. Tercero: en la
América subdesarrollada, el terreno de la lucha
armada debe ser fundamentalmente el campo.» (La
guerra de guerrillas.)
Tales son las aportaciones para el desarrollo de la
lucha revolucionaria en América, y pueden aplicarse
a cualquiera de los países de nuestro Continente en
los cuales se vaya a desarrollar una guerra de
guerrillas.
La Segunda Declaración de La Habana señala:
-
En nuestros países se juntan las circunstancias
de una industria subdesarrollada con un régimen
agrario de carácter feudal. Es por eso que, con
todo lo duras que son las condiciones de vida de
los obreros urbanos, la población rural vive aún
en las más horribles condiciones de opresión y
explotación; pero es también, salvo excepciones,
el sector absolutamente mayoritario, en
proporciones que a veces sobrepasan el setenta
por ciento de las poblaciones latinoamericanas.
-
Descontando los terratenientes, que muchas veces
residen en las ciudades, el resto de esa gran
masa libra su sustento trabajando como peones en
las haciendas por salarios misérrimos, o labran
la tierra en condiciones de explotación que nada
tienen que envidiar a la Edad Media. Estas
circunstancias son las que determinan que en
América Latina la población pobre del campo
constituya una tremenda fuerza revolucionaria
potencial.
-
Los ejércitos, estructurados y equipados para la
guerra convencional, que son la fuerza en que se
sustenta el poder de las clases explotadoras,
cuando tienen que enfrentarse a la lucha
irregular de los campesinos en el escenario
natural de éstos, resultan absolutamente
impotentes; pierden diez hombres por cada
combatiente revolucionario que cae, y la
desmoralización cunde rápidamente en ellos al
tener que enfrentarse a un enemigo invisible e
invencible que no les ofrece ocasión de lucir
sus tácticas de academia y sus fanfarrias de
guerra, de las que tanto alarde hacen para
reprimir a los obreros y a los estudiantes en
las unidades.
-
La lucha inicial de reducidos núcleos
combatientes se nutre incesantemente de nuevas
fuerzas, el movimiento de masas comienza a
desatarse, el viejo orden se resquebraja poco a
poco en mil pedazos, y es entonces el momento en
que la clase obrera y las masas urbanas deciden
la batalla.
-
¿Qué es lo que desde el comienzo mismo de la
lucha de esos primeros núcleos los hace
invencibles, independientemente del número, el
poder y los recursos de sus enemigos? El apoyo
del pueblo, y con ese apoyo de las masas
contarán en grado cada vez mayor.
-
Pero el campesino es una clase que, por el
estado de incultura en que lo mantienen y el
aislamiento en que vive, necesita la dirección
revolucionaria y política de la clase obrera y
los intelectuales revolucionarios, sin la cual
no podría por sí sola lanzarse a la lucha y
conquistar la victoria.
-
En las actuales condiciones históricas de
América Latina, la burguesía nacional no puede
encabezar la lucha antifeudal y antiimperialista.
La experiencia demuestra que en nuestras
naciones esa clase, aun cuando sus intereses son
contradictorios con los del imperialismo yanqui,
ha sido incapaz de enfrentarse a éste,
paralizada por el miedo a la revolución social y
asustada por el clamor de las masas explotadas.
Completando el alcance de estas afirmaciones que
constituyen el nudo de la declaración revolucionaria
de América, la Segunda Declaración de La Habana
expresa en otros párrafos lo siguiente:
-
Las condiciones subjetivas de cada país, es
decir, el factor conciencia, organización,
dirección, puede acelerar o retrasar la
revolución, según su mayor o menor grado de
desarrollo; pero tarde o temprano en cada época
histórica, cuando las condiciones objetivas
maduran, la conciencia se adquiere, la
organización se logra, la dirección surge y la
revolución se produce.
-
Que ésta tenga lugar por cauces pacíficos o
nazca al mundo después de un parto doloroso, no
depende de los revolucionarios; depende de las
fuerzas reaccionarias de la vieja sociedad, que
se resisten a dejar nacer la sociedad nueva, que
es engendrada por las contradicciones que lleva
en su seno la vieja sociedad. La revolución es
en la historia como el médico que asiste al
nacimiento de una nueva vida. No usa sin
necesidad los aparatos de fuerza, pero los usa
sin vacilaciones cada vez que sea necesario para
ayudar al parto. Parto que trae a las masas
esclavizadas y explotadas la esperanza de una
vida mejor.
-
En muchos países de América Latina la revolución
es hoy inevitable. Ese hecho no lo determina la
voluntad de nadie. Está determinado por las
espantosas condiciones de explotación en que
vive el hombre americano, el desarrollo de la
conciencia revolucionaria de las masas, la
crisis mundial del imperialismo y el movimiento
universal de lucha de los pueblos subyugados.
Partiremos de estas bases para el análisis de toda
la cuestión guerrillera en América.
Establecimos que es un método de lucha para obtener
un fin. Lo que interesa, primero, es analizar el fin
y ver si se puede lograr la conquista del poder de
otra manera que por la lucha armada, aquí en América.
La lucha pacífica puede llevarse a cabo mediante
movimientos de masas y obligar -en situaciones
especiales de crisis- a ceder a los gobiernos,
ocupando eventualmente el poder las fuerzas
populares que establecerían la dictadura proletaria.
Correcto teóricamente. Al analizar lo anterior en el
panorama de América, tenemos que llegar a las
siguientes conclusiones: En este continente existen
en general condiciones objetivas que impulsan a las
masas a acciones violentas contra los gobiernos
burgueses y terratenientes, existen crisis de poder
en muchos otros países y algunas condiciones
subjetivas también. Claro está que, en los países en
que todas las condiciones estén dadas, sería hasta
criminal no actuar para la toma del poder. En
aquellos otros en que esto no ocurre es lícito que
aparezcan distintas alternativas y que de la
discusión teórica surja la decisión aplicable a cada
país. Lo único que la historia no admite es que los
analistas y ejecutores de la política del
proletariado se equivoquen. Nadie puede solicitar el
cargo de partido de vanguardia como un diploma
oficial dado por la universidad. Ser partido de
vanguardia es estar al frente de la clase obrera en
la lucha por la toma del poder, saber guiarla a su
captura, conducirla por los atajos, incluso. Esa es
la misión de nuestros partidos revolucionarios y el
análisis debe ser profundo y exhaustivo para que no
haya equivocación.
Hoy por hoy, se ve en América un estado de
equilibrio inestable entre la dictadura oligárquica
y la presión popular. La denominamos con la palabra
oligárquica pretendiendo definir la alianza
reaccionaria entre las burguesías de cada país y sus
clases de terratenientes, con mayor o menor
preponderancia de las estructuras feudales. Estas
dictaduras transcurren dentro de ciertos marcos de
legalidad que se adjudicaron ellas mismas para su
mejor trabajo durante todo el período irrestricto de
dominación de clase, pero pasamos por una etapa en
que las presiones populares son muy fuertes; están
llamando a las puertas de la legalidad burguesa y
ésta debe ser violada por sus propios autores para
detener el impulso de las masas. Sólo que las
violaciones descaradas, contrarias a toda
legislación preestablecida -o la legislación
establecida a posteriori para santificar el hecho-,
ponen en mayor tensión a las fuerzas del pueblo. Por
ello, la dictadura oligárquica trata de utilizar los
viejos ordenamientos legales para cambiar la
constitucionalidad y ahogar más al proletariado, sin
que el choque sea frontal. No obstante, aquí es
donde se produce la contradicción. El pueblo ya no
soporta las antiguas y, menos aún, las nuevas
medidas coercitivas establecidas por la dictadura, y
trata de romperlas. No debemos de olvidar nunca el
carácter clasista, autoritario y restrictivo del
estado burgués. Lenin se refiere a él así: «El
estado es producto y manifestación del carácter
irreconciliable de las contradicciones de clases. El
estado surge en el sitio, en el momento y en el
grado en que las contradicciones de clase no pueden,
objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la
existencia del estado
demuestra que las contradicciones de clase son
irreconciliables.» (El estado y la revolución.)
Es decir, no debemos admitir que la palabra
democracia, utilizada en forma apologética para
representar la dictadura de las clases explotadoras,
pierda su profundidad de concepto y adquiera el de
ciertas libertades más o menos óptimas dadas al
ciudadano. Luchar solamente por conseguir la
restauración de cierta legalidad burguesa sin
plantearse, en cambio, el problema del poder
revolucionario, es luchar por retornar a cierto
orden dictatorial preestablecido por las clases
sociales dominantes: es, en todo caso, luchar por el
establecimiento de unos grilletes que tengan en su
punta una bola menos pesada para el presidiario.
En estas condiciones de conflicto, la oligarquía
rompe sus propios contratos, su propia apariencia de
«democracia» y ataca al pueblo, aunque siempre trate
de utilizar los métodos de la superestructura que ha
formado para la opresión. Se vuelve a plantear en
ese momento el dilema: ¿Qué hacer? Nosotros
contestamos: La violencia no es patrimonio de los
explotadores, la pueden usar los explotados y, más
aún, la deben usar en su momento. Martí decía: «Es
criminal quien promueve en un país la guerra que se
le puede evitar; y quien deja de promover la guerra
inevitable.»
Lenin, por otra parte, expresaba: «La
social-democracia no ha mirado nunca ni mira la
guerra desde un punto de vista sentimental. Condena
en absoluto la guerra como recurso feroz para
dilucidar las diferencias entre los hombres, pero
sabe que las guerras son inevitables mientras la
sociedad esté dividida en clases, mientras exista la
explotación del hombre por el hombre. Y para acabar
con esa explotación no podremos prescindir de la
guerra, que empieza siempre y en todos los sitios
las mismas clases explotadoras, dominantes y
opresoras.» Esto lo decía en el año 1905; después,
en «El programa militar de la revolución proletaria»,
analizando profundamente el carácter de la lucha de
clases, afirmaba: «Quien admita la lucha de clases
no puede menos que admitir las guerras civiles, que
en toda sociedad de clases representan la
continuación, el desarrollo y el recrudecimiento
-naturales y en determinadas circunstancias
inevitables- de la lucha de clases. Todas las
grandes revoluciones lo confirman. Negar las guerras
civiles u olvidarlas sería caer en un oportunismo
extremo y renegar de la revolución socialista.»
Es decir, no debemos temer a la violencia, la
partera de las sociedades nuevas; sólo que esa
violencia debe desatarse exactamente en el momento
preciso en que los conductores del pueblo hayan
encontrado las circunstancias más favorables.
¿Cuáles serán éstas? Dependen, en lo subjetivo, de
dos factores que se complementan y que a su vez se
van profundizando en el transcurso de la lucha: la
conciencia de la necesidad del cambio y la certeza
de la posibilidad de este cambio revolucionario; los
que, unidos a las condiciones objetivas -que son
grandemente favorables en casi toda América para el
desarrollo de la lucha-, a la firmeza en la voluntad
de lograrlo y a las nuevas correlaciones de fuerzas
en el mundo, condicionan un modo de actuar.
Por lejanos que estén los países socialistas,
siempre se hará sentir su influencia bienhechora
sobre los pueblos en lucha, y su ejemplo educador
les dará más fuerza. Fidel Castro decía el último 26
de julio: «Y el deber de los revolucionarios, sobre
todo en este instante, es saber percibir, saber
captar los cambios de correlación de fuerzas que han
tenido lugar en el mundo, y comprender que ese
cambio facilita la lucha de los pueblos. El deber de
los revolucionarios, de los revolucionarios
latinoamericanos, no está en esperar que el cambio
de correlación de fuerzas produzca el milagro de las
revoluciones sociales en América Latina, sino
aprovechar cabalmente todo lo que favorece al
movimiento revolucionario ese cambio de correlación
de fuerzas ¡y hacer las revoluciones!»
Hay quienes dicen «admitamos la guerra
revolucionaria como el medio adecuado, en ciertos
casos específicos, para llegar a la toma del poder
político; ¿de dónde sacamos los grandes conductores,
los Fidel Castro que nos lleven al triunfo?» Fidel
Castro, como todo ser humano, es un producto de la
historia. Los jefes militares y políticos, que
dirijan las luchas insurreccionales en América,
unidos, si fuera posible, en una sola persona,
aprenderán el arte de la guerra en el ejercicio de
la guerra misma. No hay oficio ni profesión que se
pueda aprender solamente en los libros de texto. La
lucha, en este caso, es la gran maestra.
Claro que no será sencilla la tarea ni exenta de
graves amenazas en todo su transcurso.
Durante el desarrollo de la lucha armada aparecen
dos momentos de extremo peligro para el futuro de la
revolución. El primero de ellos surge en la etapa
preparatoria y la forma en que se resuelva da la
medida de la decisión de lucha y claridad de fines
que tengan las fuerzas populares. Cuando el estado
burgués avanza contra las posiciones del pueblo,
evidentemente tiene que producirse un proceso de
defensa contra el enemigo que, en ese momento de
superioridad, ataca. Si ya se han desarrollado las
condiciones objetivas y subjetivas mínimas, la
defensa debe ser armada, pero de tal tipo que no se
conviertan las fuerzas populares en meros receptores
de los golpes del enemigo; no dejar tampoco que el
escenario de la defensa armada simplemente se
transforme en un refugio extremo de los perseguidos.
La guerrilla, movimiento defensivo del pueblo en un
momento dado, lleva en sí, y constantemente debe
desarrollarla, su capacidad de ataque sobre el
enemigo. Esta capacidad es la que va determinando
con el tiempo su carácter de catalizador de las
fuerzas populares. Vale decir, la guerrilla no es
autodefensa pasiva, es defensa con ataque y, desde
el momento en que se plantea como tal, tiene como
perspectiva final la conquista del poder político.
Este momento es importante. En los procesos sociales
la diferencia entre violencia y no violencia no
puede medirse por las cantidades de tiros
intercambiados; responde a situaciones concretas y
fluctuantes. Y hay que saber ver el instante en que
las fuerzas populares, conscientes de su debilidad
relativa, pero al mismo tiempo de su fuerza
estratégica, deben obligar al enemigo a que dé los
pasos necesarios para que la situación no retroceda.
Hay que violentar el equilibrio dictadura
oligárquica-presión popular. La dictadura trata
constantemente de ejercerse sin el uso aparatoso de
la fuerza; el obligar a presentarse sin disfraz, es
decir, en su aspecto verdadero de dictadura violenta
de las clases reaccionarias, contribuirá a su
desenmascaramiento, lo que profundizará la lucha
hasta extremos tales que ya no se pueda regresar. De
cómo cumplan su función las fuerzas del pueblo
abocadas a la tarea de obligar a definiciones a la
dictadura -retroceder o desencadenar la lucha-,
depende el comienzo firme de una acción armada de
largo alcance.
Sortear el otro momento peligroso depende del poder
del desarrollo ascendente que tengan las fuerzas
populares. Marx recomendaba siempre que una vez
comenzado el proceso revolucionario, el proletariado
tenía que golpear y golpear sin descanso. Revolución
que no se profundice constantemente es revolución
que regresa. Los combatientes, cansados, empiezan a
perder la fe y puede fructificar entonces alguna de
las maniobras a que la burguesía nos tiene tan
acostumbrados. Estas pueden ser elecciones con la
entrega del poder a otro señor de voz más meliflua y
cara más angelical que el dictador de turno, o un
golpe dado por los reaccionarios, encabezados, en
general, por el ejército y apoyándose, directa o
indirectamente, en las fuerzas progresistas. Caben
otras, pero no es nuestra intención analizar
estratagemas tácticas.
Llamamos la atención principalmente sobre la
maniobra del golpe militar apuntada arriba. ¿Qué
pueden dar los militares a la verdadera democracia?
¿Qué lealtad se les puede pedir si son meros
instrumentos de dominación de las clases
reaccionarias y de los monopolios imperialistas y
como casta, que vale en razón de las armas que posee,
aspiran solamente a mantener sus prerrogativas?
Cuando, en situaciones difíciles para los opresores,
conspiren los militares y derroquen a un dictador,
de hecho vencido, hay que suponer que lo hacen
porque aquél no es capaz de preservar sus
prerrogativas de clase sin violencia extrema, cosa
que, en general, no conviene en los momentos
actuales a los intereses de las oligarquías.
Esta afirmación no significa, de ningún modo, que se
deseche la utilización de los militares como
luchadores individuales, separados del medio social
en que han actuado y, de hecho, rebelados contra él.
Y esta utilización debe hacerse en el marco de la
dirección revolucionaria a la que pertenecerán como
luchadores y no como representantes de una casta.
En tiempos ya lejanos, en el prefacio de la tercera
edición de La guerra civil en Francia, Engels
decía: «Los obreros, después de cada revolución,
estaban armados; por eso, el desarme de los obreros
era el primer mandamiento de los burgueses que se
hallaban al frente del estado. De ahí que, después
de cada revolución ganada por los obreros, se
llevara a cabo una nueva lucha que acababa con la
derrota de éstos...» (cita de Lenin, El estado y
la revolución.)
Este juego de luchas continuas en que se logra un
cambio formal de cualquier tipo y se retrocede
estratégicamente, se ha repetido durante decenas de
años en el mundo capitalista. Peor aún, el engaño
permanente al proletariado en este aspecto lleva más
de un siglo de producirse periódicamente.
Es peligroso también que, llevados por el deseo de
mantener durante algún tiempo condiciones más
favorables para la acción revolucionaria mediante el
uso de ciertos aspectos de la legalidad burguesa,
los dirigentes de los partidos progresistas
confundan los términos, cosa que es muy común en el
curso de la acción, y se olviden del objetivo
estratégico definitivo: la toma del poder.
Estos dos momentos difíciles de la revolución, que
hemos analizado someramente, se obvian cuando los
partidos dirigentes marxistas-leninistas son capaces
de ver claro las implicaciones del momento y de
movilizar las masas al máximo, llevándolas por el
camino justo de la resolución de las contradicciones
fundamentales.
En el desarrollo del tema hemos supuesto que
eventualmente se aceptará la idea de la lucha armada
y también la fórmula de la guerra de guerrillas como
método de combate. ¿Por qué estimamos que, en las
condiciones actuales de América, la guerra de
guerrillas es la vía correcta? Hay argumentos
fundamentales que, en nuestro concepto, determinan
la necesidad de la acción guerrillera en América
como eje central de la lucha.
Primero: aceptando como verdad que el enemigo
luchará por mantenerse en el poder, hay que pensar
en la destrucción del ejército opresor; para
destruirlo hay que oponerle un ejército popular
enfrente. Ese ejército no nace espontáneamente,
tiene que armarse en el arsenal que brinda su
enemigo, y esto condiciona una lucha dura y muy
larga, en la que las fuerzas populares y sus
dirigentes estarían expuestos siempre al ataque de
fuerzas superiores sin adecuadas condiciones de
defensa y maniobrabilidad.
En cambio, el núcleo guerrillero, asentado en
terrenos favorables a la lucha, garantiza la
seguridad y permanencia del mando revolucionario.
Las fuerzas urbanas, dirigidas desde el estado mayor
del ejército del pueblo, pueden realizar acciones de
incalculable importancia. La eventual destrucción de
estos grupos no haría morir el alma de la revolución,
su jefatura, que, desde la fortaleza rural, seguiría
catalizando el espíritu revolucionario de las masas
y organizando nuevas fuerzas para otras batallas.
Además, en esta zona comienza la estructuración del
futuro aparato estatal encargado de dirigir
eficientemente la dictadura de clase durante todo el
período de transición. Cuanto más larga sea la lucha,
más grandes y complejos serán los problemas
administrativos y en su solución se entrenarán los
cuadros para la difícil tarea de la consolidación
del poder y el desarrollo económico, en una etapa
futura.
Segundo: la situación general del campesinado
latinoamericano y el carácter cada vez más explosivo
de su lucha contra las estructuras feudales, en el
marco de una situación social de alianza entre
explotadores locales y extranjeros.
Volviendo a la Segunda Declaración de La Habana:
-
Los pueblos de América se liberaron del
coloniaje español a principios del siglo posado,
pero no se liberaron de la explotación. Los
terratenientes feudales asumieron la autoridad
de los gobernantes españoles, los indios
continuaron en penosa servidumbre, el hombre
latinoamericano en una u otra forma siguió
esclavo y las mínimas esperanzas de los pueblos
sucumben bajo el poder de las oligarquías y la
coyunda del capital extranjero. Esta ha sido la
verdad de América, con uno u otro matiz, con
alguna que otra variante. Hoy América Latina
yace bajo un imperialismo mucho más feroz, mucho
más poderoso y más despiadado que el
imperialismo colonial español.
-
Y ante la realidad objetiva e históricamente
inexorable de la revolución latinoamericana, ¿cuál
es la actitud del imperialismo yanqui?
Disponerse a librar una guerra colonial con los
pueblos de América Latina; crear el aparato de
fuerza, los pretextos políticos y los
instrumentos pseudo legales suscritos con los
representantes de las oligarquías reaccionarias
para reprimir a sangre y fuego la lucha de los
pueblos latinoamericanos.
Esta situación objetiva nos muestra la fuerza que
duerme, desaprovechada, en nuestros campesinos y la
necesidad de utilizarla para la liberación de
América.
Tercero: el carácter continental de la lucha.
¿Podría concebirse esta nueva etapa de la
emancipación de América como el cotejo de dos
fuerzas locales luchando por el poder en un
territorio dado? Difícilmente. La lucha será a
muerte entre todas las fuerzas populares y todas las
fuerzas de represión. Los párrafos arriba citados
también lo predicen.
Los yanquis intervendrán por solidaridad de
intereses y porque la lucha en América es decisiva.
De hecho, ya intervienen en la preparación de las
fuerzas represivas y la organización de un aparato
continental de lucha. Pero, de ahora en adelante, lo
harán con todas sus energías; castigarán a las
fuerzas populares con todas las armas de destrucción
a su alcance; no dejarán consolidarse al poder
revolucionario y, si alguno llegara a hacerlo,
volverán a atacar, no lo reconocerán, tratarán de
dividir las fuerzas revolucionarias, introducirán
saboteadores de todo tipo, crearán problemas
fronterizos, lanzarán a otros estados reaccionarios
en su contra, intentarán ahogar económicamente al
nuevo estado, aniquilarlo, en una palabra.
Dado este panorama americano, se hace difícil que la
victoria se logre y consolide en un país aislado. A
la unión de las fuerzas represivas debe contestarse
con la unión de las fuerzas populares. En todos los
países en que la opresión llegue a niveles
insostenibles, debe alzarse la bandera de la
rebelión, y esta bandera tendrá, por necesidad
histórica, caracteres continentales. La cordillera
de los Andes está llamada a ser la Sierra Maestra de
América, como dijera Fidel, y todos los inmensos
territorios que abarca este Continente están
llamados a ser escenarios de la lucha a muerte
contra el poder imperialista.
No podemos decir cuándo alcanzará estas
características continentales, ni cuánto tiempo
durará la lucha, pero podemos predecir su
advenimiento y su triunfo, porque es resultado de
circunstancias históricas, económicas y políticas
inevitables y su rumbo no se puede torcer.
Iniciarla cuando las condiciones estén dadas,
independientemente de la situación de otros países,
es la tarea de la fuerza revolucionaria en cada país.
El desarrollo de la lucha irá condicionando la
estrategia general; la predicción sobre el carácter
continental es fruto del análisis de las fuerzas de
cada contendiente, pero esto no excluye, ni mucho
menos, el estallido independiente. Así como la
iniciación de la lucha en un punto de un país está
destinada a desarrollarla en todo su ámbito, la
iniciación de la guerra revolucionaria contribuye a
desarrollar nuevas condiciones en los países vecinos.
El desarrollo de las revoluciones se ha producido
normalmente por flujos y reflujos inversamente
proporcionales; al flujo revolucionario corresponde
el reflujo contrarrevolucionario y, viceversa, en
los momentos de descenso revolucionario hay un
ascenso contrarrevolucionario. En estos instantes,
la situación de las fuerzas populares se torna
difícil y deben recurrir a los mejores medios de
defensa para sufrir los daños menores. El enemigo es
extremadamente fuerte, continental. Por ello no se
pueden analizar las debilidades relativas de las
burguesías locales con vistas a tomar decisiones de
ámbitos restringidos. Menos podría pensarse en la
eventual alianza de estas oligarquías con el pueblo
en armas. La Revolución cubana ha dado el campanazo
de alarma. La polarización de fuerzas llegará a ser
total: explotadores de un lado y explotados de otro;
la masa de la pequeña burguesía se inclinará a uno u
otro bando, de acuerdo con sus intereses y el
acierto político con que se la trate; la neutralidad
constituirá una excepción. Así será la guerra
revolucionaria.
Pensemos cómo podría comenzar un foco guerrillero.
Núcleos relativamente pequeños de personas eligen
lugares favorables para la guerra de guerrillas, ya
sea con la intención de desatar un contraataque o
para capear el vendaval, y allí comienzan a actuar.
Hay que establecer bien claro lo siguiente: en el
primer momento, la debilidad relativa de la
guerrilla es tal que solamente debe trabajar para
fijarse al terreno, para ir conociendo el medio,
estableciendo conexiones con la población y
reforzando los lugares que eventualmente se
convertirán en su base de apoyo.
Hay tres condiciones de supervivencia de una
guerrilla que comience su desarrollo bajo las
premisas expresadas aquí: movilidad constante,
vigilancia constante, desconfianza constante. Sin el
uso adecuado de estos tres elementos de la táctica
militar, la guerrilla difícilmente sobrevivirá. Hay
que recordar que la heroicidad del guerrillero, en
estos momentos consiste en la amplitud del fin
planteado y la enorme serie de sacrificios que
deberá realizar para cumplimentarlo.
Estos sacrificios no serán el combate diario, la
lucha cara a cara con el enemigo; adquirirán formas
más sutiles y más difíciles de resistir para el
cuerpo y la mente del individuo que está en la
guerrilla.
Serán quizás castigados duramente por los ejércitos
enemigos; divididos en grupos, a veces; martirizados
los que cayeren prisioneros; perseguidos como
animales acosados en las zonas que hayan elegido
para actuar; con la inquietud constante de tener
enemigos sobre los pasos de la guerrilla; con la
desconfianza constante frente a todo, ya que los
campesinos atemorizados los entregarán, en algunos
casos, para quitarse de encima, con la desaparición
del pretexto, a las tropas represivas; sin otra
alternativa que la muerte o la victoria, en momentos
en que la muerte es un concepto mil veces presente y
la victoria el mito que sólo un revolucionario puede
soñar.
Esa es la heroicidad de la guerrilla, por eso se
dice que caminar también es una forma de combatir,
que rehuir el combate en un momento dado no es sino
una forma de combatir. El planteamiento es, frente a
la superioridad general del enemigo, encontrar la
forma táctica de lograr una superioridad relativa en
un punto elegido, ya sea poder concentrar más
efectivos que éste, ya asegurar ventajas en el
aprovechamiento del terreno que vuelque la
correlación de fuerzas. En estas condiciones se
asegura la victoria táctica; si no está clara la
superioridad relativa, es preferible no actuar. No
se debe dar combate que no produzca una victoria,
mientras se pueda elegir el «cómo» y el «cuándo».
En el marco de la gran acción político-militar, del
cual es un elemento, la guerrilla irá creciendo y
consolidándose; se irán formando entonces las bases
de apoyo, elemento fundamental para que el ejército
guerrillero pueda prosperar. Estas bases de apoyo
son puntos en los cuales el ejército enemigo sólo
puede penetrar a costa de grandes pérdidas;
bastiones de la revolución, refugio y resorte de la
guerrilla para incursiones cada vez más lejanas y
atrevidas.
A este momento se llega si se han superado
simultáneamente las dificultades de orden táctico y
político. Los guerrilleros no pueden olvidar nunca
su función de vanguardia del pueblo, el mandato que
encarnan, y por tanto, deben crear las condiciones
políticas necesarias para el establecimiento del
poder revolucionario basado en el apoyo total de las
masas. Las grandes reivindicaciones del campesinado
deben ser satisfechas en la medida y forma que las
circunstancias aconsejen, haciendo de toda la
población un conglomerado compacto y decidido.
Si difícil será la situación militar de los primeros
momentos, no menos delicada será la política; y si
un solo error militar puede liquidar la guerrilla,
un error político puede frenar su desarrollo durante
grandes períodos.
Político-militar es la lucha, así hay que
desarrollarla y, por lo tanto, entenderla.
La guerrilla, en su proceso de crecimiento, llega a
un instante en que su capacidad de acción cubre una
determinada región para cuyas medidas sobran hombres
y hay demasiada concentración en la zona. Allí
comienza el efecto de colmena, en el cual uno de los
jefes, guerrillero distinguido, salta a otra región
y va repitiendo la cadena de desarrollo de la guerra
de guerrillas, sujeto, eso sí, a un mando central.
Ahora bien, es preciso apuntar que no se puede
aspirar a la victoria sin la formación de un
ejército popular. Las fuerzas guerrilleras podrán
extenderse hasta determinada magnitud; las fuerzas
populares, en las ciudades y en otras zonas
permeables del enemigo, podrán causarle estragos,
pero el potencial militar de la reacción todavía
estaría intacto. Hay que tener siempre presente que
el resultado final debe ser el aniquilamiento del
adversario. Para ello, todas estas zonas nuevas que
se crean más las zonas de perforación del enemigo
detrás de sus líneas, más las fuerzas que operan en
las ciudades principales, deben tener una relación
de dependencia en el mando. No se podrá pretender
que exista la cerrada ordenación jerárquica que
caracteriza a un ejército, pero sí una ordenación
estratégica. Dentro de determinadas condiciones de
libertad de acción, las guerrillas deben de cumplir
todas las órdenes estratégicas del mando central,
instalado en algunas de las zonas, la más segura, la
más fuerte, preparando las condiciones para la unión
de las fuerzas en un momento dado. ¿Habrá otras
posibilidades menos cruentas?
La guerra de guerrillas o guerra de liberación
tendrá en general tres momentos: el primero, de la
defensiva estratégica, donde la pequeña fuerza que
huye muerde al enemigo; no está refugiada para hacer
una defensa pasiva en un círculo pequeño, sino que
su defensa consiste en los ataques limitados que
puede realizar. Pasado esto, se llega a un punto de
equilibrio en que se estabilizan las posibilidades
de acción del enemigo y de la guerrilla y, luego, el
momento final de desbordamiento del ejército
represivo que llevará a la toma de las grandes
ciudades, a los grandes encuentros decisivos, al
aniquilamiento total del adversario.
Después de logrado el punto de equilibrio, donde
ambas fuerzas se respetan entre sí, al seguir su
desarrollo, la guerra de guerrillas adquiere
características nuevas.
Empieza a introducirse el concepto de la maniobra;
columnas grandes que atacan puntos fuertes; guerra
de movimientos con traslación de fuerzas y medios de
ataque de relativa potencia. Pero, debido a la
capacidad de la resistencia y contraataque que
todavía conserva el enemigo, esta guerra de maniobra
no sustituye definitivamente a las guerrillas; es
solamente una forma de actuar de las mismas, una
magnitud superior de las fuerzas guerrilleras, hasta
que, por fin, cristaliza en un ejército popular con
cuerpos de ejércitos. Aún en este instante,
marchando delante de las acciones de las fuerzas
principales, irán las guerrillas en su estado de «pureza»,
liquidando las comunicaciones, saboteando todo el
aparato defensivo del enemigo.
Habíamos predicho que la guerra sería continental.
Esto significa también que será prolongada; habrá
muchos frentes, costará mucha sangre, innúmeras
vidas durante largo tiempo. Pero, algo más, los
fenómenos de polarización de fuerzas que están
ocurriendo en América, la clara división entre
explotadores y explotados que existirá en las
guerras revolucionarias futuras, significan que, al
producirse la toma del poder por la vanguardia
armada del pueblo, el país, o los países, que lo
consigan, habrán liquidado simultáneamente, en el
opresor, a los imperialistas y a los explotadores
nacionales. Habrá cristalizado la primera etapa de
la revolución socialista; estarán listos los pueblos
para restañar sus heridas e iniciar la construcción
del socialismo.
¿Habrá otras posibilidades menos cruentas?
Hace tiempo que se realizó el último reparto del
mundo en el cual a los Estados Unidos le tocó la
parte del león de nuestro Continente; hoy se están
desarrollando nuevamente los imperialistas del viejo
mundo y la pujanza del mercado común europeo
atemoriza a los mismos norteamericanos. Todo esto
podría hacer pensar que existiera la posibilidad de
asistir como espectadores a la pugna
interimperialista para luego lograr avances, quizás
en alianza con las burguesías nacionales más fuertes.
Sin contar con que la política pasiva nunca trae
buenos resultados en la lucha de clases y las
alianzas con la burguesía, por revolucionaria que
ésta luzca en un momento dado, sólo tiene carácter
transitorio, hay razones de tiempo que inducen a
tomar otro partido. La agudización de la
contradicción fundamental luce ser tan rápida en
América que molesta el «normal» desarrollo de las
contradicciones del campo imperialista en su lucha
por los mercados.
Las burguesías nacionales se han unido al
imperialismo norteamericano, en su gran mayoría, y
deben correr la misma suerte que éste en cada país.
Aun en los casos en que se producen pactos o
coincidencias de contradicciones entre la burguesía
nacional y otros imperialismos con el norteamericano,
esto sucede en el marco de una lucha fundamental que
englobará necesariamente, en el curso de su
desarrollo, a todos los explotados y a todos los
explotadores. La polarización de fuerzas
antagónicas de adversarios de clases, es hasta ahora,
más veloz que el desarrollo de las contradicciones
entre explotadores por el reparto del botín. Los
campos son dos: la alternativa se vuelve más clara
para cada quien individual y para cada capa especial
de la población.
La Alianza para el Progreso es un intento de
refrenar lo irrefrenable.
Pero si el avance del mercado común europeo o
cualquier otro grupo imperialista sobre los mercados
americanos, fuera más veloz que el desarrollo de la
contradicción fundamental, sólo restaría introducir
las fuerzas populares como cuña, en la brecha
abierta, conduciendo éstas toda la lucha y
utilizando a los nuevos intrusos con clara
conciencia de cuáles son sus intenciones finales.
No se debe entregar ni una posición, ni un arma, ni
un secreto al enemigo de clase, so pena de perderlo
todo.
De hecho, la eclosión de la lucha americana se ha
producido. ¿Estará su vórtice en Venezuela,
Guatemala, Colombia, Perú, Ecuador...? ¿Serán estas
escaramuzas actuales sólo manifestaciones de una
inquietud que no ha fructificado? No importa cuál
sea el resultado de las luchas de hoy. No importa,
para el resultado final, que uno u otro movimiento
sea transitoriamente derrotado. Lo definitivo es la
decisión de lucha que madura día a día; la
conciencia de la necesidad del cambio revolucionario,
la certeza de su posibilidad.
Es una predicción. La hacemos con el convencimiento
de que la historia nos dará la razón. El análisis de
los factores objetivos y subjetivos de América y del
mundo imperialista, nos indica la certeza de estas
aseveraciones basadas en la Segunda Declaración de
La Habana.
[Cuba Socialista, septiembre de 1963
Prólogo a
Guerra del pueblo, ejército del pueblo
[Prólogo al libro de Vo Nguyen Giap,
Guerra del pueblo, ejército del pueblo,
Editora Política, La Habana 1964]
(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial
de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas
225-232)
Consideramos un alto honor prologar este libro
basado en los escritos del vicegeneral Vo Nguyen
Giap, actualmente Primer Ministro, Ministro de la
Defensa Nacional y Comandante en Jefe del Ejército
Popular de la República Democrática de Vietnam. El
general Giap habla con la autoridad que le confiere
su larga experiencia personal y la del partido en la
lucha de liberación. La obra, que tiene de por sí
una actualidad permanente, reviste más interés, si
cabe, debido a la tumultuosa serie de
acontecimientos ocurridos en los últimos tiempos en
esta región de Asia, y a las controversias surgidas
sobre el uso adecuado de la lucha armada como medio
de resolver las contradicciones insalvables entre
explotadores y explotados, en determinadas
condiciones históricas.
Los combates que, exitosamente, llevaran durante
largos años los heroicos ejércitos y el pueblo
entero de Vietnam, se repiten ahora; Vietnam del Sur
está en pie de guerra; la parte del país arrebatada
a su legítimo dueño, el pueblo vietnamita, está cada
vez más cerca de la victoria. Aún cuando los
enemigos imperialistas amenacen con enviar miles de
hombres, los desaforados hablen del uso de la bomba
atómica táctica y el general Taylor sea nombrado
embajador de la llamada «República de Vietnam del
Sur» y, tácitamente, comandante en jefe de los
ejércitos que tratarán de liquidar la guerra del
pueblo, nada impedirá su derrota. Muy cerca, en
Laos, se ha encendido la guerra civil, provocada
también por las maniobras de los norteamericanos,
apoyados de una manera u otra por sus aliados de
siempre, y el reino neutral de Cambodia, parte, como
sus hermanos Laos y Vietnam, de la antiguamente
llamada lndochina Francesa, está sujeta a
violaciones de sus fronteras y a ataques
permanentes, por su posición enhiesta en defensa de
la neutralidad y de su derecho a vivir como nación
soberana.
Por todo esto, la obra que prologamos rebasa los
límites de un episodio histórico determinado y
adquiere vigencia para toda la zona; pero, además,
los problemas que plantea tienen particular
importancia para la mayor parte de los pueblos de
América Latina sometidos al dominio del imperialismo
norteamericano, sin contar con que sería de
extraordinario interés el conocimiento de ella para
todos los pueblos del Africa que día a día sostienen
luchas cada vez más duras, pero también
repetidamente victoriosas, contra los colonialistas
de diversa índole.
Vietnam tiene características especiales; una
civilización muy vieja y una larga tradición como
reino independiente con particularidades propias y
cultura autóctona. Dentro de su milenaria historia,
el episodio del colonialismo francés apenas es una
gota de agua. Sin embargo, sus cualidades
fundamentales y las opuestas del agresor, igualan,
en términos generales, las contradicciones
insalvables que se presentan en todo el mundo
dependiente, así como la forma de resolverlas: Cuba,
sin conocer estos escritos, así como tampoco otros
que sobre el tema se habían hecho narrando las
experiencias de la Revolución china, inició el
camino de su liberación por métodos parecidos, con
el éxito que está hoy a la vista de todos.
Por tanto, esta obra plantea cuestiones de interés
general para el mundo en lucha por su liberación.
Pueden resumirse así: la factibilidad de la lucha
armada, en condiciones especiales en que hayan
fracasado los métodos pacíficos de lucha de
liberación; el tipo que debe tener ésta, en lugares
con grandes extensiones de terreno favorable a la
guerra de guerrillas y con población campesina
mayoritaria o importante.
A pesar de que el libro está basado en una
recopilación de artículos, tiene buena ilación, y
ciertas repeticiones no hacen más que darle mayor
vigor al conjunto.
Se trata en él de la guerra de liberación del pueblo
vietnamita; de la definición de esta lucha como
guerra del pueblo y de su brazo ejecutor como
ejército del pueblo; de la exposición de las grandes
experiencias del partido en la dirección de la lucha
armada y la organización de las fuerzas armadas
revolucionarias. El capítulo final versa sobre el
episodio definitivo de la contienda, Dien Bien Fu,
en el que ya las fuerzas de liberación ganan en
calidad y pasan a la guerra de posiciones,
derrotando también en este terreno al enemigo
imperialista.
Se empieza narrando cómo, después de acabada la
guerra mundial con el triunfo de la Unión Soviética
y de las potencias aliadas del Occidente, Francia
burló todos los acuerdos y llevó a una situación de
extrema tensión a todo el país. Los métodos
pacíficos y racionales de resolver las controversias
fueron demostrando su inutilidad, hasta que el
pueblo tomó la vía de la lucha armada; en ésta, por
las características del país, el peso fundamental
recaía en el campesinado. Era una guerra de
características campesinas, por los lugares
fundamentales de acción y por la composición
fundamental del ejército, pero estaba dirigida por
la ideología del proletariado, haciendo válida una
vez más la alianza obrero-campesina como factor
fundamental de la victoria. Aunque en los primeros
momentos, por la característica de la lucha
anticolonialista y antiimperialista, era una guerra
de todo el pueblo, y una gran cantidad de gentes
cuya extracción no respondía exáctamente a las
definiciones clásicas de campesino pobre o de obrero,
se incorporaba también a la lucha de liberación;
poco a poco se definían los campos y comenzaba la
lucha antifeudal, logrando entonces su verdadero
carácter de antiimperialista, anticolonialista,
antifeudal, dando como resultado el establecimiento
de una revolución socialista.
La lucha de masas fue utilizada durante todo el
transcurso de la guerra por el partido vietnamita.
Fue utilizada, en primer lugar, porque la guerra de
guerrilla no es sino una expresión de la lucha de
masas y no se puede pensar en ella cuando ésta está
aislada de su medio natural, que es el pueblo; la
guerrilla significa, en este caso, la avanzada
numéricamente inferior de la gran mayoría del pueblo
que no tiene armas pero que expresa en su vanguardia
la voluntad de triunfo. Además, la lucha de masas
fue utilizada en las ciudades en todo momento como
arma imprescindible para el desarrollo de la lucha;
es bien importante significar que nunca en el
transcurso de la acción por la liberación del pueblo
vietnamita, la lucha de masas nada entregó de sus
derechos para acogerse a determinadas concesiones
del régimen; no parlamentó sobre concesiones mutuas,
planteó la necesidad de obtener determinadas
libertades y garantías sin contrapartida alguna,
evitando así que, en muchos sectores, la guerra se
hiciera más cruel aún de lo que la hacían los
colonialistas franceses. Este significado de la
lucha de masas en su carácter dinámico, sin
compromisos, le da una importancia fundamental a la
comprensión del problema de la lucha por la
liberación en Latinoamérica.
El marxismo fue aplicado consecuentemente a la
situación histórica concreta de Vietnam, y por ello,
guiados por un partido de vanguardia, fiel a su
pueblo y consecuente en su doctrina, lograron tan
sonada victoria sobre los imperialistas.
Las características de la lucha, en donde hubo que
ceder terreno y esperar muchos años para ver el
resultado final de la victoria, con vaivenes, flujos
y reflujos, le dan el carácter de guerra prolongada.
Durante todo el tiempo de la lucha se pudo decir que
el frente estaba donde estaba el enemigo; en un
momento dado, éste ocupaba casi todo el país y el
frente estaba diseminado por donde el enemigo
estuviera; después hubo una delimitación de líneas
de combate y allí había un frente principal, pero la
retaguardia enemiga constituía constantemente otro
escenario para los bandos en lucha, de manera que la
guerra fue total y que nunca los colonialistas
pudieron movilizar cómodamente, en un terreno de
base sólida, sus tropas de agresión contra las zonas
liberadas.
La consigna «dinamismo, iniciativa, movilidad,
decisión rápida ante situaciones nuevas», es
síntesis suma de la táctica guerrillera, y en esas
pocas palabras está expresado todo el dificilísimo
arte de la guerra popular.
En ciertos momentos, las nuevas guerrillas, alzadas
bajo la dirección del partido, estaban todavía en
lugares en los cuales la penetración francesa era
muy fuerte y la población estaba aterrorizada; en
esos casos, practicaban constantemente lo que los
vietnamitas llaman la «propaganda armada». La
propaganda armada es simplemente la presencia de
fuerzas de liberación en determinados lugares, que
van mostrando su poderío y su embatibilidad, sumidos
en el gran mar del pueblo como el pez en el agua. La
propaganda armada, al perpetuarse en la zona,
catalizaba las masas con su presencia y
revolucionaba inmediatamente la región, agregando
nuevos territorios a los ya obtenidos por el
ejército del pueblo. Es así como proliferan las
bases y las zonas guerrilleras en todo el territorio
vietnamita; la táctica, en este caso, estaba
resumida en una consigna que se expresa así: Si el
enemigo se concentra, pierde terreno, si se diluye,
pierde fuerza, en el momento en que el enemigo se
concentra para atacar duramente, hay que
contraatacar en todos los lugares donde renunció al
empleo disperso de sus fuerzas; si el enemigo vuelve
a ocupar determinados lugares con pequeños grupos,
el contraataque se hará de acuerdo con la
correlación existente en cada lugar, pero la fuerza
fundamental de choque del enemigo se habrá diluido
una vez más. Esta es otra de las enseñanzas
fundamentales de la guerra de liberación del pueblo
vietnamita.
En la lucha se ha pasado por tres etapas que
caracterizan, en general, el desarrollo de la guerra
del pueblo; se inicia con guerrillas de pequeño
tamaño, de extraordinaria movilidad, diluibles
completamente en la geografía física y humana de la
región: con el correr del tiempo se producen
procesos cuantitativos que, en un momento dado, den
paso al gran salto cualitativo que es la guerra de
movimientos. Aquí son grupos más compactos los que
actúan, dominando zonas enteras; aunque sus medios
son mayores y su capacidad de golpear al enemigo
mucho más fuerte, la movilidad es su característica
fundamental. Después de otro período, cuando maduran
las condiciones, se llega a la etapa final de la
lucha en que el ejército se consolida e, incluso, a
la guerra de posiciones, como sucedió en Dien Bien
Fu, puntillazo a la dictadura colonial.
En el transcurso de la contienda que,
dialécticamente, se va desarrollando hasta culminar,
en el ataque de Dien Bien Fu, en guerra de
posiciones, se crean zonas liberadas, o
semiliberadas del enemigo, que constituyen
territorios de autodefensa. La autodefensa es
concebida por los vietnamitas también en un sentido
activo como parte de una lucha única contra el
enemigo; las zonas de autodefensa pueden defenderse
ellas mismas de ataques limitados, suministran
hombres al ejército del pueblo, mantienen la
seguridad interna de la región, mantienen la
producción y aseguran él abastecimiento del frente.
La autodefensa no es nada más que una parte mínima
de un todo, con características especiales; nunca
puede concebirse una zona de autodefensa como un
todo en sí, es decir, una región donde las fuerzas
populares traten de defenderse del ataque del
enemigo mientras todo el territorio exterior a dicha
zona permanece sin convulsiones. Si así sucediera,
el foco sería localizado, atenazado y abatido, a
menos que pasara inmediatamente a la fase primera de
la guerra del pueblo, es decir, a la lucha de
guerrillas.
Como ya hemos dicho, todo el proceso de la lucha
vietnamita debió basarse fundamentalmente en el
campesinado.
En un primer momento, sin una definición clara de
los contornos de la lucha, ésta se hacía solamente
por el interés de la liberación nacional, pero poco
a poco se delimitaban los campos, se transformaban
en una típica guerra campesina y la reforma agraria
se establecía en el curso de la lucha, cuando se
profundizaban las contradicciones y a la vez, la
fuerza del ejército del pueblo; es la manifestación
de la lucha de clases dentro de la sociedad en
guerra. Esta era dirigida por el partido con el fin
de anular a la mayor cantidad posible de enemigos y
de utilizar al máximo las contradicciones con el
colonialismo de los amigos poco firmes. Así,
conjugando acertadamente las contradicciones, pudo
el partido aprovechar todas las fuerzas emanadas de
estos choques y alcanzar el triunfo en el menor
tiempo posible.
Nos narra también el compañero Vo Nguyen Giap, la
estrecha ligazón que existe entre el partido y el
ejército, cómo, en esta lucha, el ejército no es
sino una parte del partido dirigente de la lucha. De
la estrecha ligazón que existe a su vez entre el
ejército y el pueblo; cómo ejército y pueblo no son
sino la misma cosa, lo que una vez más se ve
corroborado en la síntesis magnífica que hiciera
Camilo: «el ejército es el pueblo uniformado.» El
cuerpo armado, durante la lucha y después de ella,
ha debido adquirir una técnica nueva, técnica que le
permita superar las nuevas armas del enemigo y
rechazar cualquier tipo de ofensiva.
El soldado revolucionario tiene una disciplina
consciente. Durante todo el proceso se caracteriza
fundamentalmente por su autodisciplina. A su vez, en
el ejército del pueblo, respetando todas las reglas
de los códigos militares, debe haber una gran
democracia interna y una gran igualdad en la
obtención de los bienes necesarios a los hombres en
lucha.
En todas estas manifestaciones, el general Nguyen
Giap, señala lo que nosotros conocemos por nuestra
propia experiencia, experiencia que se realiza
algunos años después de logrado el triunfo por las
fuerzas populares vietnamitas, pero que refuerza la
idea de la necesidad del análisis profundo de los
procesos históricos del momento actual. Este debe
ser hecho a la luz del marxismo, utilizando toda su
capacidad creadora, para poder adaptarlo a las
cambiantes circunstancias de países, disímiles en
todo el aspecto exterior de su conformación, pero
iguales en la estructura colonizada, la existencia
de un poder imperialista opresor y de una clase
asociada a él por vínculos muy estrechos. Después de
un análisis certero, llega el general Giap a la
siguiente conclusión: «En la coyuntura actual del
mundo, una nación, aunque sea pequeña y débil, que
se alce como un solo hombre bajo la dirección de la
clase obrera para luchar resueltamente por su
independencia y la democracia, tiene la posibilidad
moral y material de vencer a todos los agresores, no
importa quienes sean. En condiciones históricas
determinadas, esta lucha por la liberación nacional
puede pasar por una lucha armada de larga duración
-la resistencia prolongada- para alcanzar el triunfo.»
Estas palabras sintetizan las características
generales que debe asumir la guerra de liberación en
los territorios dependientes.
Creemos que la mejor declaración para acabar el
prólogo, es la misma que utilizan los editores de
este libro y con la que estamos identificados: «Ojalá
que todos nuestros amigos que, como nosotros, sufren
todavía los ataques y las amenazas del imperialismo,
puedan encontrar en Guerra del pueblo, ejército
del pueblo, lo que hemos hallados nosotros
mismos: nuevos motivos de fe y esperanzas.»
[Prólogo al libro de Vo Nguyen Giap, Guerra del
pueblo, ejército del pueblo, Editora Política,
La Habana 1964.]
Consejos al combatiente
|
Moral y disciplina de los combatientes
revolucionarios
[Verde Olivo, 17 de marzo de
1960.]
Todos conocen lo que fue nuestro
Ejército Rebelde. Por familiar, casi se
desprecia la gesta de nuestra
emancipación, lograda sobre la sangre de
veinte mil mártires y el empuje
multitudinario del pueblo. Hay, sin
embargo, razones profundas que hicieron
realidad este triunfo. La dictadura creó
los fermentos necesarios con su política
de opresión de las masas populares para
mantener el régimen de privilegios.
Privilegios de paniaguados, privilegios
de latifundistas y empresarios parásitos,
privilegios de los monopolios
extranjeros iniciada la contienda, la
represión y brutalidad del régimen
aumentaron la resistencia popular lejos
de disminuirla; la desmoralización y
desvergüenza de la casta militar
facilitó la tarea; las agrestes montañas
de Oriente y la impericia táctica de
nuestros enemigos, hicieron lo suyo.
Pero esta guerra la ganó el pueblo por
la acción de su vanguardia armada
combatiente, el Ejército Rebelde; y las
armas fundamentales de este Ejército
eran su moral y disciplina.
Disciplina y moral son las bases sobre
las que se asienta la fuerza de un
ejército, cualquiera que sea su
composición. Examinemos ambos términos:
la moral de un ejército tiene dos fases
que se complementan mutuamente; hay una
moral en cuanto al sentido ético de la
palabra y otra en su sentido heroico;
toda agrupación armada, para ser
perfecta, tiene que reunir ambas.
La moral en cuanto a ética ha cambiado
en el transcurso de los tiempos y de
acuerdo con las predominantes en una
sociedad dada. Saquear las casas y
llevarse todos los objetos de valor era
lo correcto en la sociedad feudal, pero
quien les llevara las mujeres como
prenda, habría faltado a sus deberes
morales, y un ejército que lo hiciera
como norma, estaría viviendo al margen
de la época. Sin embargo, tiempo antes
de esto era lo correcto y las mujeres de
los vencidos pasaban a formar parte del
patrimonio del vencedor.
Todos los ejércitos deben cuidar
celosamente su moral ética, como parte
sustancial de su estructura, así como
factor de lucha, como factor de
endurecimiento del soldado.
La moral en un sentido heroico es esa
fuerza combativa, esa fe en el triunfo
final y en la justicia de la causa que
lleva a los soldados a efectuar los más
extraordinarios hechos de valor.
Moral de lucha tenían los «maquis»
franceses que emprendieron la lucha en
condiciones difíciles, aparentemente sin
esperanzas, abrumadoramente adversas y,
sin embargo, por la convicción de que
peleaban por una causa justa, por la
indignación que provocaban en ellos los
crímenes y las bestialidades de los
nazis, supieron mantener la acción hasta
vencer.
Moral de lucha tenían los guerrilleros
yugoslavos que con el país ocupado por
una potencia cincuenta veces superior se
lanzan a la lucha y la mantienen, sin
desmayo, hasta vencer.
Moral de lucha tienen los defensores de
Stalingrado que con fuerzas varias veces
inferiores, con el río a la espalda,
resisten la abrumadora y larga ofensiva,
defienden cada colina y cada zanja, cada
casa y cada cuarto de las casas, cada
calle y cada acera de su ciudad hasta
que el ejército soviético puede montar
la contraofensiva, tender el gigantesco
cerco y destruir, rendir y tomar
prisioneros a los atacantes.
Moral de lucha, si se quiere un ejemplo
distante, es la de los defensores de
Verdún, que rechazan una ofensiva tras
otra y detienen a un ejército muchas
veces superior en número y armamentos.
Moral de combate la que tuvo el Ejército
Rebelde en las sierras y llanos de
nuestros campos de batalla. Y eso mismo
es lo que le faltó al ejército
mercenario para poder hacer frente al
aluvión guerrillero. Nosotros sentíamos
el verso vigoroso de nuestro himno
nacional: «Morir por la patria es vivir»;
ellos lo conocían por cantarlo, pero no
lo sentían en su interior. El
sentimiento de justicia en una causa y
el sentimiento de no saber por qué se
pelea en la otra, establecían las
grandes diferencias entre ambos soldados.
Entre los dos tipos de moral, la moral
ética y la moral de lucha, hay un nexo
de unión que las convierte en un todo
armónico: la disciplina. Hay distintas
formas de disciplina pero
fundamentalmente, hay una disciplina
exterior al individuo y otra interior a
él. Los regímenes militaristas trabajan
constantemente sobre la exterior.
También aquí se notaba la enorme
diferencia entre dos tipos de ejércitos;
el de la dictadura, practicando su
moral, su disciplina cuartelaria,
exterior, mecánica y fría y el
guerrillero, con su notable disciplina
exterior grande y una interior grande;
esto rebaja automáticamente su moral de
lucha. ¿Lucha por qué y para qué? ¿Luchar
por mantener ciertas prebendas de nivel
íntimo en el soldado? ¿El derecho a
expoliar, a cobrar por la bolita, a
tener algunas participaciones en la
valla, el derecho a hacer el ratero
uniformado? pero por ese derecho la
gente no pelea sino hasta un momento
determinado; hasta que se le exige el
sacrificio de la vida...
Del otro lado un ejército con una enorme
moral ética, una disciplina exterior
inexistente y una rígida disciplina
interior, nacida del convencimiento. El
soldado rebelde no bebía, no porque su
superior lo fuera a castigar, sino
porque no debía beber, porque su moral
le imponía el no beber y su disciplina
interior reafirmaba la imposición de la
moral de ese ejército, que iba
sencillamente a luchar porque entendía
que era su deber entregar la vida por
una causa.
Fue puliéndose la moral y cimentándose
la disciplina hasta hacerse nuestro
ejército invencible, pero vino la paz,
producto del triunfo, y se inició el
gran choque entre dos conceptos y dos
organizaciones: la antigua, de
disciplina exterior, mecánica, sujeta a
moldes rígidos y la nueva, de disciplina
interior, sin moldes pre-establecidos.
De ese choque surgieron las dificultades
de todos conocidas en cuanto a la
estructuración final de nuestro Ejército.
Hoy se ha superado el problema, después
de analizado y comprendido. Estamos
tratando de dar a nuestras fuerzas
armadas rebeldes, el mínimo de
disciplina mecánica necesaria para el
funcionamiento armónico de grandes
unidades con el máximo de disciplina
interior, proveniente del estudio y la
comprensión de nuestros deberes
revolucionarios. Hoy como ayer, aunque
exista un aparato que se dedique
específicamente a castigar las faltas,
la disciplina no puede ser dada de modo
completo por un mecanismo exterior, sino
lograda por el afán interior de
superación de todos los errores
cometidos. ¿Cómo lograr esto? Es tarea
paciente de los adoctrinadores
revolucionarios que vayan sembrando en
la masa de nuestro Ejército las grandes
consignas nacionales.
Como todos los ejércitos del mundo debe
éste, nuestro Ejército, respetar a sus
superiores, obedecer las órdenes
inmediatamente, servir infatigablemente
en el lugar donde se lo sitúe -pero debe
además ser un juez y un investigador de
la sociedad. Investigador en cuanto a
que mediante su contacto con el pueblo
pueda averiguar todos los sentimientos
de éste, para comunicarlo a la
superioridad con un sentido constructivo,
juez en cuanto a que tiene la obligación
de denunciar toda clase de abusos
cometidos fuera o dentro del ejército,
para tratar de eliminarlos. En esta
tarea diferente del Ejército Rebelde es
donde se prueban las virtudes de la
disciplina interior que tiene como meta
el perfeccionamiento total del individuo.
Igual que en la Sierra, no debe beber el
Rebelde, no por el castigo que pueda
aplicarle el organismo encargado de
hacerlo, sino simplemente porque la
causa que defendemos, que es la causa de
los humildes y del pueblo nos exige no
beber, para mantener despierta la mente,
rápido el músculo y en alto la moral de
cada soldado, y debe recordarse que hoy,
como ayer, el Rebelde es el centro de
las miradas de la población y constituye
un ejemplo para ella. No hay ni puede
haber un gran Ejército, si no está
convencido el grueso de la población de
las virtudes inmensas del que hoy
tenemos. Nuestra agrupación armada no
acaba en los límites precisos en que un
hombre deja el uniforme; tenemos al
pueblo entero con nosotros y debemos
disponer de él, debemos hacer que para
ese pueblo, obrero, campesino,
estudiante, profesional, sea un honor
empuñar el arma que le permita luchar en
algún caso al lado de los que están
uniformados en las Fuerzas Armadas.
Debemos ser, pues, guía de la población
civil. Mucho más difícil que pelear,
mucho más difícil aún que trabajar en
las áreas pacíficas de construcción del
país, es mantener la línea necesaria sin
desviarse un centímetro de ella durante
todas las horas de cada uno de los días.
Cuando se logre en todas nuestras
Fuerzas Armadas la cohesión suficiente y
a nuestra moral de lucha se agreguen una
alta moral ética con el complemento
necesario de las disciplinas interior y
exterior, se habrá logrado la base firme
y duradera del gran ejército del futuro,
que es el pueblo entero de Cuba.
[Verde Olivo, 17 de marzo de
1960.] |
La
disciplina de fuego en el combate
[Verde Olivo, 8 de mayo
de 1960.]
Las armas modernas de infantería, como: la pistola
ametralladora, el fusil automático, las
ametralladoras, los fusiles lanzagranadas, los
morteros, &c., poseyendo gran rapidez y volumen de
fuego, constituyen el armamento básico de las
unidades y, por lo tanto, de su empleo dependerá en
resumidas cuentas, el resultado del combate.
Para poder sacar el máximo rendimiento de cualquiera
de las armas por separado y en su conjunto, no basta
con que todos los combatientes conozcan su
funcionamiento y sepan dispararlas con precisión. En
el combate adquiere importancia capital lo que se
llama «disciplina de fuego». No basta con saber
tirar. Se requiere saber cuando, con qué armas, con
qué rapidez y contra qué blanco nuestro fuego
resultará más eficaz.
Por otra parte, las armas automáticas y
semiautomáticas «tragan» tanta munición que sin una
férrea disciplina de fuego corremos el peligro de
encontrarnos sin munición y desarmados al llegar el
momento culminante del combate. Bastará recordar,
que una escuadra de 7 hombres armados con 6 fusiles
automáticos y 1 lanzagranadas es capaz de disparar
en un minuto 2400 balas y unas 10 granadas, o sea,
cerca de 70 kilogramos de munición, mucho más de lo
que hace falta, en circunstancias normales, para
sostener todo un día de combate.
Por todo esto, durante el combate (sea éste
defensivo u ofensivo) la tarea principal de los
jefes de escuadra y pelotón reside en la dirección y
control del fuego. El jefe de la escuadra dirige y
controla el fuego de sus hombres, el del pelotón el
fuego de sus escuadras.
Todos los combatientes (salvo los centinelas) deben
de abstenerse de hacer fuego con sus armas sin orden
expreso de su jefe inmediato.
En el combate ofensivo, el jefe del pelotón al fijar
las misiones a las escuadras determina la dirección
de progresión de las mismas, los objetivos enemigos
a batir con el fuego de cada una de ellas, el orden
con que una escuadra protege el avance de la otra
indica también la cadencia del fuego a efectuar y el
gasto de municiones que se autoriza para cada etapa
del combate. El jefe de la escuadra por su parte
hace lo mismo con cada uno de sus hombres y
progresando con ellos cuida de que en ningún momento
la disciplina de fuego se altere.
Más importancia adquiere aún, si cabe, la disciplina
de fuego en el combate defensivo cuando es imposible
determinar de antemano la duración del mismo. El
jefe del pelotón, al fijar las posiciones a ocupar
por las escuadras y los sectores de tiro de las
mismas, parte del principio de no dejar lugares sin
batir con mínimo gasto de municiones. Indica también
las distancias a que se autoriza a abrir el fuego
con las diferentes armas (como regla: no mas lejos
de 1000 metros para las ametralladoras, de 500
metros para los fusiles automáticos y de 200 para
las pistolas ametralladoras). A excepción de los
casos en que se hallen aisladas, las escuadras abren
el fuego sólo con la autorización del jefe del
pelotón. El jefe de la escuadra controla el fuego de
sus hombres prestando especial atención a la
concentración del mismo sobre el enemigo más
peligroso, sin permitir con todo esto, que exijan de
las armas cadencias de fuego demasiado elevadas. (La
mayor efectividad de las armas automáticas, al mismo
tiempo que una vida más larga de las mismas, se
consigue con las siguientes cadencias de fuego:
fusil automático en ráfagas de 2-3 balas;
ametralladora ligera 4-5 balas por ráfaga;
ametralladora pesada 7-8. Las pausas entre ráfaga y
ráfaga dependerán de la situación concreta, pero
nunca serán más cortas que el tiempo necesario para
afinar de nuevo la puntería.)
Combatiente: Recuerda que el arma que está en tus
manos y las municiones para ella, han sido pagadas
con los sudores del pueblo para defender la Patria.
Cuida del arma como de la niña de tus ojos y que
cada una de tus balas cueste la vida a un invasor, a
un enemigo de la Patria.
[Verde Olivo, 8 de mayo de 1960.]
Solidaridad en el combate
[Verde Olivo, 15 de mayo de 1960.]
La solidaridad en el combate es una de las formas
más simples y elementales de la cooperación, base
del combate moderno.
Cuando todos los combatientes iban armados del mismo
modo, con palos o mazas de combate, la cooperación
se reducía a atacar simultáneamente varios a un
mismo enemigo al objeto de asegurar la superioridad
necesaria para ponerlo rápidamente fuera de combate
y concentrar luego los golpes contra otro adversario.
Así se lograba ir batiendo al enemigo por partes
mediante la concentración sucesiva de los esfuerzos
conjuntos. Esta táctica primitiva ha seguido
manifestándose en formas cada vez más complejas a lo
largo de la larga y sangrienta historia de las
guerras, conforme se iban diferenciando los
armamentos, hasta llegar a la enorme complicación
del combate en la tierra y en el aire con
ametralladoras, morteros, cañones, obuses, tanques,
aviones de caza, asalto, bombardeo, &c.
En el fondo, el problema táctico sigue planteado en
aquellos términos: concentrar el esfuerzo del
conjunto en un lugar y en un tiempo dado para lograr
allí la victoria parcial que se convierte luego en
un triunfo definitivo mediante acciones enérgicas
ininterrumpidas, persiguiendo al enemigo sin dejarle
reorganizarse y volver en sí.
Tanto en la escala grande de los ejércitos de
cientos de miles de hombres como en la escala mínima
del combatiente dentro de la escuadra, la base de la
cooperación es la solidaridad del el combate. ¿Qué
exigencias plantea la solidaridad? Exige la
concentración de los esfuerzos de varios
combatientes sobre un objetivo común, que es el
determinado por el jefe inmediato, en la escuadra
por el cabo. En el campo de batalla hay varios
objetivos, no uno solo y si la escuadra dispersa sus
esfuerzos en varios objetivos, cada soldado en el
que mejor le parezca, la escuadra consumirá sus
balas sin haber alcanzado ningún objetivo, su
combate habrá sido estéril, no habrá podido avanzar
apenas y eso con muchas bajas, porque a fin de
cuentas: ¿Cómo es posible avanzar en el campo de
batalla bajo el fuego enemigo? Unica y
exclusivamente gracias a la cooperación: mientras un
combatiente avanza corriendo arrastrándose, otros
dos por lo menos, deben cubrirlo con sus fuegos. ¿Qué
quiere decir eso? Quiere decir, sencillamente, que
deben impedir que el enemigo asome la cabeza para
ver a su compañero que avanza y apuntarle con
precisión. ¿Cómo impedirlo? No apartando la vista
del lugar desde donde hace fuego el enemigo y
disparando contra él en cuanto asome la cabeza, en
cuanto haga fuego. Para asegurar mejor el avance del
compañero, mientras éste salta a toda carrera desde
un lugar a otro del terreno (piedra, árbol, matorral,
&c.), debe dispararse contra el lugar donde está
emplazado el enemigo. Si en el frente por donde
avanza la escuadra hay dos emplazamientos del
enemigo desde donde éste dirige su fuego, el cabo
señalará a cada dos o tres combatientes el mismo
objetivo. Si apareciesen nuevos objetivos en el
curso del combate, él los asignará a quienes
corresponda o pedirá al jefe del pelotón que los
tome a su cargo.
Así, en el ataque, la base del avance es la
solidaridad; el que salta de un emplazamiento a otro
sabe perfectamente que otros compañeros aseguran su
avance con el fuego, están pendientes de su
seguridad. El, en cuanto llega al nuevo lugar
elegido, busca una posición favorable que le permita
disparar con eficacia sobre el enemigo para proteger
el avance de sus compañeros. Y todo esto ahorrando
bien las balas, sin disparar por meter ruido, apunta
siempre con toda precisión y dispara sólo cuando el
enemigo asome o en dirección a los fogonazos del
arma enemiga.
La solidaridad, basada como decíamos antes en la
cooperación, no excluye en modo alguno la iniciativa.
Si tú ves en el curso del combate que tu vecino
atraviesa una situación difícil, debes ayudarle,
pero hazlo con buen juicio, ten presente que la
mejor ayuda que puedes prestar a tu vecino en el
combate es cumplir la misión que te ha sido impuesta,
esto quiere decir que no debes abandonar, por tu
cuenta y riesgo, el cumplimiento de tu misión. Si
ves que una ametralladora enemiga, pongamos por
ejemplo, abre fuego sobre la escuadra que avanza a
tu derecha y tú ves a los sirvientes de esa
ametralladora, debes de disparar sobre ellos sin
vacilar ni un instante, sin pedir autorización a tu
cabo.
Pero lo que no debes hacer es avanzar tú solo hacia
esa ametralladora separándote de tu escuadra y
abandonando a tus compañeros. Dispara sobre esa
ametralladora que está impidiendo el avance a la
escuadra vecina, advierte pronto a tu cabo de la
aparición de ese nuevo objetivo y sigue cumpliendo
tu misión hasta que se te encomiende otra. Ten en
cuenta que con el avance de la escuadra tuya es como
mejor se ayuda a la escuadra vecina que atraviesa
una situación difícil, porque con su avance tu
escuadra ocupará una posición del terreno que domine
a esa ametralladora y haga más fácil y segura su
destrucción, en el ejemplo que hemos expuesto. De
aquí ves claramente cómo hay que entender la
solidaridad en el combate, en el marco de la
necesaria cooperación, siguiendo la maniobra trazada
por el mando con absoluta disciplina consciente, sin
actuar cada uno «por la libre». Porque la fuerza, no
lo olvides nunca, reside en la unidad, tanto en la
escala de lo grande como en la escala de lo pequeño,
y si rompes esa unidad pierdes la fuerza por grande
que sea tu entusiasmo y mucha tu valentía personal.
Hay otros muchísimos casos en que se requiere la
solidaridad; por ejemplo, si a tu compañero se le
han terminado las balas y tú tienes aún, ¿qué debes
hacer? Piensa qué es más eficaz en el combate: si
diez balas disparadas por un mismo fusil o dos
fusiles disparando cinco balas cada uno. Piensa en
que un combatiente sin balas es en el campo de
batalla un blanco pasivo al tiro del enemigo, no te
podrá proteger en tu avance y tu avance no te
servirá a ti para nada, ya que al llegar a la nueva
posición no podrá proteger el avance tuyo con su
fuego.
Si tu compañero cae herido en el combate ¿qué hacer?
¿Cómo se refleja mejor en este caso la solidaridad?
Si llevado de tus sentimientos de compañerismo le
tomas sobre tus hombros para evacuarle a la
retaguardia resulta que el enemigo no ha puesto a un
hombre fuera de combate, sino a dos y el resto de la
escuadra se ve privada de dos combatientes de una
vez, con lo que será más difícil su avance, podrá
tener más bajas ya que se rompe la base de la
cooperación: dos tiran mientras uno avanza. Ya el
avance de cada uno de los combatientes no podrá ser
cubierto por el fuego de los compañeros, sino por el
de uno sólo, eso significa que la protección será
más débil, el avance más lento, mayores las
posibilidades de sufrir nuevas bajas sin poder
cumplir la misión. Resulta así que por sacar del
peligro a un compañero herido has expuesto a que
sean heridos otros más y has comprometido el éxito
de la escuadra en su conjunto, el éxito de la
maniobra del pelotón. Piensa bien: ¿qué has logrado
al llevar unos cientos de metros atrás a tu
compañero herido? Has logrado ponerle más lejos del
alcance del tiro enemigo y acercarle a los
camilleros de la compañía ¿verdad? Pues bien, ¿no
hubieras logrado lo mismo si en lugar de ir hacia
atrás con tu compañero herido a cuestas le hubieras
prestado la primera ayuda allí mismo donde cayó
herido, le hubieras ayudado a ocultarse en algún
hoyo del terreno y sin más pérdida de tiempo
hubieras seguido avanzando? Con tu avance le
alejabas también del enemigo, ya que le cubrías con
tu fuego y permitías que llegasen pronto a él los
camilleros. Porque tú no estás solo en el combate,
cuando tu avanzas traes detrás de ti a todo el
dispositivo de tu pelotón, de la compañía y así
avanzando, siguiendo fielmente el cumplimiento de tu
misión combativa, es como mejor ayudas a tu
compañero herido, es como mejor cumples con la
solidaridad con todos tus compañeros. Así es como
debe entenderse la solidaridad en el combate.
[Verde Olivo, 15 de mayo de 1960]
El
contra-ataque I
[Verde Olivo, 26 de junio de 1960.]
Detener el golpe enemigo no basta para vencer, es
preciso replicar con rapidez y energía aprovechando
el momento moral favorable en que el ánimo del
atacante está abatido por el fracaso y el éxito
multiplica las energías del defensor.
Esta gran lección comenzamos a aprenderla desde que
empezamos a pelear: esquivando los golpes del
adversario o deteniéndolos con los brazos no se gana
la pelea. Si no fuera así, el mejor boxeador sería
el saco de arena que recibe impertérrito los golpes
más potentes.
Tanto en el combate individual, deportivo, como en
la batalla de los ejércitos, la tenaz defensa, para
reportar todo su provecho tiene que ir seguida del
contra-ataque resuelto, enérgico, rápido.
En el campo de batalla, igual que en el ring de
boxeo, chocan en fin de cuentas, dos voluntades que,
en los campos de batalla mueven fuerzas y medios de
combate sumamente poderosos y destructivos. Trabada
la lucha, entran en colisión ambas voluntades: una,
la del atacante, se apoya en la superioridad de
número y material de que dispone; otra, la del
defensor, se apoya en la ventaja de la fortificación
y del terreno. Llega un momento en que, en virtud de
una suma de complejos factores morales y materiales,
la voluntad de uno de los combatientes cede; si es
la del defensor, deja éste de oponer resistencia; si
es la del atacante no avanza más, se queda pegado al
terreno o retrocede hasta que supera la crisis moral
o acuden refuerzos con los que reanudar el ataque.
Es decir, que la crisis moral tiene duración
limitada y aprovecharla requiere rapidez,
oportunidad y siempre energía para lograr que lo que
comenzó siendo una crisis momentánea devenga en
derrumbamiento pleno de la moral enemiga sin que
pueda rehacerse el adversario, apoyado en la
superioridad de su armamento.
Porque cualquiera que sea la potencia y el número
del armamento enemigo, es manejado por hombres y
éstos son tanto más vulnerables e indefensos cuanto
más poderosa es el arma que emplean. ¿Paradoja?
Paradoja es del combate moderno, pero bien
instructiva y que merece examen: el artillero maneja
un cañón, el fusilero sólo un rifle. El cañón es
infinitamente más poderoso que el rifle; pero el
artillero está más indefenso que el fusilero. En el
combate es más fácil, mucho más fácil, matar un
artillero que a un fusilero, el problema está en
llegar hasta donde están los cañones. A distancias
menores de 400 metros el artillero está indefenso
ante el fusilero audaz.
Y cuanto mayor calibre tenga su cañón, tanto más
indefenso está el artillero: ¿Cómo mover la pieza
para tirar contra el fusilero que cambia sin cesar
de posición? Para cuando el artillero dispara un
cañonazo, el fusilero le ha disparado 20 y mucho más
precisos... El caso es llegar hasta los 400 metros
del artillero ¿verdad? Porque el emplazamiento de la
batería está protegido por la infantería enemiga.
Pero si ésta huye al ser rechazado su ataque,
entonces, persiguiéndola se podrá llegar sin gran
dificultad a los cañones y éstos no podrán hacer
fuego eficaz temiendo herir a los suyos... Esta es
una de las perspectivas absolutamente reales que
ofrece el contra-ataque si se sabe aprovechar con
energía el momento propicio. Porque si se quiere
avanzar sin bajas hay que «pegarse» literalmente al
enemigo que se retira en desorden, sólo así se puede
penetrar hiriendo hasta llegar a tiro de fusil de
los cañones y entonces ¡ay del artillero! A menos de
400 metros, el fusil, la metralleta, vencen al cañón,
y lo vence con tanta mayor facilidad como mayor sea
su calibre.
Una infantería enemiga es retirada en un «puente de
plata» que bien aprovechado conduce a los lugares
más vulnerables del dispositivo adversario, allí
donde cada bala rinde un mayor provecho poniendo
fuera de combate altos jefes, oficiales de los
estados mayores, operadores de radio, telefonistas,
tiradores de mortero y de cañón, &c., &c.
La infantería enemiga ataca apoyada por el fuego de
sus cañones, pero los cañones no lo pueden hacer
todo, llega un momento en que ambas infanterías se
ven frente a frente: una, hundida en su trinchera y
protegida por su alambrada, más o menos intacta; la
otra, ante la alambrada, cuando ya no pueden
ayudarla las explosiones de sus obuses porque de
estallar podrían perjudicarlos aún más que al
enemigo, ya que el defensor está cubierto por sus
trincheras y el atacante no y les separan una decena
de metros, sólo unas decenas de metros, pero esa
estrecha faja de tierra es decisiva.
Al llegar a ella se opera un cambio en la moral de
ambos combatientes: el que ataca se ve privado del
apoyo que le daba su artillería y sus morteros, ya
no pueden seguir protegiendo su avance y tiran lejos,
detrás de las trincheras que hay que conquistar...
el que se defiende se ve libre ¡por fin! del
machaqueo de las explosiones, la proximidad de la
infantería enemiga le protege de ellas y encuentra
frente a frente a su adversario. En condiciones
de superioridad porque está en su trinchera,
tiene por delante su alambrada, dispone de más
parque para su fusil o su ametralladora, tiene a su
alcance más granadas de mano. La infantería atacante
ha consumido mucho parque en el camino y nadie puede
acudir a reponerlo...
El combate va a hacer crisis, los nervios de alguien
van a fallar en el instante supremo. Si el defensor
se mantiene tenazmente aferrado a sus trincheras y
emplea bien sus armas, tiene todas las
probabilidades de salir vencedor en la contienda
decisiva. El enemigo se lanzará al asalto, pero las
ametralladoras de la defensa le segarán, las
explosiones de las granadas de mano harán estragos
en sus filas... quedarse allí en el suelo no puede,
las granadas de mano le siguen destrozando...
instintivamente retrocederá para pedir a su
artillería y a sus morteros que vuelvan a machacar a
las trincheras que no pudo tomar aún.
Ese es el momento crítico: el defensor, victorioso,
debe perseguir a la infantería enemiga en retirada
para consolidar de este modo su victoria y llegar a
los puestos de mando, a los emplazamientos de
artillería y morteros «a caballo sobre los hombros
del enemigo en retirada».
La idea es muy gráfica: no se puede romper el
contacto porque si se rompe podrá volver a disparar
con facilidad la artillería y los morteros del
enemigo erigiendo una barrera mortífera difícil de
atravesar. Y protegido por esa barrera de
explosiones, el enemigo se recuperará superando la
crisis moral que le puso en derrota.
Tal es uno de los aspectos del contra-ataque: el que
pudiéramos llamar «espontáneo», lanzado por los
mismos pelotones que defienden las trincheras
atacadas. Pero hay otros tipos de contra-ataques más
complejos, que requieren preparación esmerada y son
planificados por la defensa. De esos contra-ataques
hablaremos en los próximos «Consejos».
[Verde Olivo, 26 de junio de 1960
El
contra-ataque II
[Verde Olivo, 17 de julio de 1960.]
En uno de los números anteriores de nuestra revista
iniciamos un tema de importancia muy grande: el
contra-ataque.
El contra-ataque proporciona a la defensa el
dinamismo que necesita para cumplir con éxito su
doble misión: conservar el terreno y desgastar al
enemigo.
Al contemplar anteriormente el caso más sencillo del
contra-ataque o sea, aquel que brota espontáneamente
en las mismas trincheras ante las que acababa de
estrellarse el asaltante, vimos ya que en el combate
defensivo no tiene aplicación el dicho de que «a
enemigo que huye, puente de plata». Por el contrario,
en la guerra es necesario explotar consecuentemente
y con la máxima rapidez y energía todos los éxitos,
aun los más insignificantes, hasta convertirlos en
graves derrotas del adversario. Y así es tanto en la
escala reducida del combate como en el campo más
amplio de la estrategia. Rasgo distintivo del genio
militar es saber convertir, mediante una persecución
implacable, la victoria táctica lograda en el campo
de batalla, en un triunfo decisivo para la suerte de
la guerra en su conjunto.
Si examinamos ahora las razones del éxito decisivo
que para la causa de la Revolución tuvo la marcha
victoriosa de las columnas invasoras de Camilo y el
Che por Camagüey y Las Villas, ¿no fue, acaso,
resultado del acierto genial con que Fidel aprovechó
a fondo el fracaso de la ofensiva de los generales
de Batista?
Estas razones determinantes del éxito militar tienen,
como decíamos al tratar del contra-ataque espontáneo,
aplicación eficaz también en el combate defensivo de
las pequeñas unidades con tal de que se proceda
oportunamente y con toda energía.
Decíamos en nuestro «consejo» precedente al tratar
del contra-ataque, que sirve al defensor para
coronar el éxito de su esfuerzo: al rechazar al
enemigo mantuvo su posición y le causó muchas bajas;
luego, al perseguir al atacante en su retirada,
culminó su obra aumentando el número de sus bajas. ¿Cómo?
El atacante, al ser rechazado, huye a ocultarse del
fuego de la defensa. Pero el defensor, victorioso,
le persigue sin dejarle que se rehaga a cubierto de
cualquier accidente del terreno. Y le persigue con
el fuego de su artillería, con el de sus morteros y
físicamente también, saliendo de las trincheras para
batirle con tiros de fusil y granadas de mano en el
obstáculo que se buscó para tratar de rehacerse.
Todo esto es rápido, ocurre como un reflejo
condicionado por el buen entrenamiento en una tropa
aguerrida.
Pero, ¿qué hacer si el atacante logró apoderarse de
la posición o de alguna de sus partes?
Hay que contra-atacar también para recuperar lo
perdido, pero este contra-ataque requiere el empleo
de nuevas fuerzas y debe ser preparado
minuciosamente de antemano.
El jefe que defiende un sector debe prever con
tiempo lo que ha de hacer para recuperar las
posiciones perdidas en las incidencias del combate.
Reserva a este fin una parte de sus fuerzas, bien
provistas de armas automáticas ligeras. Las sitúa
debidamente con vistas a su empleo más probable. Las
entrena día y noche en el cumplimiento de sus
misiones previsibles. Deben ser fuerzas selectas y
bien armadas, no se requiere que sean demasiado
numerosas, un contra-ataque de cien hombres bien
armados y audazmente dirigidos a las seis horas de
perdida una posición, es más eficaz y cuesta menos
sangre que ese mismo contra-ataque realizado por mil
hombres dos días después.
Lo principal es la rapidez con que se prepara y la
energía con que se lance.
Para el éxito del contra-ataque tiene especial
importancia aprovechar las sombras de la noche. Esta
gran verdad, demostrada en la experiencia, resalta
al contemplar la influencia de factor tan importante
como es el del terreno y preguntarse: ¿quién conoce
mejor el terreno: el atacante que acaba de
conquistarlo y no ha tenido tiempo de hacerse de él,
o el defensor que sabe de memoria todos sus
vericuetos?
No cabe duda alguna de que esta importantísima
ventaja (que bien aprovechada puede resultar
decisiva) está de parte del defensor, pero no por
mucho tiempo, porque el atacante estudiará
rápidamente las nuevas posiciones conquistadas y se
perderá pronto aquella ventaja; no durará arriba de
uno o dos días. En ese margen de tiempo hay que
lanzar el contra-ataque y lo mejor es en la noche
siguiente al día en que fueron perdidas las
posiciones que se trata de recuperar contra-atacando.
Al caer la noche pierde el atacante la enorme
ventaja que le proporcionó el apoyo artillero, sus
tanques quedan ciegos y en gran parte inútiles, en
lugar de proteger a la infantería atacante,
necesitan protección de ésta para no ser víctima de
los bazookas o de los granaderos enemigos; tampoco
puede actuar eficazmente la aviación, ya que esa
primera noche resulta muy difícil precisar dónde
están unos y dónde están los otros, la línea del
frente cambió dibujando complicados entrantes y
salientes que los Estados Mayores se afanan
febrilmente por situar en los planos, pero sólo
podrán hacerlo al cabo de varias horas, cuando
amanezca. Antes, todo es confusión en las primeras
líneas y la infantería queda abandonada a sus
propias fuerzas.
Fuerzas harto débiles en aquellas horas de la
primera noche, ya que no ha tenido tiempo para
trazar su plan de fuegos, no ha podido establecer
obstáculos protectores ni alambradas ni campos de
minas. Limítase, forzosamente, a aprovechar mal que
bien las propias trincheras que cavó la defensa, y
esas trincheras no le sirven más que de refugio
hasta que puede adaptarlas a la nueva situación
táctica construyendo los correspondientes
emplazamientos de fuego, en lo que estará trabajando
intensamente, pero todavía a ciegas, pues por
detallados que sean los planos topográficos, el
reconocimiento visual del terreno que se pisa es
indispensable condición para montar eficazmente su
defensa.
Antes de ocupar los emplazamientos señalados en el
plan de fuegos debidamente estudiado, las armas de
la defensa ladran mucho más que muerden en el
combate nocturno y es fácil burlar sus tiros, cuando
se conoce bien el terreno. Esta ventaja formidable
está íntegramente al lado del que contra-ataca, con
tal de que lo haga protegido por las sombras de la
primera noche. Veinticuatro horas después sería
tarde, tropezaría con alambradas y campos de minas,
cuya presencia ignora, habría de atravesar las
barreras de fuego de los morteros y de las
ametralladoras, encontraría a un enemigo mucho mejor
preparado para rechazarle.
La noche que sigue inmediatamente al día del ataque,
es el tiempo ideal para lanzar con éxito el
contra-ataque. Esta realidad debe ser muy bien
considerada por el jefe que se defiende al estudiar
sus planes de defensa... Para lanzar el
contra-ataque dispone de unas horas, no más de seis
o siete, en realidad. En ellas habrá de trasladar a
la reserva desde el emplazamiento que ocupa en el
dispositivo de la defensa hasta la base de partida
para el contra-ataque.
En esas contadas horas habrá de desplegar esas
reservas en la base de partida, habrá de señalar los
objetivos, establecer la cooperación y el enlace,
asegurar el necesario apoyo con tiros de morteros y
de artillería, tiros que necesitará tanto en la
realización del contra-ataque como después de
efectuado éste, cuando haya que defender, a la
mañana siguiente, las posiciones recuperadas contra
los nuevos ataques del enemigo. Todo esto exige
tiempo, pero en gran parte puede haber sido
preparado ya de antemano, para ganarlo ahora, en el
momento decisivo, cuando cada minuto tiene un valor
enorme.
Por ejemplo: la marcha desde el lugar central que
ocupan las reservas hasta la base de partida del
contraataque. Serán mil o más metros, que cien
hombres con sus armas pueden recorrer
silenciosamente y sin luces en poco más de diez
minutos, si conocen bien el camino, pero que si no
lo conocen invierten en él su buena media hora o más
todavía, si por casualidad se despistan en la
oscuridad. En la base de partida tienen que
desplegar silenciosamente esos hombres, cada pelotón
y cada escuadra habrán de ocupar su puesto en el
dispositivo de ataque. Y una vez en él habrán de
comprender perfectamente la idea de la maniobra, ver
en la noche el objetivo que habrán de recuperar, el
itinerario que deberán seguir sin mezclarse unos con
otros, sin perder la orientación, sin confundir los
objetivos, sin perder el contacto a fin de apoyarse
mutuamente.
Si el terreno es bien conocido, si esta operación,
tan sencilla de día, ha sido ensayada a la luz del
sol, en las largas jornadas de preparación de la
defensa, antes de que «empezasen los tiros»,
entonces todo iría bien y requeriría poco tiempo,
todo lo más una hora u hora y media. Es decir, que
antes de que hubiesen transcurrido dos horas de la
noche, el contra-ataque podría desencadenarse y,
normalmente, una hora después la posición estaría
recuperada y destruida o prisionera la tropa enemiga
que la ocupaba.
Aún quedarían varias horas de la noche para
disponerse a hacer frente a los nuevos golpes del
enemigo, que no se harían esperar en cuanto despunte
el nuevo día: disponer las fuerzas para la defensa
colocando las ametralladoras en los emplazamientos
convenientes (y esto lo podemos hacer sin esperar el
alba, ya que conocemos perfectamente el terreno
recuperado) situando el resto de la fuerza en
abrigos y refugios a fin de eludir los efectos del
intenso bombardeo enemigo en cuanto salga el sol;
estableciendo el enlace con las unidades vecinas;
cuidando la comunicación telefónica; abasteciendo de
municiones; retirando los heridos, &c., &c.
No sobra ni un solo minuto, hay que trabajar con
rapidez para que el nuevo día nos encuentre bien
preparados para rechazar nuevos ataques aún más
intensos. Porque los ataques reiterados son siempre
más intensos y, sin embargo, la historia de las
guerras demuestra que las posiciones recuperadas en
los contra-ataques resultan luego más sólidas (quizás
sea efecto del factor moral) y con dificultad
vuelven a perderse. Acaso sea como esos huesos que
no suelen nunca fracturarse dos veces por un mismo
sitio.
Y como no hemos agotado aún el tema del
contra-ataque, seguiremos hablando de él en nuevos
números de nuestra revista. La importancia del tema
así lo exige.
[Verde Olivo, 17 de julio de 1960.]
El aprovechamiento del terreno I
[Verde Olivo, 22 de mayo de 1960.]
Al combatir en defensa de la soberanía popular, en
defensa de las nobles conquistas de la Revolución,
tu mejor aliado es el terreno que pisas, la tierra
querida de la Patria que defiendes.
Por eso tienes que saber aprovechar bien el terreno
en todas las situaciones del combate. El terreno,
bien aprovechado, te sirve para defenderte mejor y
para atacar con la máxima eficacia. El buen
conocimiento del terreno es una de las mayores
ventajas que tienes sobre el invasor. Por eso,
aprende bien a aprovecharlo.
¿Cómo mejor aprovechar el terreno? Veámoslo por
partes, empezando por la defensa. Ya sabes bien, y
experiencias de la Sierra Maestra lo han vuelto a
poner de manifiesto, que la defensa no implica
pasividad en modo alguno. Por el contrario, el que
se defiende ataca con sus balas, con sus granadas,
causando gravísimo quebranto a un enemigo
numéricamente superior. ¿Cómo es posible? Gracias al
terreno. El defensor se parapeta en el terreno, se
oculta y oculto acecha a sus enemigos para
destruirles con su fuego al ponerse éstos a tiro.
Gracias a la protección del terreno puede hacer
frente con éxito un grupo pequeño de hombres
valientes a una tropa mucho más numerosa y mejor
armada. Verás por qué:
El terreno oculta a los hombres que lo ocupan,
con sus ondulaciones, con sus barrancadas, con su
vegetación, hasta con la diversidad de sus matices
de color. Y oculta mejor a los grupos pequeños
armados a la ligera que a los grupos numerosos que
llevan consigo armamento pesado, de aquí que puede
decirse que el terreno protege al débil contra el
fuerte.
El terreno cubre de los fuegos enemigos. Las
ondulaciones del relieve natural ofrecen numerosos
ángulos muertos, o sea, espacios donde no
pueden caer las balas de fusil y de ametralladora ni
los proyectiles de cañón. El terreno ofrece multitud
de pequeños accidentes, piedras, hoyos, cercas, que
ponen al combatiente a cubierto de las balas
enemigas, si sabe aprovecharlos bien.
El terreno impide en algunos lugares el paso
a los tanques enemigos, que son el enemigo más
peligroso de la defensa. Los ríos anchos y profundos,
las laderas escarpadas de los montes, las cortadas
del terreno, &c., obstáculos que el tanque enemigo
no puede franquear.
El terreno abunda también en cuevas naturales que
ofrecen eficaz refugio contra la aviación
enemiga.
Como ves, el terreno brinda muchas ventajas al
combatiente, pero sólo en la medida en que éste las
sepa aprovechar y perfeccionar. Pasa en el
aprovechamiento táctico del terreno como en el
aprovechamiento industrial de las riquezas que el
mismo nos ofrece: bien poco valen si no se las sabe
aprovechar debidamente. ¿Cuántos siglos existió el
petróleo casi inaprovechado hasta que el hombre
aprendió a valerse de él? Pues algo así sucede con
el terreno en el combate, hay que saberlo aprovechar,
hay que saberlo perfeccionar. Y tanto lo uno como lo
otro no es misión privativa del mundo superior, es
labor permanente y constante de todos los
combatientes.
Hemos enunciado cuatro aspectos del terreno en el
combate, sería conveniente desarrollarlos con algún
detenimiento y este será el tema de varios de estos
consejos que brinda Verde Olivo al miliciano.
Comencemos por el valor del terreno como medio de
ocultar al combatiente de la vista enemiga, tanto de
la observación terrestre como de la observación
aérea.
¿Sabes por qué se llama tu revista Verde Olivo?
Dirías que porque verde olivo es el color glorioso
del uniforme de los Rebeldes. Es cierto, pero ¿por
qué lo eligieron? Entre otras cosas, porque es el
que menos se destaca, sobre el paisaje cubano. Un
rebelde con su uniforme verde olivo es muy difícil
de ver a 100 metros en el campo, si cuida de no
hacer sombra, pegándose al terreno. Así, reptando
ágilmente, el soldado rebelde con su uniforme verde
olivo puede acercarse sin ser visto hasta la
distancia en que lleva con toda seguridad al
objetivo la granada lanzada por su mano. Como ves,
Fidel supo aprovechar bien en la Sierra Maestra las
ventajas que le ofrecía el terreno hasta en los
menores detalles, que pueden pasar inadvertidos.
Aprovecha tú también esta lección y tenla muy
presente en el combate. En tu uniforme no debes
llevar nada que desentone con el color del paisaje,
evita todo lo que brille al sol, como chapas
metálicas, &c., cuida siempre de no proyectar
sombras, que son delatoras sobre todo para la
aviación enemiga si te observa. Cuando te muevas
busca las sombras naturales del terreno, sigue las
líneas de cambio de color, es decir, allí donde
limitan dos campos de cultivo diferente, un sembrado
y un baldío, la linde de un cañaveral, y cuida, si
caminas erguido sobre todo, que tu sombra caiga en
la parte más oscura del terreno.
Si llega la aviación enemiga tiéndete a tierra si
estás a campo abierto, pero si hay árboles de tronco
alto y copa breve mejor disimula tu presencia
pegándote al tronco.
Ahora bien, ten presente que como mejor eludes el
efecto del bombardeo enemigo es tendido en tierra,
porque la metralla de la bomba, al explotar, suele
extenderse de abajo a arriba, abriendo un cono
mortífero tanto más estrecho cuanto más pegado estés
al terreno. Decimos «suele», porque a veces el
enemigo emplea espoletas de tiempo con objeto de que
la bomba explote en el aire, antes de llegar a la
tierra, y entonces la dispersión de la metralla es
de arriba a abajo. Lo hace precisamente para batir
mejor a la infantería desde el aire, pero, repetimos,
son menos frecuentes esos tipos que los de percusión
cuando la bomba o el proyectil explotan al chocar
con el suelo. Por eso conviene siempre arrojarse a
tierra para eludir mejor la metralla.
Si hay varios combatientes juntos, deben evitar toda
formación regular, geométrica, porque destaca más
claramente sobre el fondo del terreno y la divisa
mejor el enemigo.
Hay que desplegarse de modo irregular, adaptándose
al terreno. Por ejemplo: si varios combatientes
estuvieran entre dos campos, lo mejor para no ser
visto es colocarse en fila siguiendo la línea del
lindero; si estuvieran en un sembrado deben buscar
también el borde y situarse a lo largo de su trazado.
Si se ocultaran en un cañaveral, deben tener sumo
cuidado de no mover mucho las cañas, las sombras que
proyectan las puntas de las cañas al moverse los
denuncian. El cañaveral oculta bien, pero es muy
peligroso porque arde fácilmente y porque refleja
tus movimientos, si no son cautos, y el enemigo ve
que el cañaveral está ocupado por alguien.
No creas que si tú no ves al
enemigo, el enemigo no te ve a ti, es un error que
puede costarte la vida.
Por eso, debes tomar siempre las precauciones
necesarias para ocultarte. Esto se refiere sobre
todo a la noche. Ten presente que el fuego de un
tabaco, de un cigarrillo se divisa a gran distancia;
si enciendes hogueras, la llama y el humo te
denuncian. No olvides tampoco que la técnica moderna
ofrece a un enemigo bien armado medios con que ver
más o menos claramente en la oscuridad con los rayos
infrarrojos. Por eso, de noche debes ocultarte tan
bien como de día y no confiarte ciegamente.
Debes tomar medidas para perfeccionar el
ocultamiento que te ofrece el terreno en combate.
Para ello has de esforzarte por confundirte
enteramente con el paisaje. Si estás en un matorral,
por ejemplo, corta ramas y cúbrete con ellas el
casco, la boina, los hombros, para disimular tu
figura. Si reptas por el terreno en un avance, lleva
delante de tu cabeza una mata cualquiera que hayas
arrancado, una piedra de las que haya en el terreno,
algo que confunda a la observación enemiga y te
ayude a pasar inadvertido.
Si te detienes a pasar la noche, a descansar, o por
cualquier motivo, enmascara perfectamente todos tus
efectos, tus armas, tu mochila, el lugar donde te
tiendas a descansar. Y al enmascararlo ten en cuenta
la necesidad de ocultarse de la observación
terrestre y de la observación aérea. Cuida sobre
todo de no proyectar sombras delatoras. Evita
colores que no armonicen con el tono del paisaje. Si
manejas un camión, un vehículo cualquiera, o llevas
mulas con carga, enmascáralas con tanto cuidado como
a ti mismo de modo que el enemigo no las pueda
advertir ni desde el observatorio terrestre ni desde
el aire. El terreno te ofrece siempre con qué
hacerlo en nuestra rica tierra cubana.
Al caminar bajo la posible observación enemiga,
piensa que no es siempre en el combate la línea
recta la distancia más corta entre dos puntos. Sigue
preferentemente las sinuosidades del terreno, aunque
hayas de dar rodeos, camina por espacios abiertos a
la vista de la observación terrestre con el oído
alerta para arrojarte al suelo en cuanto oigas el
motor de la aviación enemiga. Y esta norma debes
seguirla, tanto si vas solo como si diriges una
unidad, una escuadra, un pelotón, un grupo
cualquiera de hombres en la marcha o en el combate.
Los espacios abiertos a la observación enemiga deben
atravesarse de noche. Si no es posible esperar a la
noche hay que diseminar a la fuerza propia,
enmascararla cuidadosamente para que se confunda con
el terreno y estudiar bien los mejores itinerarios.
No hay terreno por abierto que sea que no ofrezca
lugares desenfilados si se le estudia bien. Y
con arreglo a las circunstancias debe procederse
entonces. Unas veces será preferible pasar ese
espacio rápidamente, a la carrera, todos de una vez
en un frente desplegado para que el enemigo no tenga
tiempo a reaccionar y a lo mejor, ni nos vea. Otra
habrá que pasar ese espacio arrastrándose lentamente.
Aquí la iniciativa tiene amplio margen de acción y
siempre podría encontrar soluciones practicas si va
acompañada de un buen estudio de la situación, de un
buen análisis del terreno y sus posibilidades.
Piensa en esto hasta el número siguiente de Verde
Olivo, en que seguiremos estudiando los demás
aspectos del aprovechamiento del terreno.
[Verde Olivo, 22 de mayo de 1960
El
aprovechamiento del terreno II
[Verde Olivo, 29 de mayo de 1960.]
En el número anterior de Verde Olivo hablamos
de un aspecto de aprovechamiento del terreno en el
combate: «la desenfilada de las vistas», o sea, cómo
ponerse a cubierto de la observación enemiga. Hoy
vamos a tratar de la «desenfilada de fuegos»,
o sea, cómo ponerse a cubierto de las balas y de la
metralla enemiga.
Ten presente que hay accidentes del terreno que te
protegen de «las vistas» del enemigo, a sea, de su
observación, pero no te protegen de sus fuegos. Por
ejemplo: un matorral. Oculto detrás de él (o en su
interior, si es grande) el enemigo no te ve, pero si
por casualidad dispara o cae por allí una bomba
puede herirte, las ramas y la hojarasca del matorral
no son bastante sólidas como para protegerte. Un
bosque de árboles corpulentos puede protegerte de
las vistas y de los fuegos del enemigo.
Cuando avanzas por el terreno antes de que el
enemigo haya advertido tu presencia basta con que te
cubras de las vistas, o sea, de la observación
enemiga; pero una vez que el enemigo ha advertido tu
presencia (o las de tus compañeros de pelotón),
ya no es bastante cubrirse de las vistas, es
necesario cubrirse de los fuegos. Podrás
preguntar ¿de qué fuegos?, porque el enemigo dispara
con balas y con granadas, con minas de mortero y con
obuses de artillería de calibres muy distintos. Por
eso, la piedra que te protege sólidamente contra las
balas de fusil o de ametralladora, no basta para
protegerte del impacto de cañón. La hoyada del
terreno donde no llegan las balas de fusil ni de
ametralladora son fácilmente batidas por las minas
del mortero. El terreno no te brinda por lo general,
una protección completa y absoluta contra el fuego
enemigo terrestre y aéreo. Por eso tienes que
trabajar para perfeccionar esa protección que te
facilite el terreno y hacerla más completa. Tal es
el cometido de la fortificación.
Al pensar en la fortificación no te hagas la idea de
que se trata de obras difíciles y complicadas de
ingeniería. La fortificación empieza en el hoyo que
abre el soldado en el terreno para que no le
alcancen las balas ni la metralla del enemigo,
continúa en la zanja con que une su hoyo con el del
compañero para poderse ayudar mutuamente, sigue con
la zanja que va abriendo hacia atrás con el fin de
que puedan llevarle comida y municiones, con el fin
de que pueda llegarle el relevo, y va ampliándose,
si el tiempo lo permite, hasta convertir el terreno
en un sólido campo atrincherado, una auténtica
fortaleza moderna.
Porque las fortalezas de hoy no tienen murallas ni
bastiones, tienen trincheras, muchas trincheras,
unidades con zanjas de comunicación y salpicadas de
refugios soterrados. Y esas trincheras, por regla
general, no las encuentra preparadas ya el
combatiente, sino que son como el traje que va
haciendo a la medida del terreno en la situación
táctica. Por eso nos parecen tan caprichosas las
trincheras de las pasadas guerras cuando visitamos
como turistas los campos de batalla. Fuera de la
realidad en que surgieron, carecen muchas veces de
sentido. Porque se trata, repetimos, de «trajes
hechos a la medida», a la medida del terreno dentro
del marco de la situación táctica. Muchas de las «fortalezas»
preparadas de antemano, en posiciones idealmente
buscadas, no han servido en la batalla, porque no se
ajustaban a esa realidad del combate en el momento
en que se libró éste. ¿Quién no ha oído hablar de la
«Línea Maginot», de la «Línea Sifrid», de la «Muralla
del Atlántico», &c., &c.? Y sin embargo, los
principales combates se libraron por lo general en
campo abierto, en posiciones improvisadas, cavadas
por los propios combatientes allí donde fue
necesario hacerlo.
Y la trinchera improvisada por el combatiente
anónimo en un campo insignificante resultó más
eficaz en la marcha de la guerra que el reducto
blindado de hierro y concreto con metros de espesor,
erigido desde tiempo de paz en una altura dominante.
¿Por qué te decimos esto, miliciano? Lo decimos para
que comprendas bien que tan necesario como saber
tirar con buena puntería es saber abrir trincheras,
tan necesario como el fusil y la ametralladora
son la pala y el pico. Porque el combatiente ha
de fortificarse siempre, tanto en el ataque como en
la defensa.
Volvamos al obstáculo (piedra, elevación del terreno,
&c.), que te protege del fuego enemigo en el campo
de batalla. Vimos ya que esa protección es muy
relativa, lo que te protege del impacto de la bala
no te defiende del impacto del cañón, ni de la mina
de mortero que cae casi vertical buscando todas las
contrapendientes y barrancadas. Por eso tienes que
completar con tu trabajo la obra de la Naturaleza y
el modo mejor de hacerlo es «enterrarte». Una buena
infantería debe «enterrarse» a las pocas horas de
estar en un lugar cualquiera, esté o no al alcance
de la ametralladora o del cañón enemigo, porque
siempre estará abajo la amenaza del ataque aéreo.
La mejor protección es «enterrarse» y para
enterrarse basta abrir una zanja. Primero bastará
con una zanja que cubra al hombre tendido, es decir,
una zanja de unos dos metros de largo por medio
metro de profundidad; pero esta zanja es incómoda y
no le permite al combatiente cambiar de posición,
por eso debe seguir profundizándose hasta que pueda
moverse libremente en ella. Con la tierra que se
saca va elevando el parapeto que le ayuda a cubrirse
mejor del tiro de fusil y ametralladora y forma así
una trinchera cubriendo con yerba y hojarasca la
tierra fresca.
Luego va cavando en una de las paredes de la
trinchera un nicho como la madriguera de una fiera,
y ya tiene donde guarecerse del fuego de cañón y
mortero, ya tiene un refugio excelente contra el
bombardeo de la aviación. Si la bomba no cae
precisamente en su madriguera, no le hace nada por
potente que sea. Esta seguridad le da al combatiente
mucha fuerza en la pelea. Desde esa posición así
preparada puede afrontar con las mayores garantías
de éxito el ataque de fuerzas enemigas muy
superiores en número y armamento, porque desde su
agujero en el terreno, él puede herir al enemigo y
éste no puede alcanzarle con sus disparos.
Protegido así por el terreno, un hombre armado de
fusil automático puede hacer frente a una escuadra
mientras no le falten balas ni serenidad. Su único
peligro es verse envuelto por la maniobra enemiga y
para ello necesita el apoyo, la cooperación de sus
vecinos, a los que apoya a su vez. De este modo se
teje la impenetrable trama de una buena cooperación
en el combate defensivo.
Cuando saltas de un emplazamiento a otro en el
ataque debes también fortificarte, perfeccionando el
obstáculo elegido para el salto, aumentando la
protección que te ofrece.
Cuando conquistes el objetivo señalado por tu jefe,
debes también fortificarte sin pérdida de tiempo,
para rechazar el probable contra-ataque del enemigo.
Cuando haces un alto en la marcha y te dispones a
descansar, debes perfeccionar el abrigo que te
ofrece el terreno para que no pueda herirte la
metralla de las bombas de la aviación enemiga si te
descubre, ni te alcancen las balas de la
ametralladora de los aviones de caza.
Una zanja estrecha es magnífica protección contra
las bombas y las balas de la aviación enemiga. Esta
zanja puedes cavarla a cielo abierto o bajo techado,
en el campo o en el bosque, ten sólo muy en cuenta
que debes evitar la cercanía de materias inflamables.
No se concibe el combate moderno sin la
fortificación del combatiente en todas las posibles
situaciones. La fortificación ahorra vidas propias y
multiplica las bajas del enemigo. La fortificación
permite hacer frente, con éxito, a cualquier invasor
por bien armado que venga.
Se fortifican los emplazamientos de los tiradores,
los observatorios, los puestos de mando, los
depósitos, los campamentos, las ciudades, los cruces
de caminos, los centrales azucareros... se fortifica
todo el territorio de la Patria para rechazar
resueltamente al agresor. De este modo se asegura
que cada pulgada de la tierra cubana será una
fortaleza defendida por un héroe decidido a poner en
práctica el lema victorioso de PATRIA O MUERTE.
[Verde Olivo, 29 de mayo de 1960.]
Las ametralladoras en el combate defensivo
[Verde Olivo, 24 de julio de 1960.]
Por la rapidez de tiro y la precisión las
ametralladoras constituyen el armazón de toda
defensa bien organizada. ¿Cuántas veces en el
transcurso de las últimas guerras, una ametralladora,
bien emplazada y con sirvientes serenos y abnegados,
han hecho fracasar el ataque de batallones enteros
causándoles además enorme cantidad de bajas...?
Por esto, todo miliciano o soldado cubano en su
preparación para la defensa de la Patria, debe
aprender el manejo de la ametralladora (su
funcionamiento, mecanismo y el tiro con ella) y,
además, lo que no es menos importante, el empleo de
la misma en el combate y en particular en el combate
defensivo.
Es ésta una cuestión de tanta importancia, que no
podía ser pasada por alto en estos consejos al
combatiente y a ella se va a dedicar una serie
de los mismos.
Pero antes de entrar a explicar los principios del
empleo de las ametralladoras en el combate defensivo,
vamos a recordar las características principales que
distinguen esta arma y las reglas elementales de su
tiro como cuestiones estrechamente ligadas a la
aplicación de dichos principios.
La primera característica de la ametralladora,
para facilitar la exposición generalizada, en cierto
modo, refiriéndonos a la ametralladora de ajuste
rígido con trípode o ruedas, independientemente de
su marca, ya que los distintos tipos no se
distinguen tanto que requieran un empleo diferente,
es la velocidad de tiro.
En los momentos críticos del combate la
ametralladora durante varios minutos puede disparar
con cadencias prácticas de hasta 250 disparos por
minuto, que permite formar barras de fuego de
una densidad tal que sean completamente insalvables
para la infantería atacante.
La segunda característica es la precisión
en el tiro que lo da la rigidez del ajuste. En
este sentido la ametralladora está muy por encima
del fusil ametralladora (llamado también
ametralladora ligera) y más aún del fusil automático
o FAL. Disparando con puntería fija, la
ametralladora a 200 metros da un haz de proyectiles
de sólo 0,40 metros de anchura; a 600 metros dicho
haz tiene 1,4 metros de anchura; 2,70 a 800 metros
de distancia; 11,7 metros a 1.800 metros y unos
quince metros de anchura al llegar a los 2.000
metros. A estas mismas distancias el fusil
ametralladora -y aún más el FAL- da dispersiones
varias veces superior.
La tercera característica es la potencia o
poder perforante de la bala de la ametralladora,
que si bien no se toma en consideración cuando se
trata de obstáculos materiales puede batir y poner
fuera de combate a cualquier combatiente al
descubierto hasta distancias de 3.000 metros.
Por último, la característica más importante
de la ametralladora es la tensión de la
trayectoria de sus balas o, dicho con otras
palabras, de la rasancia de la misma.
Esta es la condición que da la mayor eficacia al
fuego de la ametralladora. La rasancia de
la trayectoria de las ametralladoras es tal que a
distancia hasta los 500 metros en un terreno llano,
en ningún punto del recorrido de la bala alcanza una
altura superior a 1,50 metros, o sea, que la bala en
todo su recorrido es capaz de batir a un hombre que
esté de pie.
Esta característica permite, hasta una profundidad
de 500 metros, formar barreras continuas de fuego
que impidan el acceso del atacante bajo pena de ser
puesto fuera de combate por uno o varios proyectiles.
A partir de 500 metros, la rasancia de la
trayectoria de la ametralladora disminuye
rápidamente; tirando a más de esta distancia, la
bala en su recorrido se eleva hasta varios metros
del suelo y deja amplias zonas sin batir. Como
veremos más adelante, la rasancia de las
trayectorias de las ametralladoras son el factor
predominante en la organización del plan de fuegos
de la defensa.
De las reglas elementales de tiro se destaca por su
importancia la rápida corrección del mismo.
Para que la ametralladora pueda ser verdaderamente
eficaz, el tiro debe ser preparado partiendo de la
medición más exacta posible de la distancia y además
el tirador debe ser capaz de corregir los pequeños
errores de apreciación de distancias o la influencia
de factores como viento, lluvia, &c. Si el tirador
tarda en la corrección del tiro dará tiempo al
enemigo a ponerse a cubierto sin sufrir bajas. Para
la corrección del tiro suelen emplearse balas
trazadoras que intercaladas por series entre las
normales permiten a intervalos regulares efectuar
las debidas correcciones. Pero las balas trazadoras
tienen un grave inconveniente: desenmascaran el
emplazamiento de la ametralladora. Por esto su
empleo se autoriza solamente cuando el enemigo no
puede observar la trayectoria de tiro desde un
flanco. Si no se tiene en cuenta esta condición, el
empleo inoportuno de las balas trazadoras traería
como consecuencia la rápida localización de la
ametralladora que las usa y su destrucción por el
fuego de la artillería o morteros enemigos.
Por los efectos que persigue el fuego de la
ametralladora pueden ser de destrucción y de
neutralización. El fuego de destrucción se
efectúa sobre las formaciones enemigas que están al
descubierto. Sólo en casos excepcionales se permite
el fuego de ametralladora sobre combatientes
aislados. El fuego de destrucción es el más empleado
por el defensor y generalmente se efectúa a las
cadencias máximas, ya que las formaciones atacantes,
que sufran sus efectos, intentarán ponerse a
cubierto con la mayor rapidez. Por esto y para poder
causar el mayor número de bajas en el mínimo tiempo,
además de la cadencia acelerada hasta lo posible, se
requiere la más minuciosa preparación del tiro.
Para esta clase de fuego el conseguir el efecto
de la sorpresa es decisivo. Con el fin de
conseguir la sorpresa las ametralladoras de la
defensa que deben efectuar el tiro de la destrucción
no cumplen ninguna otra misión y abren el fuego
solamente al aparecer el atacante en la dirección
asignada y a las distancias fijadas en el plan de
fuego.
El fuego de neutralización es el que se efectúa
contra un enemigo atrincherado o que está a cubierto
por algún obstáculo natural con el fin de impedir
que use sus armas o pueda moverse. Se realiza a
cadencias normales, pero para su efectividad,
requiere también una meticulosa preparación. En la
defensa esta clase de fuego se emplea generalmente
para dificultar la maniobra del enemigo, que
tratando de aprovechar los accidentes del terreno,
procurará evitar las zonas más peligrosas batidas de
flanco por las ametralladoras que efectúan el fuego
de destrucción.
Desde el punto de vista táctico los tiros de
ametralladoras se pueden clasificar en tiros de
barrera, de concentración y de hostigamiento. En la
defensa el fuego de ametralladora más empleado es el
de barrera. Es una modalidad del tiro de
destrucción que tiene por objeto, como su nombre lo
indica, hacer infranqueable una faja de terreno
determinada. Para ello, las ametralladoras que deben
formar la barrera delante de la posición principal
estarán ocultas a la vista del enemigo y cubiertas
de los fuegos (aprovechando los accidentes del
terreno y sobre todo la fortificación y el
enmascaramiento de la misma), (el problema del
emplazamiento de las ametralladoras de la defensa es
tan importante que le dedicamos, a él solo, uno de
estos artículos). El tiro de barrera se efectúa
siempre de flanco y a distancias no mayores de 500
metros para poder aprovechar la rasancia de la
trayectoria de las balas de la ametralladora.
Delante de la posición principal de resistencia la
barrera de fuego de ametralladoras debe ser por lo
menos el doble (en los lugares más peligrosos puede
ser triple o cuádruple). Esto quiere decir que serán
no una, sino varias ametralladoras las que tendrán
la misión de formar la barrera sobre la misma faja
de terreno desde emplazamientos distintos. De este
modo, aún en el caso de que algunas de las
ametralladoras sean puestas fuera de combate por el
fuego enemigo o a causa de desperfectos mecánicos,
quedará asegurada la continuidad de la barrera
delante de la posición. Dentro de la posición
principal se organizarán por el mismo principio (fuego
de flanco a distancias no mayores de 500 metros)
barreras sucesivas y distancias variables según el
terreno. Las ametralladoras que las forman pueden
apoyar desde emplazamientos provisionales (no desde
los que tienen asignados para el fuego de barrera),
el combate de las fuerzas que defienden las
trincheras con los emplazamientos de las
ametralladoras que forman la barrera anterior.
Tanto en el caso de la barrera delante de posición
principal de resistencia como en el de las barreras
interiores, el fuego de unas ametralladoras debe
cruzarse con el de otras a distancias no mayores de
250 metros, o sea, a la mitad del trozo de barrera
asignada a cada una de ellas. Así se consigue
también una mejor continuidad de la barrera cuando
por cualquier motivo algunas de las ametralladoras
empleadas en ella dejen de tirar.
Cuando el enemigo avanza el fuego de barrera se
efectúa a cadencia acelerada al máximo, para causar
el mayor número posible de bajas al atacante en el
mínimo tiempo. Alcanzado el efecto y detenido el
ataque, algunas de las ametralladoras mantienen la
barrera disparando con tiro intermitente.
El tiro de concentración es un tiro de
barrera aplicado sobre un punto que por las
características del terreno sabemos el enemigo
intentará forzosamente atravesar u ocupar. Se
efectúa reuniendo sobre dicho punto los haces de
proyectiles de varias ametralladoras que disparan
simultáneamente a tiro rápido.
La defensa organiza tiros de concentración para
batir objetivos a distancias superiores a alas que
se efectúa la barrera (normalmente a distancias de
600 a 2.000 metros). Los tiros de concentración lo
efectúan las ametralladoras que no están designadas
para efectuar el tiro de barrera.
El tiro de hostigamiento se realiza a
intervalos sobre zonas de terreno difícilmente
observables y a grandes distancias (de 2.000 a 3.000
metros). Con esta clase de tiro, que requiere una
preparación especial y se lleva a cabo con baterías
de ametralladoras (de 6 y más máquinas), la defensa
hostiliza los segundos escalones del atacante, los
emplazamientos de artillería de apoyo, las reservas
enemigas.
En algunos casos una misma ametralladora podrá
cumplir varias misiones en el combate defensivo,
particularmente en la barrera, en las
concentraciones y en el hostigamiento. Pero en todos
los casos estas ametralladoras dispararán desde
emplazamientos distintos para que el enemigo no las
pueda localizar y destruir.
[Verde Olivo, 24 de julio de 1960.
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